Una vieja costumbre populista

Por Redacción

Si aumentar el gasto público sirviera para cosechar votos, el Frente para la Victoria oficialista se impondría por un margen contundente en las elecciones legislativas de octubre, ya que el gobierno kirchnerista está rompiendo todos los récords en la materia, repartiendo subsidios multimillonarios a diestra y siniestra con el propósito de impedir que la economía flaquee en las próximas semanas. Sin embargo, aunque es factible que la generosidad gubernamental incida en el estado de ánimo del electorado, a esta altura nadie cree que resulte tan decisiva como en el pasado, cuando la sensación de que, merced a las bondades del “modelo” reivindicado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus colaboradores, el país por fin entraba en una época de prosperidad consumista le permitió soñar con eternizarse en el poder. Puesto que la prioridad consiste en demorar lo que ya parece inevitable, a lo sumo el mayor gasto público preelectoral ayudará a mantener el statu quo hasta el 27 de octubre, sin por eso producir beneficios inmediatos que podrían convencer a los votantes de que, a pesar de las quejas opositoras, la gran epopeya kirchnerista sigue su marcha triunfal. Dicho de otro modo, se trata de minimizar las pérdidas, no de conseguir la adhesión de los muchos que han llegado a la conclusión de que el “ciclo” kirchnerista tiene los días contados y por lo tanto les convendría comprometerse emotivamente con el siguiente. De todas maneras, como entiende muy bien la presidenta, tarde o temprano será preciso pagar los costos de la fiesta de subsidios, que en los últimos años han adquirido proporciones gigantescas. Por motivos comprensibles, los dirigentes opositores esperan que le toque al gobierno actual encargarse de los “ajustes” acaso draconianos que sospechan serán necesarios, ya que el país no podrá continuar por mucho tiempo importando cantidades crecientes de combustible a los precios imperantes o subsidiando el transporte urbano a un costo cada vez mayor, además de combatir el desempleo transformando a desocupados en estatales. Las esperanzas opositoras en tal sentido se basan en el presupuesto de que bien antes de diciembre del 2015 cuando, conforme al calendario constitucional, Cristina tenga que entregar el poder a un sucesor elegido, el gobierno se encuentre sin más alternativa que adoptar la tan temida política de austeridad. Es probable que quienes piensan así estén en lo cierto y que la hora de la verdad llegue relativamente pronto pero, a juzgar por lo que está haciendo el gobierno, la presidenta apuesta a que la situación económica diste de ser tan mala como afirman los “ortodoxos”. Otra posibilidad que se ha planteado es que un gobierno que, según parece, toma muy en serio su propio “relato” conspirativo se haya propuesto dejar a su sucesor un paquete explosivo que estallará en sus manos, de suerte que se vea obligado a aplicar medidas de ajuste tan antipáticas que la mayoría reclamaría el regreso de los responsables de armarlo. Después de todo, ya es tradicional que los populistas obren así antes de salir del escenario, aumentando a niveles insostenibles el gasto público para que, andando el tiempo, los encargados de restaurar cierto orden se vean repudiados por el grueso de una ciudadanía habituada a culpar a los “neoliberales” de todas las desgracias económicas. Con todo, aunque sería de prever que un eventual gobierno de la clase así supuesta no tardaría en ser acusado de querer depauperar a la gente por motivos inconfesables, sorprendería que muchos confiaran lo bastante en las dotes administrativas de los kirchneristas como para pedirles volver al poder. Si bien sería ingenuo imputar las dificultades económicas que nos aguardan a nada más que la corrupción, ya que tienen su raíz en las características voluntaristas del “modelo” mismo, parecería que amplios sectores han hecho suya la teoría aventurada por personajes como el sindicalista Luis Barrionuevo conforme a la cual “la solución” para los problemas económicos y sociales del país consistiría en que “los políticos” dejaran de robar por un par de años, de ahí la tendencia de la mayoría de pasar por alto los actos de corrupción oficiales cuando la economía crece a un ritmo adecuado y de sentirse sumamente indignada por tales delitos cuando comienza a caer en recesión.


Exit mobile version