Una dictadura nada eficiente
Dijo una vez Juan Domingo Perón que “con toda la prensa en contra ganamos y con toda la prensa a favor nos derrocaron”, lo que fue su forma de decir que es una pérdida de tiempo y dinero hacerse rodear de medios adulones porque andando el tiempo la gente se cansa de las mentiras oficiales, pero ya es dolorosamente evidente que los Kirchner no han aprendido nada de la experiencia del fundador del movimiento en que militan. Para ellos, lo que más cuenta es “el relato” en que desempeñan papeles protagónicos y no están dispuestos a tolerar que otros se sientan libres para modificarlo, de ahí la campaña furibunda que están liderando contra lo que, en un acto que se celebraba a fines de la semana pasada en San Juan, Néstor Kirchner calificó de “la dictadura mediática”. Según el ex presidente, los medios “quieren manejar el pensamiento de los argentinos”, lo que podría ser cierto ya que es natural, y legítimo, que los periodistas, lo mismo que los políticos, intelectuales, docentes y muchísimos otros, procuren incidir en el pensamiento ajeno, pero ocurre que la capacidad de cada uno para hacerlo es muy pero muy limitada y, de todos modos, son tantas las opiniones diferentes que se difunden todos los días que ningún medio, por poderoso que sea, está en condiciones de imponer su propia versión de la realidad. De tratarse de una “dictadura”, sería cuestión de una risiblemente ineficaz, ya que sólo atina a difundir una multitud de mensajes contradictorios. Es factible, si bien no es nada probable, que haya algunas personas que tomen todo cuando leen u oyen de un medio determinado por la verdad absoluta pero, como Perón llegó a entender luego de un intento largo y decidido pero infructuoso de “manejar el pensamiento de los argentinos”, la mayoría sabe distinguir entre propaganda interesada y opiniones honestas. Suponer lo contrario es despreciar a la ciudadanía que, mal que les pese a políticos de mentalidad autoritaria, dista de ser tan dócil como les gustaría creer. Por lo demás, en los años que siguieron a la primera etapa del peronismo, el pueblo se ha hecho más escéptico, en parte debido a aquel esfuerzo denodado por venderle un “relato” oficialista, de suerte que cualquier intento de repetirlo resultaría contraproducente. Como a esta altura los Kirchner deberían haber notado, cuanto más vehementes son sus acusaciones contra personas y agrupaciones determinadas, más resistencia encuentran entre los reacios a dejarse engañar por el poder de turno. Atribuirlo a las malas artes de los periodistas del grupo Clarín y el matutino porteño “La Nación” puede serles muy tentador, pero si realmente quieren solucionar el problema que les supone la mala imagen que han logrado adquirir, les convendría procurar mejorar su propio estilo comunicativo. Todos los políticos aspiran a tener “buena prensa”, pero sólo los muy poco sofisticados creen que para conseguirla hay que presionar a los periodistas y hacer uso de los recursos aportados por los contribuyentes para premiar a los simpatizantes y castigar a los críticos, como en efecto ha hecho el gobierno actual de manera impúdica. Al darse cuenta de que dichos métodos no funcionaban como habían previsto, los Kirchner se han convencido, en base a planteos de origen escasamente democrático, que por haber triunfado Cristina Fernández de Kirchner en las elecciones presidenciales del 2007 tienen derecho a intensificar su control sobre los medios, razón por la que optaron por declarar el suministro de papel a los periódicos gráficos una prioridad nacional. Si fuera otro gobierno, podría tomarse en serio la pretensión así supuesta, pero por ser el de una pareja que no oculta su voluntad de llevar a la bancarrota al grupo mediático más grande del país y de herir gravemente a un diario que siempre les ha sido crítico, hasta los opositores de la izquierda más contestataria, y más propensa a suponer que los medios privados defienden intereses que a su entender son espurios, están protestando airadamente contra lo que están tratando de hacer. Saben que a Néstor Kirchner y su esposa no les disgusta por principio la idea de una “dictadura mediática”, ya que de poder salirse con la suya no vacilarían en construir una propia que, como el Indec, se dedicaría a difundir noticias maravillosas que, por desgracia, no tendrían nada que ver con la verdad.