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Ahí anda Oscar con su ambo verde, al rayo del sol y en un patio del hospital de Roca.

Acaba de asistir a una madre primeriza en un parto que vino fácil. Ahora su trabajo es por otras vidas más complicadas, las de los dos pinos que trasplantó hace un año y no quiere que se le sequen.

El 1 de febrero próximo va a cumplir 45 años como enfermero del “López Lima” y desde hace 35 trabaja en la sala de Tocoginecología que hoy lleva su nombre: Oscar Carmelo Hernández. Ese fue el resultado de una encuesta que realizó el servicio de enfermería y se hizo entre las pacientes y madres cuando buscaron darle un nombre al lugar. Una buena forma de devolverle el cariño y contención que recibieron en un momento muy significativo de sus vidas.

Oscar tiene mucha energía y no para nunca. Habla con todas las internadas, conoce cada puerta o ventana que se traban y los recovecos de las distintas alas de un edificio anárquico, al que parecen crecerle brazos en distintas direcciones.

Con 64 años de edad y pocas canas, el hombre tiene la jubilación a la vuelta de la esquina pero no la considera una carga. Se siente útil y vital resolviendo problemas de los demás. Y nunca lo hace desde una actitud de desborde, sobrepasado.

“Siempre les digo a los médicos que quien se viene a atender acá no vive a la vuelta de la esquina”, explica. “Esa mujer que ves ahí en una cama dejó a los hijos encerrados en la casa para encontrar una solución a su problema, y vos se lo tenés que resolver rápido”, añade.

Considera que no siempre la solución pasa por un medicamento porque

“la gente busca y necesita que la escuchen, hablar con alguien. Creen que su problema es muy grande y vos les ayudás a que vean que hay una solución”.

El enfermero que quiere sembrar un bosque

Suena su celular. El enfermero sale disparado hacia otro sector. En la sala en que le cuenta su historia a “Río Negro” queda el eco de su voz grave y pausada.

La vida de Oscar no fue fácil. Perdió a su padre a los 2 años, su mamá era joven y se fue a vivir con sus abuelos, que también murieron al poco tiempo.

Recuerda con crudeza que en el velorio “yo escuchaba cómo decidían quién se iba a quedar conmigo”. Y le tocó un tío del campo, en La Pampa. Allí aprendió a andar a caballo y criar animales, hasta que al cumplir 12 años volvió con su madre y hermanos a Roca.

Jugó al fútbol de puntero derecho en Argentinos del Norte, trabajó de panadero, llegó hasta segundo en la secundaria y a los 17 años, su mamá, Erminda Muñoz -una de las primeras empleadas del López Lima- lo anotó en la escuela de enfermería.

Una vez que Oscar ingresó a trabajar al hospital y observó “cómo querían y respetaban a mi vieja” cuenta que incorporó la siguiente norma de vida: “acá hay que hacer conducta”.

Desde 1971 se viene desempeñando como enfermero en distintos servicios del hospital, guardia central, cirugía, clínica de hombres y hoy en Tocoginecología.

Pero además de atender y asistir pacientes, Oscar fue un fervoroso dirigente gremial “de la anterior UPCN” -aclara- “no de la de ahora”.

El hombre de ambo verde también arregla y aporta soluciones a otras áreas. Ideó y consiguió un cuerpo de vigilancia para el edificio, el bicicletero, armó el jardín verde en un patio que erapura tierra seca y reparó y pintó el mástil con ayuda del municipio.

Explica que la plata no lo desvive, que si un empleado público empieza a hacerse rico hay que investigarlo y que su fortaleza como enfermero se nutre cuando pasea o trota con su mujer o en algún partido de veteranos. Pero no siempre su desconexión es plena: “el problema es que en el fútbol, si se lastima alguien, paran el juego y se me vienen encima. El otro día me tocó acomodarle el hombro a un amigo”.


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