Conversaciones con el psiquiatra I

12 oct 2017 - 00:00
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Conocí hace un par de años al doctor Gabriel Brenner y al día de hoy sigo escuchándolo en mi cabeza. “Brenner me diría ahora tal cosa”, me digo. “Brenner me explicaría esto de tal manera”. Eso es lo que sucede con la gente que toca nuestras vidas, dejan en uno una voz, un modo de entender lo que nos pasa. Por eso esta conversación con él me parece tan rica e importante, porque ofrece un punto de vista diferente y respuestas que nos sirven como punto de partida, para conocer y actuar.

Gabriel Brenner es médico especializado en Psiquiatría y psicoterapeuta con base en neurociencias, también especialista en hábitos y coaching en productividad. Lo pueden seguir en Instagram: @thehabitdesigner.

P- ¿Cuándo llega un adolescente o sus padres a un psiquiatra? ¿Es válido consultar con un psiquiatra sin antes hacerlo con un psicólogo, por ejemplo?

R- Depende del psiquiatra. Si el profesional tiene la formación adecuada, médica y psicoterapéutica, es válido e incluso conveniente. El psiquiatra podrá ofrecer un criterio integral, discernir entre un abanico más amplio de soluciones para el problema que se presenta y recomendar aquello que mejor se ajuste a las necesidades de quien consulta.

P- En los adolescentes, por ejemplo en actos de rebeldía o agresión, ¿cómo distinguir un comportamiento típico de la edad de uno patológico?

R- Lo primero es estar atento a las conductas de riesgo: si esas conductas del adolescente comprometen su salud o integridad física o la de sus seres queridos, allí hay una señal de alarma. Segundo: impacto en el rendimiento en la vida cotidiana, es decir escuela, amigos, familia. Mi visión es que los adolescentes no tienen suficiente capacidad cognitiva para poder evaluar qué es lo mejor para ellos y la decisión final la deben tener los adultos, contemplando la información que aporta el adolescente. Por ejemplo un adolescente que consume marihuana de forma casi diaria, y por hacerlo obstaculiza el estudio, abandona la actividad física y pelea frecuentemente con sus padres, eso es una señal de alarma.

P- ¿Cuál es el aporte de las neurociencias y de la psiquiatría moderna a la problemática del adolescente?

R- La neurociencia es el estudio del sistema nervioso central (uno de los tantos órganos del cuerpo). La neurociencia cognitiva estudia el funcionamiento del cerebro en relación al comportamiento: acciones motoras, emociones y pensamientos. El aporte clave de la neurociencia es comprender cómo funciona el cerebro de un adolescente saludable, cuál es desarrollo evolutivo esperable y cuáles son las alteraciones que pueden producir problemas de conducta.

Una de las grandes revoluciones que ofrecen estos conocimientos es cambiar los “juicios” por las descripciones. Por ejemplo, frente a un adolescente que pelea, que levanta el tono de voz, que toma decisiones peligrosas, ahora podemos evaluar que estas reacciones son producto de una limitación en su cerebro y no porque “quiere”, no lo está haciendo a propósito. Esto nos permite entonces saber qué es esperable que haga por sí mismo y en qué lo tenemos que ayudar.

P- En general se dice que el adolescente está sufriendo como explicación a ciertos comportamientos comunes: el mal humor, el descontrol, la necesidad de probar alcohol o drogas, etc. ¿Podría esto no ser sufrimiento psíquico sino tener que ver con el desarrollo neurológico?

R- Mi visión, que se llama modelo convergente, es que el comportamiento típico adolescente se debe a una combinación entre el desarrollo corporal (no sólo el neurológico) y el esquema social en el que está inmerso. Los seres humanos estamos diseñados naturalmente para estar ocupados resolviendo problemas y desafíos. Los adolescentes, en su transición, poseen una enorme energía que les permitirá entrenarse para esas mismas tareas, que asumirán en su adultez. En ese sentido necesitan una estructura, rutina o rituales que los guíen para empujarlos a los hábitos positivos. En nuestro modelo social, por ejemplo, pasan muchas horas obligados a estar sentados en un colegio (cero desgaste físico) y tienen excesiva cantidad de opciones de actividades fuera del horario escolar, que no están preparados para afrontar. Entonces los más inquietos, impulsivos, van a ser los más desafiantes, arriesgados y problemáticos.

Aquí es cuando la gente se pregunta: ¿entonces estamos tratando como enfermedad a algo que no lo es? La respuesta es no. Una gran proporción de lo que se considera enfermedad va a depender del paradigma o cosmovisión dominante. En este contexto, esas conductas problemáticas las consideramos un trastorno que afecta severamente la calidad de vida del adolescente (que no lo sabe) y la de sus seres queridos.

Continuará...

Los adolescentes no tienen suficiente capacidad cognitiva para evaluar qué es lo mejor para ellos y la decisión final la tienen los adultos, evaluando la información que aportan.

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