De Cinco Saltos a Praia do Silveira: la patagónica que hizo patria, «con alma valletana» en una posada frente al mar de Brasil

Gabriela “Gogui” Molina cruzó fronteras por amor y terminó siendo pionera en una playa sin caminos ni turismo. Construyó, junto a su pareja, la primera posada de esa playa de Garopaba, 84 kilómetros al sur de Florianópolis y allí, ayuda a la gente a ser feliz en vacaciones.

Por Lorena Vincenty

El verde rodea Praia do Silveira y sobre el morro, se encuentra la posada. Fotos: www.moradasdasilveira.com.

“Ser pionero no es fácil, sino pregúntenle a nuestros abuelos en el Valle”, dice Gabriela Molina, Gogui para los amigos, y recuerda su llegada a ese rincón de Brasil, en el que no había caminos, ni turismo, ni promesas, solo monte y mar abierto. Allí, junto a su pareja, diseñó casas frente al Atlántico, pensadas para que desde cada habitación se vea el sol salir del agua y la luna cuidar las olas. Vive en Praia do Silveira, pero su identidad es un puente entre territorios: nació en Río Negro y lleva la Patagonia como raíz. “En Brasil soy patagónica y en Río Negro soy brasileña”. En esa frontera íntima entre dos territorios construyó su lugar en el mundo.

“Ni escapando ni persiguiendo, me vine por amor”, arranca Gogui, y reafirma aquella decisión que la llevó de valle a otro lugar completamente diferente. Todo comenzó cuando conoció a Pablo, que falleció hace años, él tenía una pousada en el Morro de São Paulo, en Bahía. Estaba en Buenos Aires, ella trabajaba como diseñadora gráfica en una agencia de publicidad y el turismo no tenía nada que ver con su vida, pero entró de golpe, como aquel amor. “Nos enamoramos y después de unos meses, llegando temporada alta, me invita a trabajar la temporada. Y partí con él a la isla”.

Gogui Molina llegó hace casi tres décadas a Praia do Silveira.

Se quedaron, se casaron, fueron casi quince años juntos. “Me encantó trabajar con gente que está de vacaciones. Me gustó ayudar en ese proceso de cargarse de buenas energías para volver renovado a casa, feliz”. Pero no todo fue idílico. “No me gustó vivir en Bahía, no me adapté”.

Entonces miraron hacia el sur. Primero pensaron en Llao Llao, en Bariloche. Era 1999. “Tratamos de hacer una hostería ahí, pero era carísimo. Estaba un dólar un peso en Argentina y en Brasil 1,75, con un metro construido en Llao Llao hacíamos ocho en Brasil”. La cuenta era sencilla y el mapa se movió hacia Santa Catarina.

Desde las casas en el morro se ve el sol salir del agua.

Llegaron a Praia do Silveira, en Garopaba, 84 kilómetros al sur de Florianópolis. “No tenía acceso, solo entrabas con 4×4 y en día seco. No había ninguna posada, la nuestra fue la primera. Obvio, no tenía asfalto”. Hoy lo cuenta como quien recuerda una travesura. “Ahora parece mentira, está todo asfaltado, hicieron una calle nueva. Es más fácil vivir acá ahora que hace 27 años, sin dudas”.

Ser pioneros fue una mezcla de épica y terquedad. “Compramos un terreno en medio del morro, tuvimos que hacer el camino, concretar 150 metros, traer la luz, postes, transformador, trajimos el teléfono fijo a la playa”. Para tener internet ADSL compraron kilómetro y medio de cable. “Todo era tanto esfuerzo que del proyecto original dos casas completas se quedaron en la infraestructura: calles, cerco, luz, agua”.

Pero la vista pagaba la osadía. “Hoy tenemos la mejor y más impresionante vista al mar de toda Garopaba y alrededores”. Morros verdes enmarcan la playa, cinco casas para alquilar con servicios de hotelería, su casa y un club house. “Construimos de manera de ver el sol y la luna desde todas las camas”.

Alma, la hija de Gogui. Nació en Brasil y creció entre el mar de Praia do Silveira.

Praia do Silveira es residencial, silenciosa, cuidada por sus propios vecinos. “No queremos bares nocturnos ni ruido. Queremos que la playa se mantenga verde y como es: maravillosa”. A veinte cuadras, en el centro de Garopaba, están los restaurantes y los mercados. “Acá hay solo tres pousadas, poca gente en la playa, todo limpio”.


Argentina siempre presente


En verano, la tonada que domina es argentina. “Enero, febrero y marzo recibimos argentinos. Vienen felices a nuestras playas. Y nosotros, felicísimos de recibir a nuestros compatriotas”. Se ríe cuando exagera: “Los turistas argentinos que nos visitan son los mejores”. Después explica: “Son gente súper educada, que no quiere estar amontonada escuchando una caja de sonido en la arena. Quieren playa de verdad”.

