Un Woody Allen tan argentino como Discépolo

En “Oíd, mortales”, la adaptación es fundamental para crear el ritmo y sostener la oposición entre el humor y una presentación desenfadada de un compromiso inevitable.



Aunque pueda parecer una paradoja, tal vez sea su “argentinidad” lo que más impacta de la obra de Woody Allen que Mario Alvarez y Julio Carmona pusieron en escena el viernes pasado en un café de Roca y que mantendrán al menos durante tres fines de semana más en el mismo escenario.

Y tal vez sea por la argentina costumbre de llevar la contra, que el elenco haya resuelto estrenar una obra precisamente cuando todo lo demás parece estar cerrando ciclos, despidiendo etapas, para entregarse a la celebración de las fiestas de fin de año.

No casualmente Alvarez llamó “Oíd, mortales (o cómo acabar con la muerte)” al texto que surgió de la recreación del trabajo que Allen llamó “El séptimo sello (para acabar con Ingmar Bergman)”. Es que el resultado no elude en nada el culto al “ser nacional” (con perdón de la palabra) sino que más bien lo brinda cuidadosamente pulido en la adaptación.

Mucho del texto original ha sido conservado, pero sólo una cuidadosa lectura comparada permite advertir cuántos “gags” han sido apenas modificados para favorecer el ritmo y los giros de la acción dramática.

La Muerte (Mario Alvarez) viene a buscar a su víctima (Carmona), un diseñador de modas. Es una muerte inexperta que busca no menguar en nada lo trágico de la situación. Pero todo se complica y la acción alterna entre las risas y un claro sentido de identificación con el sufriente.

Y hasta hay un duelo criollo, pero al truco, en lugar de la payada que libra Santos Vega en la obra de Rafael Obligado, y con distinto final que aquella.

La obra es el regreso de Alvarez a los escenarios, después de una trayectoria de muchos años en varios elencos de la zona. En un espacio reducido, en medio del público y con poquísimos elementos, su actuación es sólida y convincente.

Pero tampoco le va en saga el debutante Carmona, a quien hasta ahora no se le conocía otra afinidad con las artes más que su participación en coros y, desde hace años, como cantante del grupo “Pedregal”.

Pero también hay otro regreso: el de la reconocida actriz Cristina Franco, esta vez en rol de dirección. La asistencia general está a cargo de Graciela Ruiz.

El absurdo y la desmesura son la medida del humor en “Oíd, mortales”. Como lo muestra la súbita y grave preocupación del inminente mortal al conocer que la intempestiva irrupción de su matador ha provocado la rotura de la canaleta del desagüe.

La impertinencia es el tono.

La “viveza criolla”, la estrella.

Y lo acotado de las dimensiones de la escena parece marcar también los límites de una obra corta pero que mantiene el ritmo, y que deja algo de ganas de un remate más intenso.

La inevitabilidad del destino, la humana pretensión de desafío, y el cambio de roles entre víctima y victimario de dos personajes que son, a su vez, antihéroes de cualquier historia que buscara preciarse de “presentable”con la mordaz ironía tan propia de Allen y que la adaptación de Alvarez ha sabido dejar vigente.

Alicia Miller


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