Vivir al límite: corren, nadan, pedalean y no hay dolor ni cansancio que los pare

Federico Bianchini se confirma como uno de los mejores exponentes del periodismo narrativo con su libro “Desafiar al cuerpo”, donde recupera vidas y experiencias de hombres y mujeres que van más allá, que no los frena jamás el dolor ni el cansancio. ¿Cómo hacen? ¿Qué tienen en la cabeza?



“DESAFIAR AL CUERPO”

Horacio Lara hlara@rionegro.com,.ar

¿Qué lleva a la roquense Laly Ulehla a traspasar tantos límites en su intento de hacer cumbre en el Everest? El año pasado una avalancha le impidió terminar su sueño; este año, el terremoto devastador en Nepal la aisló en el norte del Everest, esperando ahora que la rescaten.

¿Qué lleva a otro roquense, Alfredo Aguirre -que hoy ronda los 70 y que vive en La Angostura- a correr seis horas seguidas, creyendo que así alarga su vida? A los 38, Alfredo fumaba cuatro paquetes de cigarrillos diarios, era sedentario total y trabajaba entre 14 y 18 horas diarias.

¿Qué lleva a Pablo García a agarrar una bicicleta y pedalear, pedalear y pedalear. En los últimos años recorrió unos 90.000 kilómetros en 70 países. Aprendió a tirar con arco y flecha en Tanzania, soportó los 40° del desierto de Dakanil en Etiopía y probó una mezcla de leche y sangre de vaca en Kenia, entre otras experiencias. Queda claro, entonces, que su cambio de vida no solo se registra en el tamaño de sus gemelos sino también en la forma de pensar.

¿Qué lleva a Daniel Feraud, de 60 años, nueve stents, varios infartos y once operaciones de corazón, a esquiar 15 kilómetros, correr 22, hacer 10 en kayak y 40 en mountain bike en 6 horas, 32´ en Chapelco?

El periodista Federico Bianchini bucea respuestas en un libro que transmite tanta adrenalina como que producen sus entrevistados en “Desafiar al cuerpo. Del dolor a la gloria. El deporte llevado al extremo”, de la editorial Aguilar. Lo presentó este último martes en la Feria del Libro provocando tanto interés y vértigo como lo causa su lectura.

Bianchini (1982) abreva en el periodismo narrativo para encarar las historias de un grupo de personas que abandonan el sentido común para vivir al borde del límite. De hecho, dos exponentes de este género, Cristian Alarcón y Leila Guerriero, tuvieron que ver con esta obra fascinante. Es así como Bianchini no habla de proezas, tan lejanas a la mayoría del resto de los mortales, sino del dolor, de la muerte, de la resistencia, de sobreponerse y de entregarse. “El cuerpo del hombre del siglo XXI que hoy llevamos es un cuerpo de cazador, como el que tuvieron nuestros antepasados más remotos”, afirma Alarcón en el prólogo. Es así que pese a todos los adelantos tecnológicos, nuestros cuerpos siguen queriendo aún hoy una sola cosa: ganar, imponerse, sentir el poder de la fuerza física por sobre el mundo y sus leyes naturales.

Alarcón resalta que Bianchini, para este trabajo editorial, escuchó, preguntó hasta el hartazgo, indagó con cabeza de antropólogo en los huesos y nervios de esos cuerpos frágiles ya fortalecidos para que después hablen ante nosotros. Y cuando nosotros, con el libro en nuestras manos, empezamos a escuchar a estas criaturas extremas sentimos que sus voces “son musicales y desgarradoras; impiadosas y ciertas”.

Todas las entrevistas reunidas en este libro fueron publicadas en la revista Brando, tiempo atrás. Como la de Cristian Gorbea, que estuvo 42 horas colgado en una cornisa. Se desbarrancó durante una carrera de aventura y terminó atrapado en una roca de dos metros con un precipicio a sus pies y cóndores revoloteándolo.

Así se escucha a Cristian a través de la escritura de Bianchini:

“La muerte se esconde ahí nomás. En un lugar oscuro, difuso, pero cercano: vaya uno a saber dónde. El 13 de septiembre de 2010, estuve a un tris de irme. Siempre estamos a un tris de irnos. Hay que conocer la diferencia y aprovecharla.

