Una batalla fundamental
No hay otra manera de que la Argentina levante cabeza que la voluntad de tomar los problemas en serio e intentar resolverlos.
Antes de irse, el entonces ministro de Economía, Ricardo López Murphy, dijo estar convencido de que una versión retocada pero igualmente severa de su programa original terminaría contando con el respaldo de «la gente», y es más que probable que andando el tiempo lo reciba a pesar de la oposición cerrada del grueso del establishment político, de los sindicatos y de los muchos ciudadanos que sienten temor toda vez que oyen hablar de «ajuste». En verdad, la única duda al respecto consiste en saber si el apoyo para un programa serio que está reclamando se consolidará muy pronto, durante la fase inicial de la nueva gestión de Domingo Cavallo o, en el caso de que ni siquiera el superministro reaparecido consiga amansar a los políticos, después de producirse el cataclismo que tantos dirigentes están esforzándose por preparar con la esperanza de llevar agua a su propio molino. Para el país, sería mejor que la mayoría, harta de las consecuencias de la pusilanimidad y la chapucería que en todas partes son las marcas de fábrica del populismo, optara ya por sorprender a los «dirigentes» tal y como hizo en las semanas que siguieron a la puesta en marcha de otro plan «duro» y «antipopular», el de Convertibilidad, pero es tan intenso el desánimo que ha provocado la gestión vacilante del presidente Fernando de la Rúa que es posible que sean necesarios algunos choques sumamente desagradables para que «la gente» acepte que la crisis es tan grave que sólo a un hipócrita cabal se le ocurriría afirmar que existieran «soluciones» capaces de complacer a todos.
Los resueltos a figurar como defensores valientes del «pueblo» contra ministros de Economía crueles lograron difundir la impresión de que los recortes se concentrarán en la educación pero, como el propio López Murphy aclaró, el destino de los fondos depende en buena medida de los gobiernos provinciales que, de reducir a niveles menos grotescos los costos de «la política» en sus jurisdicciones, no tendrían dificultad alguna para seguir dedicando a la educación tanto como ahora o incluso más, pero sucede que desde el punto de vista de tales gobernantes «la política» es decididamente más importante que la educación. Así, pues, es fundamental que los que entienden la necesidad de que se ponga fin al saqueo protagonizado desde hace décadas por una clase política que cuesta a la sociedad mucho más que sus equivalentes de países como los Estados Unidos y Alemania logren convencer a la ciudadanía de que sus adversarios corporativos, todos los cuales son duchos en el arte de fingir hablar en nombre del «pueblo» cuando lo único que les preocupa es su propio bienestar, están procurando, una vez más, desviar la atención de lo que realmente está en juego. No sólo es cuestión del dinero que reciben tantos diputados provinciales en concepto de «gastos reservados» -en la floreciente Tucumán, el monto es de 12.000 dólares mensuales por legislador-, sino también del despilfarro supuesto por los aparatos clientelares que han proliferado en torno de «la política» y, huelga decirlo, a muchas universidades públicas.
¿Están los realistas en condiciones de ganar esta batalla por la opinión pública, o será preciso esperar a que les lleguen refuerzos en la forma de las consecuencias previsibles que causaría el cese de pagos -o sea, la bancarrota nacional-, que sin duda alguna incluirían una devaluación caótica seguida por la hiperinflación, el cierre de una multitud de empresas, una tasa de desempleo altísima y violencia callejera en una escala jamás vista? Para que el país se ahorre tales desastres, quienes aspiran a erigirse en dirigentes de verdad tendrán que dejar de intentar «diferenciarse» de los responsables de manejar la economía, dando a entender que ellos mismos no creen en «los ajustes», para hacer un esfuerzo auténtico por explicar que el programa esbozado por el ministro dista de ser tan extremo o «neoliberal» como pretenden, por motivos nada transparentes, los aferrados al statu quo y que, de todos modos, no hay otra manera de asegurar que la Argentina levante cabeza que la supuesta por la voluntad de tomar los problemas en serio e intentar resolverlos en vez de limitarse a aprovechar las penurias ajenas con el propósito de conseguir algunas miserables ventajas personales más.
Antes de irse, el entonces ministro de Economía, Ricardo López Murphy, dijo estar convencido de que una versión retocada pero igualmente severa de su programa original terminaría contando con el respaldo de "la gente", y es más que probable que andando el tiempo lo reciba a pesar de la oposición cerrada del grueso del establishment político, de los sindicatos y de los muchos ciudadanos que sienten temor toda vez que oyen hablar de "ajuste". En verdad, la única duda al respecto consiste en saber si el apoyo para un programa serio que está reclamando se consolidará muy pronto, durante la fase inicial de la nueva gestión de Domingo Cavallo o, en el caso de que ni siquiera el superministro reaparecido consiga amansar a los políticos, después de producirse el cataclismo que tantos dirigentes están esforzándose por preparar con la esperanza de llevar agua a su propio molino. Para el país, sería mejor que la mayoría, harta de las consecuencias de la pusilanimidad y la chapucería que en todas partes son las marcas de fábrica del populismo, optara ya por sorprender a los "dirigentes" tal y como hizo en las semanas que siguieron a la puesta en marcha de otro plan "duro" y "antipopular", el de Convertibilidad, pero es tan intenso el desánimo que ha provocado la gestión vacilante del presidente Fernando de la Rúa que es posible que sean necesarios algunos choques sumamente desagradables para que "la gente" acepte que la crisis es tan grave que sólo a un hipócrita cabal se le ocurriría afirmar que existieran "soluciones" capaces de complacer a todos.
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