Viviendo con lo nuestro
Mantener a raya al resto del planeta en una época signada por la globalización no es nada fácil. Ni siquiera países como Estados Unidos pueden prescindir de partes, bienes terminados o ideas patentadas procedentes del exterior. En cuanto a países más chicos, de economías un tanto rudimentarias, intentar hacerlo es optar por el atraso. Aunque a esta altura los partidarios de la “sustitución de las importaciones” deberían haber entendido que, para tener éxito total la estrategia anticuada así propuesta, la Argentina tendría que reproducir la economía mundial dentro de las fronteras nacionales, por distintos motivos se niegan a darse por vencidos. Mientras que muchos políticos, entre ellos la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, nos advierten sobre lo peligroso que sería dejar al pueblo expuesto al contagio de siniestras ideas foráneas, empresarios proteccionistas aprovechan tal actitud por razones que tienen más que ver con su propio afán de lucro que con la presunta voluntad de defender las esencias patrias contra los decididos a diluirlas. Acaso las únicas sociedades que hoy en día pueden darse el lujo de ser sistemáticamente proteccionistas son aquellas que, por no tener motivos para temer a la competencia externa, son las más contrarias a medidas destinadas a obstaculizar el comercio internacional. Por desgracia, la Argentina no forma parte de dicha elite. El campo aparte, no hay ningún sector económico digno de calificarse de competitivo. Que éste sea el caso dista de ser una novedad. Desde hace más de un siglo, los “capitanes de la industria”, además de sindicalistas y, huelga decirlo, políticos y los intelectuales que les suministran ideas y consignas, insisten en que el “aparato productivo” local precisa más tiempo en que prepararse para competir con las empresas extranjeras que, según parece, siempre operan de manera “desleal” y son proclives al “dumping”, o sea, a atacarnos vendiendo sus bienes a precios accesibles. Aquellos gobiernos que, conscientes del fracaso lamentable de los esfuerzos por ayudar a la industria local rodeándola de barreras proteccionistas, ensayan una apertura parcial, no tardan en verse acusados de “industricidio”, un delito antiargentino imperdonable que suele ser más que suficiente como para garantizarles un lugar destacado entre los considerados culpables del desastre socioeconómico protagonizado por el país. De todos los gobiernos recientes, el kirchnerista ha sido el más resuelto a protegernos de los nefastos efluvios foráneos. Para que las ideas extranjeras no nos perjudiquen, Cristina y sus incondicionales han elaborado un “relato” pintoresco que, con la eventual excepción de ciertos chavistas venezolanos, nadie en el exterior está en condiciones de entender. Y con el propósito de asegurar que puedan dormir tranquilos aquellos empresarios nacionales que merecen la aprobación de los kirchneristas, el gobierno ha extremado el proteccionismo hasta tal punto que casi todos se ven constreñidos a depender de insumos producidos localmente. Como dijo Cristina en una oportunidad, “no queremos importar ni un clavo”. Por desgracia, las economías modernas son un tanto más complicadas que la supuesta por una presidenta enamorada del ideal del autoabastecimiento. Sin “clavos” de origen extranjero, y ni hablar de insumos un poco más sofisticados, las fábricas no pueden funcionar. Los intentos del exsecretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, y sus seguidores por combatir la costumbre malsana de nuestros industriales de depender de insumos importados han tenido consecuencias terribles para virtualmente todos los productores, víctimas ellos del “industricidio” populista que, a juzgar por los resultados, ha sido mucho más eficaz que los esfuerzos en tal sentido atribuidos a los “neoliberales” de los años noventa del siglo pasado. Aunque el autobloqueo actual se debe más a la falta de dólares que a los disparates ideológicos de moda en el mundillo kirchnerista, no cabe duda de que el proteccionismo reivindicado por Cristina, Moreno y otros funcionarios gubernamentales ha contribuido muchos a la situación calamitosa en la que se encuentra la economía del país que, tal y como están las cosas, parece destinada a adquirir características más apropiadas para el siglo XIX que para el XXI.
