Una sensación de vacío



La construcción de Notre Dame requirió casi dos siglos.Mientras que en otros tiempos muchos estuvieran dispuestos a sacrificarse por la comunidad en que se formaron, hoy en día tales actitudes son consideradas anacrónicas, cuando no ridículas.

Para muchos, el incendio que destruyó el techo y una parte del interior, además de muchas obras de arte irremplazables, de la catedral gótica de Notre Dame de París fue un síntoma, uno más, de la crisis que está devorando el Occidente aunque, claro está, no hubo ningún consenso sobre lo que significó. Algunos vincularon el siniestro con el ocaso del cristianismo en el continente que dominó por más de un milenio, otros con la desidia que a su entender es típica de las nuevas generaciones que, dicen, ni siquiera son capaces de conservar los monumentos históricos que heredaron de sus antepasados y que por lo común sobreviven solo porque sirven como atracciones turísticas y por lo tanto tienen cierto valor económico.

Como pudo preverse, los había que aprovecharon la oportunidad para llevar agua a su molino particular, como están haciendo aquellos que critican a los magnates célebres que enseguida donaron más de mil millones de euros para la reconstrucción, señalando que, antes de producirse el desastre, no les había importado para nada el estado deteriorado del edificio y que, de todos modos, sería mejor usar el dinero para ayudar a “los miserables” de Francia.

Pero también se hizo notar cierta nostalgia por la permanencia que simbolizan catedrales como la de Notre Dame, lo que puede entenderse ya que se ha hecho tan fuerte la sed de novedades que muchos acontecimientos de hace apenas un mes ya parecen pertenecer a la antigüedad.

No siempre fue así. La construcción de Notre Dame requirió casi dos siglos: se inició en 1163 y terminó en 1345. Tanto los responsables de planificarla como los artesanos especializados que contrataron sabían que no la verían completada, pero creían firmemente en el valor trascendente de lo que hacían.

Extrañaría mucho que un gobierno moderno se animara a emprender un proyecto ambicioso destinado a beneficiar a los descendientes remotos de sus tataranietos. ¿Por qué hacerlo si nadie sabe cómo será el mundo de 2301?

Asimismo, puesto que casi todos coinciden en que hay muchas necesidades más urgentes, las protestas serían ensordecedoras. En buena parte del mundo, no hay lugar para el largo plazo, y ni hablar de obras que en opinión de muchos no traerían ventajas prácticas inmediatas, sean éstas comerciales o sociales. Solo importa el presente.

Una sensación de vacío, de que en el fondo nada tiene sentido, se ha difundido en la cultura contemporánea. Ya no impresiona la idea de que la civilización supone un pacto entre las generaciones y que por lo tanto es nuestro deber cuidar lo recibido de las anteriores para que las del futuro puedan disfrutarlo.

Por el contrario, en los círculos intelectuales más influyentes de los países económicamente avanzados del Occidente está de moda denigrar virtualmente todo lo hecho por nuestros antecesores que, de tomarse en serio las arengas de los más vehementes, fueron salvajes reaccionarios que no hicieron nada bien. Juran creer que la civilización que les ha colmado de beneficios de todo tipo es un bodrio vergonzoso que está destruyendo el planeta.

Los que construyeron Notre Dame pensaban de manera muy distinta. Suponían que, en medio de los cambios dramáticos que una y otra vez ocurrían en Francia, el resto de Europa y el amplio mundo exterior que los amenazaba, había algo eterno al cual aferrarse. Puede que sus creencias al respecto fueran arbitrarias, pero por lo menos reflejaban la convicción de que la vida terrestre tenía sentido, lo que les permitía hacer grandes cosas. ¿Podrían emularlos sus homólogos actuales? Es poco probable.

No se equivocaban los que empezaron la construcción de Notre Dame al prever que cuando, por fin, otros finalizarían lo que habían iniciado, el cristianismo seguiría constituyendo el marco espiritual e intelectual de lo que sería la misma sociedad. Se trata de un lujo que ningún europeo actual puede permitirse. Por razones demográficas, la Europa del siglo XXIV será muy diferente de la que conocemos; a menos que mucho cambie muy pronto, naciones antiguas como Grecia e Italia compartirán el destino de los etruscos.

Es posible que la mayoría de los europeos no se sienta del todo conmovida por la conciencia de que puede estar aproximándose a su fin una larga historia que se remonta a los imperios formados por griegos y romanos, pero sorprendería que de una forma u otra no incidiera en su conducta.

Mientras que en otros tiempos muchos estuvieran dispuestos a sacrificarse por la comunidad en que se formaron, hoy en día tales actitudes son consideradas anacrónicas, cuando no ridículas, por los convencidos de que el futuro de su propio grupo humano es un asunto que no debería preocuparles.


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