Una campaña reaccionaria

Redacción

Por Redacción

El gobernador cordobés José de la Sota logró anotarse algunos puntos políticos al aprovechar el lanzamiento de un nuevo modelo de la empresa automotriz Renault para enojar a la ministra de Industria, Débora Giorgi, criticando al gobierno no sólo por la falta de “diálogo” sino también por negarse a eliminar el impuesto a las Ganancias, en su opinión un gravamen injusto porque “quien trabaja ya demasiado esfuerzo pone con su trabajo”. Comparten su punto de vista sindicalistas como el camionero Hugo Moyano y muchos otros, mientras que incluso la presidenta Cristina Fernández de Kirchner parece creer que es un impuesto polémico, razón por la que acaba de anunciar que, en esta oportunidad por lo menos, el medio aguinaldo de fin de año quedará exento para quienes perciben salarios inferiores a los 25.000 pesos mensuales. Según los especialistas, la decisión de no gravar el medio aguinaldo servirá para dar un impulso de 2.000 millones de pesos al consumo. Cuando del gasto público y de la injerencia estatal se trata, la mayoría de los políticos, acompañados por la opinión pública, se ubican en la franja izquierda del mapa ideológico; si fueran norteamericanos, militarían en el Partido Demócrata. Sin embargo, a la hora de financiar tales gastos con impuestos, su actitud se asemeja a la reivindicada por el “Tea Party” republicano, un movimiento popular habitualmente considerado “ultraderechista”. A diferencia de los europeos, que están acostumbrados a que virtualmente todos los asalariados paguen impuestos elevados a las ganancias, en este ámbito se asemejan mucho a aquellos norteamericanos que se oponen con firmeza a cualquier aumento impositivo aun cuando entiendan que, a menos que se reduzca el déficit fiscal, su país correrá el riesgo de hundirse en una crisis inmanejable. La contradicción que se da entre el apoyo casi universal al estatismo por un lado y la resistencia generalizada a abonar impuestos por el otro tiene raíces históricas, ya que es tradicional que el sector público se financie principalmente con los ingresos proporcionados por la aduana, es decir por el comercio, de ahí la dependencia exagerada del “modelo” kirchnerista de los aportes del complejo sojero, además de la inflación y otros gravámenes, como el IVA, de apariencia impersonal. A los gobernantes les gusta dicho esquema porque entienden que cualquier aumento de los impuestos directos, en especial de Ganancias, podría ocasionarles problemas políticos, como en efecto ha ocurrido puesto que Moyano y otros sindicalistas opositores han hecho del tema un pretexto para acusar al gobierno de Cristina de despojar a los trabajadores. Si bien es necesario cuestionar la forma nada transparente en que el gobierno kirchnerista gasta el dinero aportado por los contribuyentes, invirtiendo buena parte de él en la poderosa maquinaria política que ha construido, la sociedad en su conjunto se vería beneficiada si todos, sin excluir a los que ganan muy poco, abonaran impuestos directos aunque sólo fueran simbólicos. Es que el estatismo nunca es gratis. Por cierto, no lo es en nuestro país en que, merced a la gestión del gobierno kirchnerista, la presión impositiva ha alcanzado un nivel equiparable con el de un Estado de bienestar como el sueco pero, de acuerdo común, muchos servicios sociales siguen funcionando como en Haití. Por lo demás el sistema tradicional, según el que el gobierno financia sus actividades a través de impuestos sectoriales –las famosas retenciones a la soja y otras exportaciones agrícolas son buenos ejemplos de este género arcaico–, ha estimulado la ilusión de que los problemas económicos y sociales del país podrían solucionarse apropiándose del dinero de “los oligarcas” u otro grupo minoritario, además de negarse a pagar deudas sindicadas como “ilegítimas”, pero, por desgracia, el asunto dista de ser tan sencillo. De todos modos, puesto que convendría que todos los habitantes adultos del país fueran conscientes de que, al abonar impuestos, tanto los de apariencia indirecta como los directos, participan activamente en la gran empresa nacional y por lo tanto deberían preocuparse personalmente por el uso que hace el gobierno de lo que es, al fin y al cabo, el dinero que ellos aportan, la campaña en contra de Ganancias es más reaccionaria que progresista.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.031.695 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 18 de noviembre de 2012


