Una medida muy costosa
Luego de una breve pausa atribuible a la sorpresa que le habrá causado la defensa furibunda del gobierno español de los intereses de Repsol en la Argentina, no bien regresó la presidenta Cristina Fernández de Kirchner de la Cumbre de las Américas, en Colombia, optó por avanzar sobre la empresa apropiándose del 51% de las acciones de YPF. Conforme al esquema que fue finalmente elegido, las acciones expropiadas serán repartidas entre el Estado nacional y las provincias, lo que, es de suponer, servirá para tranquilizar a aquellos gobernadores que temían verse excluidos del negocio. Se trata de una forma de reducir los costos políticos internos que le hubiera supuesto a Cristina dejar todo en manos del titular de Planificación Julio De Vido y, desde luego, Axel Kicillof, el hombre de La Cámpora que amenaza con desplazar a Guillermo Moreno como ministro de Economía de facto. Tiene razón la presidenta cuando dice que ha de ser prioritario “el logro de autoabastecimiento de hidrocarburos”, ya que se estima que este año tendremos que gastar más de 14.000 millones de dólares para comprar combustibles a precios internacionales que, para más señas, podrían subir en los meses próximos, pero suponer que nacionalizar la empresa, de tal modo recuperando “la soberanía”, nos ayudará a alcanzar dicha meta sólo refleja el voluntarismo que es tan característico del gobierno kirchnerista. Lo mismo puede decirse del compromiso de Cristina de mantener “el modelo de una sociedad anónima y el de una conducción profesionalizada” porque, nos aseguró, “no es un modelo de estatización”. A menos que esté por producirse un cambio radical nada probable en el seno del gobierno nacional, en adelante YPF será manejada por militantes políticos cuyo mérito principal consiste en su presunta lealtad para con la presidenta, burócratas de trayectoria opaca y sindicalistas. Así las cosas, sería realmente asombroso que la petrolera recuperada resultara ser un dechado de eficacia; lo más probable es que nos cueste aún más, muchísimo más, que otra empresa que fue liberada de los colonialistas españoles, Aerolíneas Argentinas. Ya antes de la expropiación de la mayoría de las acciones de YPF, el gobierno de Cristina se las había arreglado para agravar el aislamiento financiero del país. Al manifestarse decidido a concretar la amenaza que desde hacía meses pendía sobre la cabeza de Repsol –la empresa dueña del 53,47% de las acciones– se ha granjeado la hostilidad rayana en el odio no sólo de los conservadores encabezados por el presidente del gobierno español Mariano Rajoy sino también de buena parte del resto del arco político de la repudiada “madre patria”, que ha tomado el zarpazo por un intento de aprovechar sus muchas desgracias socioeconómicas. Por lo demás, en este asunto, los españoles podrán contar con la solidaridad de sus socios de la Unión Europea y también de Estados Unidos. Asimismo, la conciencia de que al gobierno argentino no se le ocurriría respetar los derechos de propiedad ajenos –a esta altura, hablar de la “seguridad jurídica” sería inútil– no podrá sino incidir en la actitud de todos los inversores en potencia, tanto argentinos como extranjeros, los que, mal que les pese a los kirchneristas, tienen más motivos que antes para intensificar su boicot. Puesto que sin su aporte sería quimérico soñar con “el autoabastecimiento de hidrocarburos” aun cuando resultaran ser tan enormes y rentables como algunos prevén los depósitos de shale oil en Neuquén, la expropiación poco amistosa de una tajada importante de las acciones que posee Repsol significará que en los años próximos se hará todavía más onerosa la dependencia energética que es la consecuencia lógica de la “estrategia” que fue elegida en su momento por el entonces presidente Néstor Kirchner y que ha profundizado su sucesora. Puede que culpar a los españoles por el desastre resultante, como hace Cristina, sirva para atenuar el impacto político interno de las grandes dificultades que ya nos está provocando el creciente déficit energético al brindar a los nacionalistas una nueva oportunidad para llamar la atención a sus sentimientos, pero, lejos de contribuir a revertir la tendencia negativa, el que los kirchneristas hayan reaccionado a los problemas que ellos mismos han provocado actuando, una vez más, como si fueran víctimas inocentes de la maldad foránea virtualmente garantiza que la crisis energética seguirá agravándose.