Cuanto más jóvenes somos, más inmortales nos creemos. Con el paso de los años, con la muerte de familiares y de amigos, uno se va dando cuenta de que esto, la vida, es así mientras dura.

Pero todo estaba oscuro, no había Luna ni ganas de teorizar. Estaba yo, trabado contra un arbusto, mientras pensaba: quedate quieto, esto es peligroso. Esperá que amanezca, que se vea el camino. No te muevas. Dejá que la noche pase, dejá que la evapore el sol.

Con mucho cuidado saqué la mochila, la puse a un costado y busqué la manta de papel aluminio. Me tapé y cerré los ojos. Hacía frío. Miré el reloj. Eran las dos y cuarto de la madrugada. Sólo oía el ruido del viento, de una pequeña caída de agua, de mis dientes chocando entre sí. Tomé varios sorbos de la cantimplora y traté de dormir. Al rato, volví a mirar el reloj. Habían pasado dos minutos.

***

Después de correr once horas de una carrera de ochenta kilómetros en el cerrro cordobés El Champaquí, el gerente de Recursos Humanos del Banco Hipotecario, Cristian Gorbea, se dio cuenta de que había perdido el camino. Siguió trotando. Empezó a bajar, pastizales, pendiente, pero su objetivo era hacer una buena carrera. Estar en el percentil diez. De trescientos, entre los treinta primeros. Venía treinta y dos. Un carrerón. No quería perder posiciones.

La linterna que llevaba sobre la cabeza alumbraba lo suficiente como para saber que por ahí no podría retomar el sendero. Pero vio, delante de él, más abajo, las luces de otros corredores y pensó en agarrar un atajo. Entró en un bosque de tabaquillos. Mientras tomaba agua de un arroyo, se dio cuenta de que se había perdido. El tiempo corría. Los competidores que iban detrás de él, también. No iba a estar entre los treinta primeros. Siguió bajando, trotaba despacio. No veía nada. Pensó: Dios, cambio el podio por salir vivo de este lugar. Y el piso, bajo sus pies, pareció desaparecer.

***

Cuando amaneció, descubrí dónde había caído: una cornisa de roca, entre matorrales, de medio metro de ancho por dos de largo. Tuve dos sentimientos contradictorios. Me asomé al vacío. Ciento cincuenta metros de precipicio. Pánico. Si me caía centímetros a la derecha, milímetros a la izquierda, ahora, estaría muerto. Alegría eufórica. Por haberme enganchado en este tabaquillo. Por estar vivo.

Me duró un rato. ¿Cuánto?”.

Este relato sigue en el libro. ¿No dan ganas de seguir sabiendo qué le pasó a Gorbea?

Cómo se prepara mentalmente un deportista de alta competencia es la inquietud permanente de Bianchini al conocer a sus entrevistados. Pero va muchísimo más allá de las rutinas en un gimnasio. Lo fascinante de este trabajo, me parece a mí, es que bucea en la mente y la imaginación del deportista mientras corre, nada, pedalea y rema durante horas y horas. En este punto, lo que cuenta María Inés Mato, una nadadora que fue capaz de cruzar el Canal de la Mancha; sumergirse veinte minutos en la Antártida, recorrer zonas del Báltico, el canal de Beagle y Malvinas, es maravilloso.

“Mientras nada, María Inés piensa, imagina, elabora, crea diálogos y personajes que la ayudan a transformar la experiencia en algo más interesante que un simple hecho físico. Cuando se entrena, mientras va y vuelve, juega un ejercicio mental, borra las piletas. Le pone color al agua, la hace turbia, amarronada, agrega camalotes, no está más en la pileta: nada el río Paraná. Imagina barcos de draga que la acompañan, le abren un camino y hacen que el agua clorada viva, tenga una leve corriente que la impulsa y oxigena”, escribe Bianchini. ¿No es genial?

