Zona de milongas
En Roca, no sólo bailes sino que también hay talleres.
Ella no debe tener más de treinta. El debe pasar los cincuenta. No son pareja. Pero en el medio de la pista bien pueden jugar a la seducción del dos por cuatro. Ella cierra los ojos y se deja llevar. Y él, la lleva.
Desde que los miércoles de tango se convirtieron en un clásico de la noche del resto bar de La Pampa 1576, de Roca, dos años atrás, ellas y ellos, que oscilan entre los veintitantos y los cincuenta largos, parecen haberse convertido en habitués de las milongas.
La ropa es lo de menos. Aquí no hay formalidades aun cuando el tango parece lo más cercano a la tradición. Ahí, en el medio de la pista conviven el chico de pelo largo con las mujeres íntegramente de negro, la moderna con el hombre de traje y corbata; las edades dispares.
Nadie apostaría por esa gente tan diversa. Pero cuando suenan los primeros compases, ellos se miran, se acercan y bailan, ajenos al ruido y al movimiento que sigue su marcha en el bar.
En cualquier caso, todos asisten a la cita como si se tratara de un viejo ritual.
Una noche especial
Afuera hace frío, y ella, que vino abrigada, se queda a un lado de la pista para ponerse a tono con la música que suena desde los parlantes. Se saca
las botas, se pone las medias especiales, esas que dejan los dedos afuera, y con sus zapatos altos, sale al medio a bailar.
Jorge Ortiz es ingeniero agrónomo, y Magdalena Rojas, profesora de matemáticas. Se conocieron por el tango, y en ese baile, jamás se separaron. Porque, lo dejan claro ellos: «No somos pareja de vida. Somos pareja de tango».
Una pareja de tango que, además, es la encargada de darle forma a estas noches temáticas desde hace dos años. Dispuestos como están a «romper el almidón» del tango, organizaron este ciclo que abre cada miércoles con una clase de tango, a las 21, sigue con un espectáculo de música, a las 22, y cierra con una milonga que la mayoría de las veces se prolonga hasta pasada las 3 de la mañana. Y ellos, los primeros fieles de esta congregación, no faltan jamás, aunque al otro día haya que levantarse para dar clases o salir a trabajar.
«A nosotros nos gusta de alma el tango. Y nos gusta sobre todo lo danza. Pero queríamos difundirlo de una manera diferente. Queríamos que fuera abierto, que todos puedan participar, que tuvieran acceso», dice Ortiz.
Y habrá que decir que tuvieron éxito.
Por alejado que esté Roca de las clásicas milongas porteñas, esos encuentros con el tango parecen haberse instalado en el corazón del Valle.
A las reuniones que se realizan los miércoles en La Pampa 1576, hay que sumarle dos propuestas más. Los jueves, a las 21, hay clases de tango en el restó bar de México 652, y los domingos, hay milongas en el bar de la calle Mitre y Don Bosco. Además, los sábados, a las 18, se dictan clases en el instituto de Avenida Roca 1758.
En cualquiera de todos estos casos, no hay límites de edad ni hace faltar saber lo más mínimo sobre esta danza .
Pero está claro que la hora de salir a l centro de la pista, la noche del encuentro, ninguno es un improvisado. O todos son buenos alumnos, o tienen una larga y estrecha relación con el tango.
De las diez parejas que hay en la pista, quizás algunas luzcan más atentas a los pasos que a la música, y otras más perdidas en el ritmo que en el dibujo que van dejando en el piso. Pero ninguna parece ajena a ese mundo. No importa que ella tenga apenas treinta o el pase los cincuenta. No importa que no sean pareja de vida. Para el tango hacen falta dos, y allí en la pista, ellos son dos.
VERONICA BONACCHI
vbonacchi@rionegro.com.ar
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