Un vice demasiado transgresor
Hace tres años, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner hizo caso omiso de las advertencias de aquellos miembros de su entorno que le informaban que Amado Boudou era un sujeto de antecedentes cuestionables que podría ocasionarle muchos dolores de cabeza. También pasaron por alto sus eventuales dudas acerca de la idoneidad del roquero aficionado que había dejado atrás las ideas neoliberales de su juventud para sumarse al proyecto kirchnerista los casi 12 millones de personas que en octubre del 2011 votaron por la fórmula ganadora encabezada por Cristina, la que, para sorpresa de muchos y disgusto de algunos, había aprovechado el poder monárquico que en aquel entonces ostentaba para hacer de él su acompañante. La presidenta no tardaría en tener motivos para lamentar haberlo favorecido. Desgraciadamente para ella, Boudou pronto se las arreglaría para ser el primer vicepresidente procesado por corrupción, acusado por el juez federal Ariel Lijo, sobre la base de una cantidad impresionante de pruebas, de “negociaciones incompatibles” con la función que había desempeñado como ministro de Economía del gobierno kirchnerista. Además de la causa Ciccone, se prevé que el vicepresidente tenga que rendir cuentas ante la Justicia por presunto enriquecimiento ilícito, lo que, conforme a los entendidos, provocará escándalos aún mayores que los producidos por el intrincado caso de la imprenta de fabricar billetes. Por ahora, el destino de Boudou depende de la voluntad de Cristina, su jefa y única protectora. Por razones que no son muy claras, la presidenta es reacia a abandonarlo a su suerte. No parece ser sólo cuestión de su resistencia acaso comprensible a admitir que cometió un error de proporciones al nombrarlo como su compañero de fórmula por suponer que siempre le sería obediente y que, merced a su estilo informal, la ayudaría a conectarse con la juventud. También entenderá que, de caer Boudou, ella misma sería el próximo blanco de fiscales y jueces que, para su indignación, están tan preocupados por la corrupción que se niegan a dejarse influir por los argumentos esgrimidos por los militantes kirchneristas. Asimismo, se da el riesgo de que, de sentirse “traicionado”, Boudou podría convertirse en un arrepentido dispuesto a colaborar con la Justicia, posibilidad que, desde luego, ha ocasionado mucha inquietud en las filas oficiales ya que son muchos los funcionarios y empresarios que preferirían no tener que justificar ante un juez la evolución de su patrimonio personal. Por lo demás, parecería que entre los interesados en apropiarse de la imprenta Ciccone Calcográfica estaba Néstor Kirchner; según algunos, al morir el expresidente, Boudou decidió sacar provecho de lo que a su juicio fue una oportunidad irresistible para hacerse cargo de un negocio muy promisorio. Lo que más le convendría a la presidenta sería que Boudou pidiera licencia por motivos de salud, afirmándose tan abrumado por las presiones de “la corporación” mediática y sus aliados judiciales que no está en condiciones anímicas de cumplir sus funciones como corresponde, pero el vicepresidente no ha manifestado interés alguno en dar el proverbial paso al costado. Es lógico, ya que sin el apoyo de la presidenta le aguardaría un futuro muy deprimente, pero también es factible que se crea capaz de defenderse atribuyendo la situación nada agradable en que se encuentra a una campaña opositora, “victimizándose” como es habitual en el mundillo político local. De todos modos, mientras Cristina no le suelte la mano y los legisladores oficialistas sigan obedeciendo sin chistar a la líder máxima, Boudou podrá sobrevivir, pero, de más está decirlo, los costos políticos para un gobierno cada vez menos popular de continuar brindándole la protección que reclama se harán más elevados por momentos. Aunque desde el punto de vista de la oposición sería mejor que Boudou se aferrara a su cargo como vicepresidente hasta nuevo aviso, algunos referentes insisten en que debería renunciar ya y otros, como Sergio Massa, quisieran que enfrentara un juicio político aunque saben muy bien que los legisladores kirchneristas lo impedirían. Sea como fuere, el melodrama protagonizado por el aventurero marplatense se prolongará hasta que Cristina decida terminarlo, algo que, según parece, no quiere hacer.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Martes 1 de julio de 2014