Ahí, creo, que radica otra de las claves para que este libro nos imantice. Corramos o no, corramos poco o mucho, los entrevistados revelan el concepto oriental de la no mente. Muchas veces en nuestras rutinas diarias, no pensar en el pasado, no pensar en el futuro, sólo en el ahora, es más que necesario y vital. Me recuerda ésto a la profesora de tai chi Diana Abaca, de Roca, que en una de sus clases decía: “Estemos de pie sobre la colchoneta. Empecemos a balancearnos con los pies bien agarrados al piso. Seamos como un junco, fuerte y bien flexible. Dejemos que la tempestad o la suave brisa nos mueva todo lo que quiera pero caernos, nunca”.

“Si pensar en ganar, automáticamente contemplás la posibilidad de perder. Y empieza la lucha interna. En cambio si te focalizás en el juego, el ganar y el perder quedan allá lejos. El resultado se transforma en una consecuencia directa de lo que estás haciendo”, se escucha en una parte del libro. Acaso ésto ¿no va más allá de la práctica de un deporte? ¿No vale para todo?

“Yo no puedo nadar durante ocho horas y media, no puedo correr noventa kilómetros en una montaña, ni subir al Everest: tengo que conformarme con hacer preguntas y, luego, escribir intentando acercarme a las sensaciones de cada uno de esos personajes. Haroldo Conti decía que la literatura es una sustitución de la aventura”, dijo Bianchini en una entrevista que brindó a Télam. “Creo que en ‘Desafiar el cuerpo’ la crónica cumple un poco ese papel. Es por eso que muchas de las historias están relatadas en primera persona. Después de varias entrevistas exhaustivas intenté armar, con la voz de los personajes, un relato que con tensión narrativa describiera esas horas de adrenalina”, agregó.

La pregunta inicial sobre por qué la roquense Laly Ulehla anda por estos días en “el techo del mundo” no figura en el libro de Bianchini pero fue la inquietud inicial que me llevó a devorar en pocas horas “Desafiar al cuerpo”. Será por eso que uno no corre tanto, no nada tanto, no pedalea tanto... como estos adictos al deporte. Adictos a la vida, en definitiva.

Para terminar, otra perla de este libro. El testimonio del roquense Alfredo “Clavo” Aguirre, quien a sus 70 admite que “lo que a mí más me gusta, en realidad, son las carreras de aventura, los desafíos largos, duros, donde aplicás más la cabeza que el físico. Cuando corren 30, 40, 50 o 100 tipos son todos buenos. Pero cuando se anotan 400, hay muchos que están pensando en otra cosa. Yo no. Tengo resistencia, fuerza mental. Siempre que me pasó algo malo dije: sí no era esto iba a ser algo peor”.

¿Cómo es que este hombre que era híper sedentario se transformó en este hombre-deportista versión siglo XXI? Aguirre recuerda que un domingo a la mañana, décadas atrás en Roca, después de una borrachera salió a correr “para sacarme un poco la culpa” y la resaca. “Digamos que caminaba rápido”, aclara, no corría. Y de pronto, en el recorrido se cruzó con un joven que pasó como una tromba cerca suyo. Lo vio perderse, bien allá adelante. Al rato se lo encontró elongando.

- Volvamos juntos, me dijo.

- Mejor volvé solo.

- No, no. Dele.

- No, yo voy caminando un poco, así descanso.

- No, insistió. Deje que yo le explique.

Era un maratonista chileno que andaba por el Alto Valle buscando trabajo. “Me preguntó dónde vivía y todos los días de esa semana, a las siete de la mañana, me vino a buscar a la puerta de casa para que fuéramos a correr”. Así, una semana. El lunes siguiente no apareció más. “Nunca más lo vi. Pero me empecé a entrenar”.

Quienes lo conocen a “Clavo” bien pueden creerle cuando dice que “la vida no es para los conformistas y uno siempre está pensando en cómo cuernos conseguir algo más”. Para acotar: “Estoy bien. Correr es alejar a la muerte. No podemos vencerla, en definitiva va a ganar, pero tratamos de que nos alcance lo más tarde posible”.

hlara@rionegro.com.ar

Otro caso: la deportista Susana Seifert, de Roca. Recordá la nota.


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