El gobernador cordobés José de la Sota logró anotarse algunos puntos políticos al aprovechar el lanzamiento de un nuevo modelo de la empresa automotriz Renault para enojar a la ministra de Industria, Débora Giorgi, criticando al gobierno no sólo por la falta de “diálogo” sino también por negarse a eliminar el impuesto a las Ganancias, en su opinión un gravamen injusto porque “quien trabaja ya demasiado esfuerzo pone con su trabajo”. Comparten su punto de vista sindicalistas como el camionero Hugo Moyano y muchos otros, mientras que incluso la presidenta Cristina Fernández de Kirchner parece creer que es un impuesto polémico, razón por la que acaba de anunciar que, en esta oportunidad por lo menos, el medio aguinaldo de fin de año quedará exento para quienes perciben salarios inferiores a los 25.000 pesos mensuales. Según los especialistas, la decisión de no gravar el medio aguinaldo servirá para dar un impulso de 2.000 millones de pesos al consumo. Cuando del gasto público y de la injerencia estatal se trata, la mayoría de los políticos, acompañados por la opinión pública, se ubican en la franja izquierda del mapa ideológico; si fueran norteamericanos, militarían en el Partido Demócrata. Sin embargo, a la hora de financiar tales gastos con impuestos, su actitud se asemeja a la reivindicada por el “Tea Party” republicano, un movimiento popular habitualmente considerado “ultraderechista”. A diferencia de los europeos, que están acostumbrados a que virtualmente todos los asalariados paguen impuestos elevados a las ganancias, en este ámbito se asemejan mucho a aquellos norteamericanos que se oponen con firmeza a cualquier aumento impositivo aun cuando entiendan que, a menos que se reduzca el déficit fiscal, su país correrá el riesgo de hundirse en una crisis inmanejable. La contradicción que se da entre el apoyo casi universal al estatismo por un lado y la resistencia generalizada a abonar impuestos por el otro tiene raíces históricas, ya que es tradicional que el sector público se financie principalmente con los ingresos proporcionados por la aduana, es decir por el comercio, de ahí la dependencia exagerada del “modelo” kirchnerista de los aportes del complejo sojero, además de la inflación y otros gravámenes, como el IVA, de apariencia impersonal. A los gobernantes les gusta dicho esquema porque entienden que cualquier aumento de los impuestos directos, en especial de Ganancias, podría ocasionarles problemas políticos, como en efecto ha ocurrido puesto que Moyano y otros sindicalistas opositores han hecho del tema un pretexto para acusar al gobierno de Cristina de despojar a los trabajadores. Si bien es necesario cuestionar la forma nada transparente en que el gobierno kirchnerista gasta el dinero aportado por los contribuyentes, invirtiendo buena parte de él en la poderosa maquinaria política que ha construido, la sociedad en su conjunto se vería beneficiada si todos, sin excluir a los que ganan muy poco, abonaran impuestos directos aunque sólo fueran simbólicos. Es que el estatismo nunca es gratis. Por cierto, no lo es en nuestro país en que, merced a la gestión del gobierno kirchnerista, la presión impositiva ha alcanzado un nivel equiparable con el de un Estado de bienestar como el sueco pero, de acuerdo común, muchos servicios sociales siguen funcionando como en Haití. Por lo demás el sistema tradicional, según el que el gobierno financia sus actividades a través de impuestos sectoriales –las famosas retenciones a la soja y otras exportaciones agrícolas son buenos ejemplos de este género arcaico–, ha estimulado la ilusión de que los problemas económicos y sociales del país podrían solucionarse apropiándose del dinero de “los oligarcas” u otro grupo minoritario, además de negarse a pagar deudas sindicadas como “ilegítimas”, pero, por desgracia, el asunto dista de ser tan sencillo. De todos modos, puesto que convendría que todos los habitantes adultos del país fueran conscientes de que, al abonar impuestos, tanto los de apariencia indirecta como los directos, participan activamente en la gran empresa nacional y por lo tanto deberían preocuparse personalmente por el uso que hace el gobierno de lo que es, al fin y al cabo, el dinero que ellos aportan, la campaña en contra de Ganancias es más reaccionaria que progresista.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora