Una monarquía renovada

Redacción

Por Redacción

A diferencia de ciertas otras monarquías del norte de Europa o del Japón, la española no se basa en tradiciones largas e ininterrumpidas. Fue resucitada en 1969 por el dictador Francisco Franco, quien nombró como su sucesor a Juan Carlos de Borbón y Borbón con el propósito de prolongar la vida de su “proyecto” particular. Felipe VI, pues, sabe que no puede limitarse a aludir a su derecho hereditario al trono. Tendrá que persuadir a los españoles de que es de su interés que lo ocupe. Fue por esta razón que, al iniciar su reinado, el flamante rey habló a su país como si fuera el jefe de un gobierno recién elegido resuelto a corregir los errores cometidos por el saliente, de ahí el compromiso de asegurar que en adelante la casa real fuera “honesta” y su propia conducta “transparente”. Se trataba de su forma de aludir a los escándalos de presunta corrupción protagonizados por Iñaki Urdangarin, el marido de la infanta Cristina, la hija menor del ya exrey Juan Carlos, el que, por su parte, fue blanco de críticas virulentas por dedicarse a la caza de elefantes en Botswana cuando su país sufría una dolorosa crisis económica. Además de convencer a sus compatriotas de que la monarquía sirve para algo en el mundo actual –se afirmó decidido a hacer de ella “una monarquía renovada para un tiempo nuevo”–, Felipe tendrá que intentar debilitar los movimientos separatistas de Cataluña y el País Vasco sin oponérseles abiertamente, ya que una campaña demasiado vigorosa a favor de la unidad de su reino podría ayudar a quienes quieren separarse de España. Mientras que los independentistas escoceses dicen que, de triunfar su causa en el referéndum previsto para septiembre, Isabel II seguiría siendo su reina, como es de Australia, Canadá y Nueva Zelanda, los secesionistas catalanes y vascos no parecen tener interés en una variante de la alternativa así supuesta. Si bien hoy en día todas las monarquías se ven constreñidas a adaptarse a los tiempos que corren, lo que no es nada sencillo para quienes a su modo simbolizan la permanencia, la española cuenta con menos espacio en el que maniobrar que sus equivalentes en otras latitudes. A juzgar por lo que dijo Felipe luego de jurar acatar la Constitución Nacional, tiene en mente una monarquía austera parecida a las escandinavas, una cercana a la ciudadanía que procure aprovechar su situación privilegiada para impulsar mejoras, aunque sólo fuera a través de su propio ejemplo. Lograrlo no le será del todo fácil. Si intenta hacer pensar que es solamente un ciudadano más, podría caer en el ridículo, pero si, presionado por las circunstancias, comienza a distanciarse del pueblo, los contrarios a la institución monárquica no tardarían en tratarla como un anacronismo costoso, impropio de un país que teme no poder recuperarse del mazazo que le supuso una crisis económica que llevó la tasa de desempleo a más del 25% para el conjunto y más del 55% para los jóvenes. Felipe entiende que el papel del monarca es en buena medida simbólico, que le corresponderá representar la unidad nacional por encima de las discrepancias políticas e ideológicas coyunturales. En algunos países de Europa el esquema así resumido funciona muy bien; los políticos se acostumbran a la idea de que, en última instancia, les sea dado ocupar un lugar subalterno en el orden nacional, lo que parece protegerlos contra las tentaciones en las que suelen caer aquellos dirigentes “carismáticos” que se creen destinados a “cambiar la historia”. No es un detalle menor. La mera existencia de una monarquía con raíces en el pasado contribuye a la estabilidad, al recordarles a todos que el país en que viven no es un fenómeno pasajero que les es dado transformar de un día para otro sino una entidad que se configuró hace muchos años y que, andando el tiempo, será heredada por las generaciones futuras. Mientras que los gobiernos civiles raramente logran sobrevivir por más de diez años, los reinados pueden durar treinta, cuarenta o más, lo que les permite brindar una impresión de continuidad. Por irracionales, para no decir antidemocráticas, que a muchos les parezcan las monarquías actuales, no podría decirse lo mismo de países como Holanda, Suecia, Noruega, Dinamarca y el Reino Unido: en términos generales, son más “progresistas” que la mayoría abrumadora de las repúblicas.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 26 de junio de 2014