Mantener a raya al resto del planeta en una época signada por la globalización no es nada fácil. Ni siquiera países como Estados Unidos pueden prescindir de partes, bienes terminados o ideas patentadas procedentes del exterior. En cuanto a países más chicos, de economías un tanto rudimentarias, intentar hacerlo es optar por el atraso. Aunque a esta altura los partidarios de la “sustitución de las importaciones” deberían haber entendido que, para tener éxito total la estrategia anticuada así propuesta, la Argentina tendría que reproducir la economía mundial dentro de las fronteras nacionales, por distintos motivos se niegan a darse por vencidos. Mientras que muchos políticos, entre ellos la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, nos advierten sobre lo peligroso que sería dejar al pueblo expuesto al contagio de siniestras ideas foráneas, empresarios proteccionistas aprovechan tal actitud por razones que tienen más que ver con su propio afán de lucro que con la presunta voluntad de defender las esencias patrias contra los decididos a diluirlas. Acaso las únicas sociedades que hoy en día pueden darse el lujo de ser sistemáticamente proteccionistas son aquellas que, por no tener motivos para temer a la competencia externa, son las más contrarias a medidas destinadas a obstaculizar el comercio internacional. Por desgracia, la Argentina no forma parte de dicha elite. El campo aparte, no hay ningún sector económico digno de calificarse de competitivo. Que éste sea el caso dista de ser una novedad. Desde hace más de un siglo, los “capitanes de la industria”, además de sindicalistas y, huelga decirlo, políticos y los intelectuales que les suministran ideas y consignas, insisten en que el “aparato productivo” local precisa más tiempo en que prepararse para competir con las empresas extranjeras que, según parece, siempre operan de manera “desleal” y son proclives al “dumping”, o sea, a atacarnos vendiendo sus bienes a precios accesibles. Aquellos gobiernos que, conscientes del fracaso lamentable de los esfuerzos por ayudar a la industria local rodeándola de barreras proteccionistas, ensayan una apertura parcial, no tardan en verse acusados de “industricidio”, un delito antiargentino imperdonable que suele ser más que suficiente como para garantizarles un lugar destacado entre los considerados culpables del desastre socioeconómico protagonizado por el país. De todos los gobiernos recientes, el kirchnerista ha sido el más resuelto a protegernos de los nefastos efluvios foráneos. Para que las ideas extranjeras no nos perjudiquen, Cristina y sus incondicionales han elaborado un “relato” pintoresco que, con la eventual excepción de ciertos chavistas venezolanos, nadie en el exterior está en condiciones de entender. Y con el propósito de asegurar que puedan dormir tranquilos aquellos empresarios nacionales que merecen la aprobación de los kirchneristas, el gobierno ha extremado el proteccionismo hasta tal punto que casi todos se ven constreñidos a depender de insumos producidos localmente. Como dijo Cristina en una oportunidad, “no queremos importar ni un clavo”. Por desgracia, las economías modernas son un tanto más complicadas que la supuesta por una presidenta enamorada del ideal del autoabastecimiento. Sin “clavos” de origen extranjero, y ni hablar de insumos un poco más sofisticados, las fábricas no pueden funcionar. Los intentos del exsecretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, y sus seguidores por combatir la costumbre malsana de nuestros industriales de depender de insumos importados han tenido consecuencias terribles para virtualmente todos los productores, víctimas ellos del “industricidio” populista que, a juzgar por los resultados, ha sido mucho más eficaz que los esfuerzos en tal sentido atribuidos a los “neoliberales” de los años noventa del siglo pasado. Aunque el autobloqueo actual se debe más a la falta de dólares que a los disparates ideológicos de moda en el mundillo kirchnerista, no cabe duda de que el proteccionismo reivindicado por Cristina, Moreno y otros funcionarios gubernamentales ha contribuido muchos a la situación calamitosa en la que se encuentra la economía del país que, tal y como están las cosas, parece destinada a adquirir características más apropiadas para el siglo XIX que para el XXI.
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