Hace tres años, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner hizo caso omiso de las advertencias de aquellos miembros de su entorno que le informaban que Amado Boudou era un sujeto de antecedentes cuestionables que podría ocasionarle muchos dolores de cabeza. También pasaron por alto sus eventuales dudas acerca de la idoneidad del roquero aficionado que había dejado atrás las ideas neoliberales de su juventud para sumarse al proyecto kirchnerista los casi 12 millones de personas que en octubre del 2011 votaron por la fórmula ganadora encabezada por Cristina, la que, para sorpresa de muchos y disgusto de algunos, había aprovechado el poder monárquico que en aquel entonces ostentaba para hacer de él su acompañante. La presidenta no tardaría en tener motivos para lamentar haberlo favorecido. Desgraciadamente para ella, Boudou pronto se las arreglaría para ser el primer vicepresidente procesado por corrupción, acusado por el juez federal Ariel Lijo, sobre la base de una cantidad impresionante de pruebas, de “negociaciones incompatibles” con la función que había desempeñado como ministro de Economía del gobierno kirchnerista. Además de la causa Ciccone, se prevé que el vicepresidente tenga que rendir cuentas ante la Justicia por presunto enriquecimiento ilícito, lo que, conforme a los entendidos, provocará escándalos aún mayores que los producidos por el intrincado caso de la imprenta de fabricar billetes. Por ahora, el destino de Boudou depende de la voluntad de Cristina, su jefa y única protectora. Por razones que no son muy claras, la presidenta es reacia a abandonarlo a su suerte. No parece ser sólo cuestión de su resistencia acaso comprensible a admitir que cometió un error de proporciones al nombrarlo como su compañero de fórmula por suponer que siempre le sería obediente y que, merced a su estilo informal, la ayudaría a conectarse con la juventud. También entenderá que, de caer Boudou, ella misma sería el próximo blanco de fiscales y jueces que, para su indignación, están tan preocupados por la corrupción que se niegan a dejarse influir por los argumentos esgrimidos por los militantes kirchneristas. Asimismo, se da el riesgo de que, de sentirse “traicionado”, Boudou podría convertirse en un arrepentido dispuesto a colaborar con la Justicia, posibilidad que, desde luego, ha ocasionado mucha inquietud en las filas oficiales ya que son muchos los funcionarios y empresarios que preferirían no tener que justificar ante un juez la evolución de su patrimonio personal. Por lo demás, parecería que entre los interesados en apropiarse de la imprenta Ciccone Calcográfica estaba Néstor Kirchner; según algunos, al morir el expresidente, Boudou decidió sacar provecho de lo que a su juicio fue una oportunidad irresistible para hacerse cargo de un negocio muy promisorio. Lo que más le convendría a la presidenta sería que Boudou pidiera licencia por motivos de salud, afirmándose tan abrumado por las presiones de “la corporación” mediática y sus aliados judiciales que no está en condiciones anímicas de cumplir sus funciones como corresponde, pero el vicepresidente no ha manifestado interés alguno en dar el proverbial paso al costado. Es lógico, ya que sin el apoyo de la presidenta le aguardaría un futuro muy deprimente, pero también es factible que se crea capaz de defenderse atribuyendo la situación nada agradable en que se encuentra a una campaña opositora, “victimizándose” como es habitual en el mundillo político local. De todos modos, mientras Cristina no le suelte la mano y los legisladores oficialistas sigan obedeciendo sin chistar a la líder máxima, Boudou podrá sobrevivir, pero, de más está decirlo, los costos políticos para un gobierno cada vez menos popular de continuar brindándole la protección que reclama se harán más elevados por momentos. Aunque desde el punto de vista de la oposición sería mejor que Boudou se aferrara a su cargo como vicepresidente hasta nuevo aviso, algunos referentes insisten en que debería renunciar ya y otros, como Sergio Massa, quisieran que enfrentara un juicio político aunque saben muy bien que los legisladores kirchneristas lo impedirían. Sea como fuere, el melodrama protagonizado por el aventurero marplatense se prolongará hasta que Cristina decida terminarlo, algo que, según parece, no quiere hacer.
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