La posada que creó es un modelo típico del sur argentino.

Muchos vuelven cada año, otros viajan en grupos grandes y alquilan tres, cuatro, las cinco casas. “Como acá es seguro, los chicos van a la pileta mientras los grandes duermen la siesta o cocinan antes de bajar otra vez a la playa”. Garopaba tiene once playas y a veces recorren una por día. Los que ya conocen, casi no se mueven de Silveira.


Vivir en Brasil le enseñó matices. “El brasileño es muy receptivo y cariñoso, pero no viven las amistades como nosotros, tan en profundidad”. Eso fue lo que más le costó. “Mis amigas acá son todas argentinas. Es diferente el sentido de la amistad fuera de Argentina. Todos los que están afuera extrañan eso mismo: los amigos”.

También hay fantasías que desarma con humor. Recuerda una visita a Neuquén. “Una amiga de mi papá me dijo: ‘Qué envidia, vivir como vos en la playa todo el día sin trabajar’. ¡Eso no existe!”. Y compara: “Verano es alta temporada, trabajamos sin día franco, todos los días, como la cosecha en el valle. Atentos desde que nos levantamos hasta que nos vamos a dormir”.

Praia do Silveira combina naturaleza intacta, surf y tranquilidad.

Emprender en otro país fue, para ella, más aventura que drama. “Era más chica… fue muy divertido. Aprender un idioma es desinflar el ego constantemente, tenés que aprender a reírte de vos mismo o la pasás mal”. Los impuestos y los papeles, concede, “son una pesadilla en cualquier país”.

Su pousada tiene sello patagónico. “Es súper diferente acá. Son casas equipadas con servicios de hotelería. Acá las posadas son cuartos con desayuno. Yo traje una idea más patagónica”. Casas con cocina, limpieza diaria, sábanas, toallas, desayuno opcional. “Mezclé lo mejor de los dos mundos. La gente se sorprende y le encanta”.

No volvería a vivir en el valle, tiene una hija brasileña, Alma, de 15 años. Su hogar está en Silveira, pero la identidad no se negocia. “Soy patagónica de pura cepa, hija de patagónicos, eso no se deja atrás nunca”.

La posada que creó es un modelo típico del sur argentino.

En la valija emocional lleva a su papá en Neuquén, a su familia extensa en Cinco Saltos, donde nació y vivió hasta los 18. “Las paellas de los domingos en la chacra, me acuerdo y se me pone la piel de gallina”. Extraña el lago Pellegrini, el olor a tierra mojada cuando empieza a llover, el ruido de las hojas en otoño. “Acá es tan húmedo que las hojas no hacen ruido. Extraño las estaciones”.

Cuando alguien, cansado de su rutina, dice “dejo todo y me pongo un bar en la playa”, ella responde sin solemnidad: “En la mochila nos llevamos a nosotros mismos y nuestros problemas, indiferente de dónde vivamos”. Y remata: “Ser feliz es una cuestión de elección, no tiene que ver con el entorno. Mucho menos con el presidente de turno”, lanza entre risas.

La frase le sale como un mantra: “Hoy no sabía qué ponerme y me puse feliz”. Podés mudarte a un rascacielos en Singapur o a un ranchito en Sumatra, dice, “siempre vas a ser vos”. Entonces aconseja lo simple: “Sé feliz, tratá a tu ser cercano con cariño, no mientas, no maltrates. Gentileza genera gentileza”.

Frente al mar de Silveira, donde el sol y la luna nacen del agua, Gogui aprendió que la geografía importa, pero no lo es todo. “Todos podemos tener una mejor vida, indiferente del punto geográfico del planeta que elijamos para vivir. La felicidad es una elección diaria”. Y ella, cada mañana, vuelve a elegir.

Para ver más www.moradasdasilveira.com.


El verde rodea Praia do Silveira y sobre el morro, se encuentra la posada. Fotos: www.moradasdasilveira.com.

“Ser pionero no es fácil, sino pregúntenle a nuestros abuelos en el Valle”, dice Gabriela Molina, Gogui para los amigos, y recuerda su llegada a ese rincón de Brasil, en el que no había caminos, ni turismo, ni promesas, solo monte y mar abierto. Allí, junto a su pareja, diseñó casas frente al Atlántico, pensadas para que desde cada habitación se vea el sol salir del agua y la luna cuidar las olas. Vive en Praia do Silveira, pero su identidad es un puente entre territorios: nació en Río Negro y lleva la Patagonia como raíz. “En Brasil soy patagónica y en Río Negro soy brasileña”. En esa frontera íntima entre dos territorios construyó su lugar en el mundo.

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