Una foto imprecisa
Muchos quisieran que los errores hayan sido tan garrafales que el país no corresponda con el esbozado por los responsables de censarlo.
Ya que en algunos lugares del país el censo continuaba después de la fecha prevista debido a las inundaciones, la actitud nada cooperativa de ciertos sindicalistas y la voluntad de algunos de eludir a los «inspectores», no es demasiado probable que el 18 de noviembre el país haya contado con los «36.027.041» habitantes, ni uno más ni uno menos, que según el INDEC conformaban su población en aquel momento, pero es de suponer que en términos generales las cifras difundidas se han aproximado a la realidad. Muchos quisieran que no haya sido así, que los errores hayan sido tan garrafales que el país real no corresponde con el esbozado por los responsables de censarlo. Entre los que hubieran preferido que los resultados fueran distintos están aquellos políticos porteños que han reaccionado frente a la difusión de los guarismos preliminares con una mezcla de incredulidad y desazón. Es que desde su punto de vista lo revelado por esta primera radiografía constituye un motivo de preocupación: luego de dos siglos de expansión impresionante que sirvió para erigirla en una de las metrópolis más grandes del planeta, la Capital ha comenzado a achicarse. Si bien en cierta medida será cuestión de una ilusión estadística porque según cualquier criterio no político los distritos densamente poblados del conurbano bonaerense forman parte de la misma ciudad, la sensación de que las dimensiones humanas de la Capital están reduciéndose inexorablemente y que por lo tanto la ciudad corre el riesgo de perder su protagonismo tradicional parece haber desatado una minicrisis en el gobierno del frepasista Aníbal Ibarra. Por cierto, no les gusta saber que en un período signado por el dominio de radicales y frepasistas una proporción significante de los porteños ha optado por irse a otra parte.
Si bien en principio es comprensible que en un lapso de diez años la Capital Federal haya perdido 200.000 habitantes, es decir, el ocho por ciento del total registrado en 1991, el que se trate de uno de los pocos distritos que siempre ha ostentado un ingreso per cápita primermundista en un país relativamente pobre, hace pensar que la causa ha consistido no sólo en el deseo natural de los hartos de intentar vivir en una gran megalópolis de trasladarse a suburbios más tranquilos, sino también en la falta de dinero suficiente como para mantenerse con cierta dignidad en una ciudad muy cara. De ser así, la reducción de la cantidad de porteños no es plenamente equiparable con el fenómeno muy similar que se ha visto en Estados Unidos, donde centros metropolitanos se han transformado en «guetos» pobres debido al éxodo constante de familias de clase media y la llegada de contingentes nutridos de personas de nivel educativo y poder de compra muy inferiores, o en partes de Europa en que se ha concretado una variante del mismo proceso. Si bien han crecido de forma llamativa zonas como Pilar, Escobar y Ezeiza en las que abundan los «barrios privados», parecería que lo lograron a costa de suburbios del Gran Buenos Aires que antes tenían características similares como Vicente López y San Isidro.
Otro dato que requerirá un análisis detenido ha sido el aportado por Río Negro. Conforme con el censo, con la excepción de Santa Fe, ninguna otra provincia ha crecido a un ritmo más lento: desde el censo anterior, su población ha aumentado el 8,4%, frente al 21,3% anotado por la vecina Neuquén. ¿Será porque su evolución económica ha sido todavía más deprimente que aquella del resto del país, de suerte que además de no resultar atractiva a personas de zonas más pobres, ha expulsado a muchas nacidas en ella? De todos modos, a la luz del censo, la idea de que andando el tiempo Río Negro, una provincia de amplios recursos naturales que podría considerarse despoblada, experimentaría una explosión demográfica por constituir una tierra de promisión rebosante de oportunidades ya parece un tanto fantasiosa. Asimismo, el hecho de que la población de La Matanza, un distrito notorio por la bajísima calidad de vida que puede brindar a sus habitantes, duplique largamente la rionegrina, tiene implicancias ominosas para el futuro el país.