Vista doble

Editorial

Redacción

Por Redacción

Puede que no prospere la propuesta del ministro de Economía, Domingo Cavallo, de «ampliar» la convertibilidad obligando al dólar estadounidense a convivir con el euro en cuanto éste cobre realidad, pero no cabe duda de que al plantearla ha logrado modificar drásticamente tanto el debate en torno del valor auténtico del peso como al futuro del país en su conjunto. Desde que para sorpresa de tirios y troyanos Cavallo se manifestó contrario a su propia criatura, la convertibilidad tal como todos la conocen, los más dan por descontado que la flexibilidad monetaria no significaría una devaluación traumática sino la equidistancia entre la divisa estadounidense por un lado y, por el otro, la europea. Por supuesto que la mera idea de una modificación de este tipo asusta a muchos y es evidente que los problemas técnicos que surgirían serían mayúsculos a raíz de la proliferación de cuentas bancarias en dólares y de contratos en la misma moneda, pero los cambios que está impulsando el superministro serían menores en comparación con los deseados por aquellos que, por los motivos que fueran, sueñan con una salida caótica de la convertibilidad como tal. Asimismo, no necesariamente constituye una desventaja el que casi todos los economistas se hayan mostrado en favor de mantener el sistema existente, advirtiéndonos que una consecuencia inmediata del entusiasmo inesperado de Cavallo por el euro bien podría ser la mayor dolarización de la economía nacional: por razones no muy buenas pero así y todo comprensibles, el prestigio de los «gurús» económicos está en el suelo debido a que muchos sospechan que en última instancia son los responsables principales de la larga recesión, por aprobar el «rumbo» tomado por el presidente Carlos Menem y por el cual el presidente Fernando de la Rúa trata de avanzar.

Según los críticos de la euromanía cavallista, a la gente le gusta la convertibilidad tal como está por su sencillez y porque entiende que el dólar norteamericano es la única divisa realmente seria. Sin embargo, el hecho de que la ciudadanía se haya dolarizado espontáneamente no ha sido óbice para que se hayan intensificado los sentimientos antinorteamericanos de grupos acaso minoritarios pero no por eso insignificantes. Para muchos, los esfuerzos por impulsar la transformación de la Argentina en un país capitalista moderno sólo reflejan la voluntad de formar parte del «imperio» norteamericano. Aunque se trata de una interpretación poco convincente de la realidad, sería un error subestimar los prejuicios que podría ocasionar. Una razón por la cual las primeras reformas emprendidas por el gobierno de Menem pudieron concretarse sin mucha oposición por parte de los comprometidos con el viejo orden corporativo consistió en que para éstos era cuestión de la versión local de un fenómeno universal que no pudieron atribuir a las presiones de ningún país extranjero determinado. En los diez años últimos, empero, el poder relativo de los Estados Unidos ha aumentado tanto que es mucho más fácil que antes tomarlo por un proceso de norteamericanización, actitud que sin duda alguna se verá potenciada por las negociaciones sobre la consolidación del Area de Libre Comercio de las Américas.

Pues bien: aunque la eventual incidencia en la evolución de la economía de sumar el euro a la convertibilidad fuera escasa o negativa, la «ampliación» así supuesta podría resultar saludable en términos políticos, al brindar la impresión de que la Argentina no se apoya en un solo país, los Estados Unidos, sino en toda la comunidad occidental desarrollada. Oponerse a la dependencia excesiva de Washington es muy fácil, pero no lo sería proponer alejarse de la Unión Europea también. Desde luego que en muchos sentidos sería ilusoria la independencia que supondría la capacidad para oscilar entre las dos potencias económicas, pero no deberían despreciarse los beneficios psicológicos que suele brindar cierta autonomía, sobre todo en una sociedad como la nuestra en que la pasividad, la sensación de no poseer el poder suficiente como para elegir el destino propio, está entre las causas fundamentales del deterioro no sólo económico sino también político de los años últimos y que, de continuar agravándose, podría tener consecuencias trágicas para muchísimas personas.


Puede que no prospere la propuesta del ministro de Economía, Domingo Cavallo, de "ampliar" la convertibilidad obligando al dólar estadounidense a convivir con el euro en cuanto éste cobre realidad, pero no cabe duda de que al plantearla ha logrado modificar drásticamente tanto el debate en torno del valor auténtico del peso como al futuro del país en su conjunto. Desde que para sorpresa de tirios y troyanos Cavallo se manifestó contrario a su propia criatura, la convertibilidad tal como todos la conocen, los más dan por descontado que la flexibilidad monetaria no significaría una devaluación traumática sino la equidistancia entre la divisa estadounidense por un lado y, por el otro, la europea. Por supuesto que la mera idea de una modificación de este tipo asusta a muchos y es evidente que los problemas técnicos que surgirían serían mayúsculos a raíz de la proliferación de cuentas bancarias en dólares y de contratos en la misma moneda, pero los cambios que está impulsando el superministro serían menores en comparación con los deseados por aquellos que, por los motivos que fueran, sueñan con una salida caótica de la convertibilidad como tal. Asimismo, no necesariamente constituye una desventaja el que casi todos los economistas se hayan mostrado en favor de mantener el sistema existente, advirtiéndonos que una consecuencia inmediata del entusiasmo inesperado de Cavallo por el euro bien podría ser la mayor dolarización de la economía nacional: por razones no muy buenas pero así y todo comprensibles, el prestigio de los "gurús" económicos está en el suelo debido a que muchos sospechan que en última instancia son los responsables principales de la larga recesión, por aprobar el "rumbo" tomado por el presidente Carlos Menem y por el cual el presidente Fernando de la Rúa trata de avanzar.

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