Pesca con mosca: las plumas que atraparon un sueño y hoy engañan truchas en los ríos de la Patagonia

Una pregunta casual en una feria, la crisis de 2001 y un aprendizaje paciente dieron origen a un proyecto singular en la Patagonia: plumas para atado de moscas, pesca con ética y una vida construida con constancia.

Por Lorena Vincenty

Ordenadas por tamaño y color, las plumas cuentan una historia que empieza en la chacra y termina flotando en ríos patagónicos.

“No teníamos nada y llevé unas plumas para vender a la feria, pensando en esos atrapasueños. Pasó un pescador y me preguntó si eran para atar moscas. Le dije que no, pero ahí nomás me puse a investigar”. Juan Carlos Caló lo dice como si veinte años hubieran pasado mansos, sin sobresaltos. Está parado detrás de una mesa en la Fiesta de la Tucha de Junín de los Andes, en su stand de Fly Andino. A su lado, María Gabriela Schütz lo escucha con esa complicidad silenciosa que solo dan los caminos compartidos. Entre los dos vuelven a ese día en que las plumas, casi sin saberlo, atraparon un sueño.

“Empezamos casi sin querer”, repite él. Y la frase, lejos de minimizar la historia, la explica mejor que cualquier plan de negocios. A comienzos de los 2000, 2001 vivían en Cipolletti. Eran estudiantes de Agronomía y llevaban la vida típica de esa edad: trabajos salteados, ingresos inestables y una fe casi ciega en que todo, de algún modo, iba a acomodarse. Hacían jardinería, amasaban panes para vender, recorrían ferias. La vida era precaria, pero intensa.

“Los años de estudiante fueron fantásticos”, recuerda Juan Carlos. En ese contexto empezaron a trabajar para montar una chacra pequeña, conseguida con ayuda familiar, y con ella la ilusión de una granja educativa. El proyecto era noble, casi pedagógico: recibir escuelas, mostrar cómo se produce, cerrar el círculo entre la tierra y el plato. Sumaron animales: gallinas, chivos, cerdos; huerta, invernadero.

Ferias, charlas y encuentros: el momento en que el oficio se vuelve conversación y vínculo.

“Se nos fue de las manos. Cada vez más animales y nos pasábamos el tiempo atendiendo a los bichos. Hoy nos damos cuenta de que arrancamos al revés”, admite. El tiempo para recibir visitas nunca llegaba. Perdieron el foco, pero ganaron algo más difícil de explicar: un vínculo íntimo con lo vivo.

Después vino 2001 y la crisis no necesitó presentación. El país se vació de certezas y la chacra dejó de ser sostén. Salieron a las plazas con lo que tenían: plumas. No había épica ahí, solo necesidad. Y fue en ese contexto que alguien hizo la pregunta: si esas plumas servían para moscas de pesca. Juan Carlos cuenta hoy, que no sabía de pesca, ni de atado, ni de ríos leídos como libros abiertos. Pero esa pregunta quedó flotando, como una astilla. Y fue el comienzo.

Hasta entonces, las plumas eran descarte. Juan Carlos empezó a investigar. Descubrió que esas plumas tenían valor en otro mundo, uno silencioso y paciente. “Como cualquiera que consume un pollo casero, lo pelábamos con agua hirviendo; era lo que habíamos aprendido. Hasta que entendí que también se podía cuerear y que ahí había otra oportunidad”.

Gallos criados para algo más que el corral: en sus plumas está la materia prima de moscas que engañan truchas en los ríos más emblemáticos de la Patagonia.

Comenzó a viajar a San Martín de los Andes. Muchas veces se movía a dedo. “Estábamos más que secos, crocantes de plata, pero siempre lograba llegar”. Iba a un fly shop que todavía existe, de la familia Zorzit. “Ellos nos acompañaron durante 25 años con este proyecto: no solo nos compraron, también nos formaron”.

Él elegía gallos por intuición, por gusto. Ellos le enseñaron la diferencia entre lo que sirve y lo que no, entre el ojo amateur y el oficio. Durante dos años vivieron solo de las plumas, gracias a esa familia, que le compraba. No hubo riqueza, pero sí algo más raro y más valioso: dignidad y aprendizaje.

Con el tiempo llegó cierta calma. Aprendieron a leer el ritmo de la economía argentina, esa marea imprevisible: cuando el dólar subía, las ventas mejoraban; cuando no, las plumas volvían a las cajas. Muchas quedaron guardadas. “Todavía tengo plumas de hace veinte años”, dice. No lo vive como acumulación, sino como espera. Todo tiene su momento.

Un proyecto que creció al ritmo de la familia: trabajo compartido, decisiones en conjunto y una historia que se transmite como un oficio, de generación en generación.

La vida siguió haciendo lo suyo. Se recibieron, volvieron a San Martín y llegaron sus hijas, una familia que creció casi sin darse cuenta, a la que también se sumaron nietos. Gabriela cambió de rumbo: se formó, se hizo docente y licenciada. Juan Carlos se metió más hondo en la pesca: cursos, eventos, fiestas de la marrón migratoria. “Hice el curso de guía de pesca y también me fui formando por mi cuenta: leyendo, participando en cursos de atado de moscas, yendo a exposiciones y a eventos. En esos espacios la gente charla, pregunta, te genera dudas o te pasa información. Todo suma”.

