Una carrera muy confusa

Redacción

Por Redacción

Siempre y cuando no ocurra nada imprevisto, aún nos separa un año de las internas abiertas de las cuales deberían surgir las eventuales candidaturas presidenciales, pero para disgusto de quienes insisten en que es demasiado temprano hablar del asunto, los aspirantes a suceder a Cristina Fernández de Kirchner en la Casa Rosada ya están procurando llamar la atención a sus propios méritos y hacer tropezar a sus rivales. Pocos días transcurren sin que un dirigente nos sorprenda disparando contra otro con el propósito evidente de herirlo, o que se nos informe de un nuevo acuerdo entre personajes que antes se suponían irreconciliables. El más beneficiado por el clima resultante es, desde luego, el ex presidente Néstor Kirchner, cuyas acciones han subido últimamente al difundirse entre una franja del electorado la sensación de que, por ser la oposición una bolsa de gatos, acaso sería mejor quedarse con el mal conocido. Como suele suceder cuando muchas personas ambiciosas compiten por un solo premio, los esfuerzos de los distintos dirigentes opositores por destacarse del montón señalando las presuntas deficiencias de los demás brindan una impresión de mezquindad generalizada que desprestigia a la oposición en su conjunto. Una vez terminada la etapa, por motivos que podrían calificarse de pragmáticos los participantes tratarán de reconciliarse con quienes denigraron, minimizando la importancia de las palabras que emplearon con el fin de eliminarlos de la contienda, pero muchos guardarán rencor por lo dicho en los meses que precedieron a las elecciones partidarias. Para hacer todavía más confuso el panorama, todas las agrupaciones políticas significantes son amorfas. A esta altura, la brecha emotiva, aunque no necesariamente ideológica, entre el Frente para la Victoria oficialista y el heterogéneo peronismo disidente cuyo epicentro está en el conurbano bonaerense es tan ancha como la que se da entre el Proyecto Sur de Pino Solanas y el PRO de Mauricio Macri, mientras que los sectores radicales que favorecen una alianza con la Coalición Cívica de Elisa Carrió no quieren saber nada de la candidatura del vicepresidente Julio Cobos, cuyo protagonismo a partir de su recordado “voto no positivo” en el Senado permitió a la UCR regresar de la muerte. Parecería que Macri está pensando en lo ventajoso que le sería encabezar una fórmula peronista, o neoperonista, una alternativa que por ahora alarma a aquellos compañeros en potencia que lo acusan de desviacionismo derechista, pero a menos que uno de los precandidatos peronistas de trayectoria debidamente progresista logre diferenciarse de sus muchos rivales, en las próximas elecciones presidenciales el grueso del PJ podría emular a aquellos radicales que, en el 2007, se alinearon detrás de un extrapartidario dueño, a su juicio, de una imagen ganadora. El que sea razonable tomar en cuenta la variante así supuesta nos dice mucho acerca del estado lamentable de los partidos políticos del país. Para que el sistema democrático funcione de manera satisfactoria es necesario que haya dos o, a lo sumo, tres partidos coherentes que procuren representar las corrientes ideológicas principales que, en el mundo actual, son de “centroderecha” y “centroizquierda”, pero aquí los partidos más grandes, el PJ y la UCR, son aglomerados que a través de los años han adquirido facciones de actitudes muy diferentes, mientras que los más chicos son casi siempre vehículos de personas ambiciosas que, por distintos motivos, optaron por alejarse de un partido tradicional. Es de prever, pues, que hasta agosto del año próximo los presidenciables sigan ocupados con las a veces apenas comprensibles luchas internas, que los enfrentamientos virulentos alternen con reconciliaciones dramáticas. También lo es que el orgullo personal y el deseo de aprovechar oportunidades para asestar golpes a competidores que por alguna razón parecen estar en apuros pesen mucho más que las propuestas concretas. Aunque es de suponer que los opositores más destacados son conscientes de que no les convendría del todo que la ciudadanía los crea congénitamente incapaces de colaborar a favor de un proyecto compartido, ninguno querrá correr el riesgo de verse eliminado de la carrera presidencial debido a su voluntad de hacer concesiones prematuras.


