Ya no veía
En abril de 1945, George Rodger, un experimentado corresponsal de guerra, llegó al campo de concentración de Bergen-Belsen, al sur de Hamburgo, en Alemania. Semanas antes había muerto allí Ana Frank, pero Rodger no lo sabía. Por aquel entonces la infortunada niña autora de un célebre diario era sólo una más de los millones de muertos anónimos víctimas del exterminio nazi y esa experiencia espeluznante recién comenzaba a hacerse el lugar indeleble que hoy tiene en la cultura mundial. Rodger, que trabaja para la revista “Life”, fue el primer periodista en entrar al campo y sus imágenes, bajo la forma de un fotorreportaje, tuvieron mucho que ver en ese proceso de construcción de la memoria occidental de la barbarie. Rodger llegó allí con la 11ª división blindada británica para hacer su trabajo, el mismo que antes lo había llevado por el Norte de África, Italia, Francia y Holanda. En su aproximación al campo de la muerte, los soldados británicos se encontraron con civiles famélicos y sucios que, con un resto de fuerza, escapaban del campo, abandonado por sus guardianes. Pero también vieron entre los bosques pilas de cadáveres insepultos, muertos de hambre, disentería y tifus. Hacía calor y los vehículos y los soldados en marcha levantaban polvo del camino. Muchos se tapaban la boca con pañuelos para evitar el hedor. Rodger pasó varias horas sacando fotografías. Registró las pilas y fosas repletas de cuerpos famélicos, a los guardianes SS caminando entre ellos como un campesino que revisa su cosecha, el trabajo de las mujeres guardianas, las barracas. Algunas de las fotos muestran los rostros desencajados de los soldados: habían visto la guerra, pero nunca nada como eso. Una de las fotografías de Rodger es especialmente irreal: un chico rubio va por el camino de tierra. Tiene pantalones cortos y un pulóver a rayas. Mira distraído la hilera de cuerpos a los costados del camino. No parece especialmente conmovido. De repente, el fotógrafo se dio cuenta de que había pasado más tiempo preocupado por lograr encuadres estéticamente atractivos de los cuerpos amontonados entre los árboles y los edificios que por registrar lo que contemplaba. Estaba horrorizado de lo que le había pasado: se dio cuenta de que ya no veía, de que sólo trataba de lograr “bellas composiciones” a partir de las pilas de cadáveres que para él “no significaban nada, igual que para los guardianes del campo”. Después de ese incidente, Rodger decidió que ya no podría trabajar más como corresponsal de guerra. Renunció a “Life” y viajó por África y Medio Oriente documentando la vida salvaje y de las comunidades locales. Muchos de sus trabajos aparecieron posteriormente en National Geographic. Fue uno de los fundadores de la Agencia Magnum, pero nunca más fotografió la guerra. No pudo. Hace mucho tiempo que las escenas de las que Rodger fue testigo pesan sobre nosotros. Las imágenes del Holocausto y de otras matanzas del siglo XX se han incorporado a nuestro repertorio simbólico y cultural. Pero, como escribió Susan Sontag en un libro brillante, “Ante el dolor de los demás”, es probable que en ese proceso nos hayamos vuelto insensibles a la capacidad de denuncia que las imágenes tienen, que es lo que las hace potencialmente revolucionarias. Tal vez hayamos ritualizado el espanto y naturalizado el horrorizarnos. Entonces, mientras más miramos menor es nuestra capacidad de indignarnos. Más cómodos estamos en nuestra convivencia con el horror y la injusticia. Ese proceso se potencia por el permanente bombardeo de imágenes de este tipo. ¿Cuánto duró la indignación frente a la terrible fotografía de Aylan Kurdi, el niño de tres años que apareció ahogado y yacente en una playa turca? Menos conocido es que junto a él también murieron su madre y un hermano, así como doce personas más. Acaso no habrían conmovido tanto como la desoladora muerte del niño capturada por la cámara. La condensación de sentidos en la fotografía inexplicable de una criatura muerta concentró las iras y las lamentaciones de todos aquellos sensibles… por un rato. Aylan fue desplazado por otras imágenes terribles: cadáveres flotando en el Mediterráneo, víctimas de los bombardeos en Medio Oriente… sobran los lugares para elegir. En una de las tiras de Mafalda, su amiga Susanita, fastidiada porque quiere salir a jugar y su amiga siempre está pendiente de las noticias y preocupada por el futuro de la humanidad, le explica cómo hace para resistir los desastres del mundo: “Lo único que podemos hacer es indignarnos y decir ‘¡qué barbaridad!’” Y remata: “Listo. Decí vos también tu ‘qué barbaridad’ así nos despreocupamos de ese asunto y podemos ir a jugar en paz”. Cuenta la viuda de Rodger que tardó 44 años en atreverse a volver a ver las imágenes que había tomado en esos días de abril de 1945. Pero verlas todos los días desde entonces no nos ha vuelto mejores. Es posible que recordar, sin las preguntas adecuadas, sólo sirva para olvidar. (*) Historiador. Director del Museo Malvinas
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Federico Lorenz – @FedeLorenzyClio