La gente pasa, mira, dice “qué lindo lo que hacés”, “qué linda la tintura”, pregunta de dónde es. Después quizá no sigue el contacto, pero esos dos días, o el día que sea, uno se vuelve lleno. Lleno, pero emocionalmente.

Un proyecto que creció al ritmo de la familia.

También llegaron los libros. “Por ejemplo, el de Fray Castro, un hombre que vive en Bariloche y escribió hace muchos años El pescador con mosca en la Argentina. Ese libro es fantástico: te metés ahí y es otro mundo. Te dan ganas de saber más. Después leí a Diego Flores, que es más específico. Y cuando querés acordar, sabés bastante… aunque siempre te das cuenta de todo lo que todavía falta aprender”.

Para él, la pesca con mosca no es solo técnica. Es una ética: pescar y devolver, leer el agua, respetar el reglamento, no arrasar. En Patagonia, dice, hay un privilegio silencioso: ríos que están entre los mejores del mundo. Limay, Chimehuín, nombres que se dicen despacio y son mecas de la pesca. Hoy vende plumas a todo el país, incluso a Tierra del Fuego o a Chile, donde todo cuesta un poco más. Sabe que, si quiere crecer, debe cumplir más controles sanitarios y no lo discute. “Está bien”, dice. No como concesión, sino como convicción.


Razas para las plumas


En cuanto a las razas, aclara que no se trata tanto de incorporar animales nuevos como de seleccionar. “Más que incorporar, fui eligiendo”. Las razas específicas para el atado de moscas están genéticamente mejoradas y concentradas, en su mayoría, en Estados Unidos. Son grandes corporaciones que no venden genética ni comparten reproductores.

En Argentina se puede conseguir algún gallo de reproducción en la provincia de Buenos Aires, como el Plymouth Rock, pero son animales de exposición, con otro destino. “Un gallo de esos puede valer mucha plata. No es un animal pensado para carnearlo. Una sola pluma puede valer cifras altísimas”, comenta, y menciona publicaciones con valores impensados. Pero también aclara que el rendimiento es alto: de un solo animal pueden salir entre 200 y 300 moscas. Para quien se dedica a eso, es materia prima.

No es solo técnica: es observar, respetar y devolver. Una manera de estar en el río.

Su producción, en cambio, es más sencilla. Cría gallos domésticos, los que podría tener cualquiera en su patio, pero seleccionados por color y calidad: negros, bataraces, algunos similares a los Sussex. Con las gallinas pasa algo parecido. Trabajan con Brahma, una raza de doble propósito cuya pluma recuerda a la de la perdiz. “Antes matábamos un pollo para consumo y tirábamos las plumas. Hoy las aprovechamos”.

En las ferias aparecen las preguntas incómodas. “¿Mataste todo esto?”, le dicen algunos. Juan Carlos no esquiva la respuesta. Explica, con la simpleza de quien viene de chacra, que es el mismo pollo que cualquiera come. No hay crueldad extra, ni excepción y nota la doble vara, es la misma carne que compran, pero el supermercado anestesia preguntas. Él lo sabe, lo explica y sigue.

Reconoce que la pluma en algún momento de la vida lo salvó. “Nos salvó el puchero”, dice sin metáfora. Y también la gente, como los Sorciti, a quienes llama padrinos: puertas abiertas, acompañamiento constante, un vínculo que no se corta aunque la vida siga y las cosas cambien.

«Con Tano Zorzit, nuestro mentor», escribe desde San Martín Juan Carlos.

Durante la pandemia, cuando el mundo se detuvo, las ventas explotaron. Dos años intensos, gente encerrada, atando moscas como quien arma paciencia. Renovaron la casa. Sumaron clientes de lugares impensados. El oficio volvió a demostrar que lo pequeño también sostiene. Las redes sociales nunca fueron lo suyo. Prefieren el cuerpo presente, la charla cara a cara. Ahí no fallan.

Hoy el proyecto ya no es su actividad principal. Es algo más parecido a un latido persistente. Venden en eventos, hacen contactos, envían por correo. Juan Carlos volvió a estudiar para guía de pesca. Tal vez lo ejerza cuando se jubile, tal vez no. “Un guía no va a pescar”, explica. “Facilita, lee el lugar para que el otro pueda pescar”. La frase podría servir para su propia historia.

Fly Andino sigue a paso firme, no como empresa, sino como forma de estar. Mutando, aprendiendo, aprovechando lo que otros descartan. Como el río, como la pesca, como la vida misma: sin apuro, pero sin detenerse.


Ordenadas por tamaño y color, las plumas cuentan una historia que empieza en la chacra y termina flotando en ríos patagónicos.

“No teníamos nada y llevé unas plumas para vender a la feria, pensando en esos atrapasueños. Pasó un pescador y me preguntó si eran para atar moscas. Le dije que no, pero ahí nomás me puse a investigar”. Juan Carlos Caló lo dice como si veinte años hubieran pasado mansos, sin sobresaltos. Está parado detrás de una mesa en la Fiesta de la Tucha de Junín de los Andes, en su stand de Fly Andino. A su lado, María Gabriela Schütz lo escucha con esa complicidad silenciosa que solo dan los caminos compartidos. Entre los dos vuelven a ese día en que las plumas, casi sin saberlo, atraparon un sueño.

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