A diferencia de ciertas otras monarquías del norte de Europa o del Japón, la española no se basa en tradiciones largas e ininterrumpidas. Fue resucitada en 1969 por el dictador Francisco Franco, quien nombró como su sucesor a Juan Carlos de Borbón y Borbón con el propósito de prolongar la vida de su “proyecto” particular. Felipe VI, pues, sabe que no puede limitarse a aludir a su derecho hereditario al trono. Tendrá que persuadir a los españoles de que es de su interés que lo ocupe. Fue por esta razón que, al iniciar su reinado, el flamante rey habló a su país como si fuera el jefe de un gobierno recién elegido resuelto a corregir los errores cometidos por el saliente, de ahí el compromiso de asegurar que en adelante la casa real fuera “honesta” y su propia conducta “transparente”. Se trataba de su forma de aludir a los escándalos de presunta corrupción protagonizados por Iñaki Urdangarin, el marido de la infanta Cristina, la hija menor del ya exrey Juan Carlos, el que, por su parte, fue blanco de críticas virulentas por dedicarse a la caza de elefantes en Botswana cuando su país sufría una dolorosa crisis económica. Además de convencer a sus compatriotas de que la monarquía sirve para algo en el mundo actual –se afirmó decidido a hacer de ella “una monarquía renovada para un tiempo nuevo”–, Felipe tendrá que intentar debilitar los movimientos separatistas de Cataluña y el País Vasco sin oponérseles abiertamente, ya que una campaña demasiado vigorosa a favor de la unidad de su reino podría ayudar a quienes quieren separarse de España. Mientras que los independentistas escoceses dicen que, de triunfar su causa en el referéndum previsto para septiembre, Isabel II seguiría siendo su reina, como es de Australia, Canadá y Nueva Zelanda, los secesionistas catalanes y vascos no parecen tener interés en una variante de la alternativa así supuesta. Si bien hoy en día todas las monarquías se ven constreñidas a adaptarse a los tiempos que corren, lo que no es nada sencillo para quienes a su modo simbolizan la permanencia, la española cuenta con menos espacio en el que maniobrar que sus equivalentes en otras latitudes. A juzgar por lo que dijo Felipe luego de jurar acatar la Constitución Nacional, tiene en mente una monarquía austera parecida a las escandinavas, una cercana a la ciudadanía que procure aprovechar su situación privilegiada para impulsar mejoras, aunque sólo fuera a través de su propio ejemplo. Lograrlo no le será del todo fácil. Si intenta hacer pensar que es solamente un ciudadano más, podría caer en el ridículo, pero si, presionado por las circunstancias, comienza a distanciarse del pueblo, los contrarios a la institución monárquica no tardarían en tratarla como un anacronismo costoso, impropio de un país que teme no poder recuperarse del mazazo que le supuso una crisis económica que llevó la tasa de desempleo a más del 25% para el conjunto y más del 55% para los jóvenes. Felipe entiende que el papel del monarca es en buena medida simbólico, que le corresponderá representar la unidad nacional por encima de las discrepancias políticas e ideológicas coyunturales. En algunos países de Europa el esquema así resumido funciona muy bien; los políticos se acostumbran a la idea de que, en última instancia, les sea dado ocupar un lugar subalterno en el orden nacional, lo que parece protegerlos contra las tentaciones en las que suelen caer aquellos dirigentes “carismáticos” que se creen destinados a “cambiar la historia”. No es un detalle menor. La mera existencia de una monarquía con raíces en el pasado contribuye a la estabilidad, al recordarles a todos que el país en que viven no es un fenómeno pasajero que les es dado transformar de un día para otro sino una entidad que se configuró hace muchos años y que, andando el tiempo, será heredada por las generaciones futuras. Mientras que los gobiernos civiles raramente logran sobrevivir por más de diez años, los reinados pueden durar treinta, cuarenta o más, lo que les permite brindar una impresión de continuidad. Por irracionales, para no decir antidemocráticas, que a muchos les parezcan las monarquías actuales, no podría decirse lo mismo de países como Holanda, Suecia, Noruega, Dinamarca y el Reino Unido: en términos generales, son más “progresistas” que la mayoría abrumadora de las repúblicas.

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