Siempre y cuando no ocurra nada imprevisto, aún nos separa un año de las internas abiertas de las cuales deberían surgir las eventuales candidaturas presidenciales, pero para disgusto de quienes insisten en que es demasiado temprano hablar del asunto, los aspirantes a suceder a Cristina Fernández de Kirchner en la Casa Rosada ya están procurando llamar la atención a sus propios méritos y hacer tropezar a sus rivales. Pocos días transcurren sin que un dirigente nos sorprenda disparando contra otro con el propósito evidente de herirlo, o que se nos informe de un nuevo acuerdo entre personajes que antes se suponían irreconciliables. El más beneficiado por el clima resultante es, desde luego, el ex presidente Néstor Kirchner, cuyas acciones han subido últimamente al difundirse entre una franja del electorado la sensación de que, por ser la oposición una bolsa de gatos, acaso sería mejor quedarse con el mal conocido. Como suele suceder cuando muchas personas ambiciosas compiten por un solo premio, los esfuerzos de los distintos dirigentes opositores por destacarse del montón señalando las presuntas deficiencias de los demás brindan una impresión de mezquindad generalizada que desprestigia a la oposición en su conjunto. Una vez terminada la etapa, por motivos que podrían calificarse de pragmáticos los participantes tratarán de reconciliarse con quienes denigraron, minimizando la importancia de las palabras que emplearon con el fin de eliminarlos de la contienda, pero muchos guardarán rencor por lo dicho en los meses que precedieron a las elecciones partidarias. Para hacer todavía más confuso el panorama, todas las agrupaciones políticas significantes son amorfas. A esta altura, la brecha emotiva, aunque no necesariamente ideológica, entre el Frente para la Victoria oficialista y el heterogéneo peronismo disidente cuyo epicentro está en el conurbano bonaerense es tan ancha como la que se da entre el Proyecto Sur de Pino Solanas y el PRO de Mauricio Macri, mientras que los sectores radicales que favorecen una alianza con la Coalición Cívica de Elisa Carrió no quieren saber nada de la candidatura del vicepresidente Julio Cobos, cuyo protagonismo a partir de su recordado “voto no positivo” en el Senado permitió a la UCR regresar de la muerte. Parecería que Macri está pensando en lo ventajoso que le sería encabezar una fórmula peronista, o neoperonista, una alternativa que por ahora alarma a aquellos compañeros en potencia que lo acusan de desviacionismo derechista, pero a menos que uno de los precandidatos peronistas de trayectoria debidamente progresista logre diferenciarse de sus muchos rivales, en las próximas elecciones presidenciales el grueso del PJ podría emular a aquellos radicales que, en el 2007, se alinearon detrás de un extrapartidario dueño, a su juicio, de una imagen ganadora. El que sea razonable tomar en cuenta la variante así supuesta nos dice mucho acerca del estado lamentable de los partidos políticos del país. Para que el sistema democrático funcione de manera satisfactoria es necesario que haya dos o, a lo sumo, tres partidos coherentes que procuren representar las corrientes ideológicas principales que, en el mundo actual, son de “centroderecha” y “centroizquierda”, pero aquí los partidos más grandes, el PJ y la UCR, son aglomerados que a través de los años han adquirido facciones de actitudes muy diferentes, mientras que los más chicos son casi siempre vehículos de personas ambiciosas que, por distintos motivos, optaron por alejarse de un partido tradicional. Es de prever, pues, que hasta agosto del año próximo los presidenciables sigan ocupados con las a veces apenas comprensibles luchas internas, que los enfrentamientos virulentos alternen con reconciliaciones dramáticas. También lo es que el orgullo personal y el deseo de aprovechar oportunidades para asestar golpes a competidores que por alguna razón parecen estar en apuros pesen mucho más que las propuestas concretas. Aunque es de suponer que los opositores más destacados son conscientes de que no les convendría del todo que la ciudadanía los crea congénitamente incapaces de colaborar a favor de un proyecto compartido, ninguno querrá correr el riesgo de verse eliminado de la carrera presidencial debido a su voluntad de hacer concesiones prematuras.

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