Una cuestión de fe
Luego de haber conocido algunos períodos de euforia en los que buena parte de la sociedad se sentía convencida de que ya estaba por ingresar en «el Primer Mundo» por la puerta grande, la Argentina está transitando uno de depresión no sólo económica sino también anímica en el que parece absurdamente ambiciosa aquella meta nada utópica. Si bien es evidente que el país ha retrocedido mucho desde mediados del 2001 cuando, de haber contado con un gobierno lúcido y firme respaldado por una clase política razonable, aún hubiera podido superar los problemas que enfrentaba, es exagerado el pesimismo extremo que fue provocado por un default festejado por quienes habían contribuido a la bancarrota que coronó una devaluación caótica y el embrollo jurídico resultante. Como ha señalado la Fundación Mediterránea, los argentinos tendrán más -tal vez mucho más- de 30 mil millones de dólares escondidos «bajo el colchón». Si a este monto se agrega la cantidad llamativamente mayor que está depositada en instituciones del exterior, no cabe duda de que el país posee los recursos necesarios para manejar sus deudas y financiar un boom productivo que, a su vez, no podría sino atraer a los inversores extranjeros. Por lo tanto, es tan arbitrario tomar el nivel de ingresos actual, que se ha visto reducido mucho a raíz de una tasa de cambio aún más «ficticia» que la fijada por la convertibilidad, por un reflejo cabal de la realidad como lo sería entregarse nuevamente a la fantasía de una Argentina riquísima que pueda dedicarse exclusivamente a gastar.
Con todo, es una cosa ser consciente de la existencia de capitales abundantes y es otra muy distinta saber aprovecharlos. La insólita tragedia económica y en consecuencia «humana» que hemos protagonizado se debe en buena medida a la negativa muy comprensible de los argentinos relativamente pudientes a confiar en su propio país. A diferencia de los norteamericanos, los japoneses y la mayoría de los europeos, siempre han preferido mantener fuera del alcance de sus gobernantes una proporción importante de sus recursos, actitud que generaciones de políticos corruptos y demagógicos ni siquiera han intentado modificar.Por el contrario, se haya tratado de estatistas como los gobiernos que precedieron al encabezado por Carlos Menem o de «liberales» como se caracterizaba a éste, ninguno se ha esforzado por asegurar que todas las personas disfrutarían de las mismas garantías mínimas que encontrarían en los países más desarrollados. He aquí una razón por la que el país no tendrá ninguna posibilidad de remontar la cuesta mientras no se haya producido la renovación casi completa de la clase política nacional.
Pues bien: si por algún milagro a partir de mañana todos confiaran en el futuro del país y estuvieran dispuestos a probarlo invirtiendo en él su dinero, esto no sería suficiente como para permitir su integración rápida al «Primer Mundo». Aunque pocos han querido darse por enterados, nuestros índices educativos son muy inferiores a los registrados incluso en países como España y Portugal, lo cual, en vista de la importancia básica de la educación en tiempos de «la economía del conocimiento», constituye una barrera que por ahora es infranqueable. Sin embargo, de ponerse en marcha un proceso acelerado de crecimiento impulsado por una reforma política acompañada por una mayor confianza en el porvenir nacional, el país contaría con los recursos no sólo materiales sino también anímicos para emprender la tarea enorme, pero insoslayable, supuesta por la necesidad urgente de mejorar el nivel educativo de los muchos millones de personas que apenas han terminado un ciclo básico nada exigente. Dicho de otro modo, no es tan difícil como muchos suponen concebir una estrategia que nos permitiría reanudar el crecimiento, reconectarnos con «el mundo» y, por fin, comenzar a hacer frente a los desafíos más significantes que plantean los tiempos en los que nos ha tocado vivir.Por cierto, no es necesaria mucha «imaginación», sólo la voluntad de reconocer que si el desarrollo parece ser un asunto terriblemente complicado -aunque es extraordinariamente arduo, en el fondo es muy sencillo- es porque por motivos egoístas o prejuicios ideológicos demasiados son reacios a permitir que se concreten las reformas previas imprescindibles.
Luego de haber conocido algunos períodos de euforia en los que buena parte de la sociedad se sentía convencida de que ya estaba por ingresar en "el Primer Mundo" por la puerta grande, la Argentina está transitando uno de depresión no sólo económica sino también anímica en el que parece absurdamente ambiciosa aquella meta nada utópica. Si bien es evidente que el país ha retrocedido mucho desde mediados del 2001 cuando, de haber contado con un gobierno lúcido y firme respaldado por una clase política razonable, aún hubiera podido superar los problemas que enfrentaba, es exagerado el pesimismo extremo que fue provocado por un default festejado por quienes habían contribuido a la bancarrota que coronó una devaluación caótica y el embrollo jurídico resultante. Como ha señalado la Fundación Mediterránea, los argentinos tendrán más -tal vez mucho más- de 30 mil millones de dólares escondidos "bajo el colchón". Si a este monto se agrega la cantidad llamativamente mayor que está depositada en instituciones del exterior, no cabe duda de que el país posee los recursos necesarios para manejar sus deudas y financiar un boom productivo que, a su vez, no podría sino atraer a los inversores extranjeros. Por lo tanto, es tan arbitrario tomar el nivel de ingresos actual, que se ha visto reducido mucho a raíz de una tasa de cambio aún más "ficticia" que la fijada por la convertibilidad, por un reflejo cabal de la realidad como lo sería entregarse nuevamente a la fantasía de una Argentina riquísima que pueda dedicarse exclusivamente a gastar.
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