9 de cada 10 clientes del sex shop son mujeres
Pedidos, productos, preferencias: todo lo que una pareja aprendió sobre las diferencias entre damas y caballeros cuando entran a su comercio en Roca. Una mirada sobre tabúes, miedos y experiencias swinger patagónicas.
COMPORTAMIENTOS
Al hombre le cuesta entrar, casi que pide desde la puerta o da vueltas a la manzana en el auto antes de decidirse, no quiere testigos. La mujer se toma su tiempo, sabe qué busca, pregunta si tiene dudas. El hombre dice dame ese rápido, aunque no sepa bien qué es. Se pierde, no sabe lo que hay, lo mejor es armarle un combo. La mujer mira, toca, olfatea. Y piensa en el marido cuando compra encajes, lubricantes, velas para masajes o el disfraz de la enfermera. Piensa de a dos. Al hombre le cuesta eso.
La mujer llega porque intenta alimentar la relación día a día. El hombre, cuando está desesperado y quiere salvar su matrimonio. La mujer tiene la cabeza más abierta para asomarse a nuevas experiencias. Al hombre le cuesta imaginarlas con lo que tiene en casa. Y cuando escucha hablar de intercambio de parejas, huye. No es todo lo que aprendieron Agustín Villanova y Karen en estos cuatro años al frente de su comercio cercano al centro de Roca, pero es una parte importante.
Javier Avena
javena@rionegro.com.ar

Ellas primero
-Es así: ellas están varios pasos adelante de nosotros. Por algo 9 de cada 10 personas que entran son mujeres -dice él. Es transportista y su mujer instrumentista quirúrgica en el hospital. Llevan 15 años juntos y tienen un hobby en común: el sex shop K-aricias, que los mantiene ocupados con su delivery las 24 horas y los turnos con los que atienden en soledad a los clientes. Agustín, estatura mediana, rubio, ojos claros, 45 años, pantalón y camisa de jean en esta radiante mañana de principios de marzo. Ella, de 36 años, es algo más baja y morena, pelo largo ondulado, marca curvas con mini y escote, subida a tacos rojos que maneja con la misma soltura con la que habla de sexo.
-A ella siempre le gustó vestirse así, sexy. Y a veces alguno se confunde -comenta él. La idea de evitar las confusiones aparecerá una y otra vez en la conversación. Por ejemplo, cuando relata que en el grupo con el que sale a trotar por las bardas a la hora de los apodos le tocó fiestero. Se ríe cuando lo cuenta.
La charla transcurre en la planta alta que construyeron en la casa en la que viven con sus tres hijos, que les ayudan a acomodar los juguetes sexuales por el color o el tamaño. Se divierten con eso. Y con las trans que pasan por el local. Varias son amigas de la familia, como las dos que fueron de vacaciones a Las Grutas con ellos. Los chicos les dicen tías.
-Para ellos es algo natural, no hay misterio en lo que hacemos -dice ella.
-Acá no hay nada oculto, ni raro, ni prohibido. No hay videos porno ni nada que se le parezca. Es un lugar donde ayudamos a las parejas a que resurja la creatividad que tienen tapada -dice él.
Para llegar al sex shop hay que subir por una escalera de hierro que linda con el jardín del vecino, que explota de verde después de la lluvia de ayer. Adentro, en la antesala, hay un botiquín a manera de exhibidor de los productos que venden y debajo un caño del que cuelgan las perchas con tangas, bodies, boxers con manos estampadas y slips con tiras diseñados por una pareja gay, medias de red, chalecos, portaligas y corsets de talles especiales y para barbies.
-Hay una gran variedad. Pareciera que si decís sex shop decís vibrador, pero hay mucho como para arrancar que el hombre no sienta como una competencia para agregar una chispita a la relación. Hay estimuladores, anillos, cremas, aceites… Y si hablamos de vibradores, juguetes con tracción a distancia, sumergibles y con varias velocidades. Las posibilidades son infinitas – explica Karen.

Encuentros
Atrás hay una luminosa sala con sillones y almohadones donde se hacen las reuniones de tupper sex, despedidas de soltera y de información sobre actividades swinger, la palabra inglesa que define al intercambio de parejas. En su página en Facebook tienen un área específica para el rubro, que explota de mensajes cada vez que publican algo. Y cuando filtran la búsqueda advierten que la ciudad patagónica con mayor actividad swinger es Bariloche, aunque señalan que los encuentros son crecientes en el Alto Valle.
Mientras sueñan con vivir en un lugar con tanta apertura mental como las capitales europeas, Buenos Aires o Córdoba, muestran sus propias diferencias cuando cuentan qué provocan los perfumes con feromonas. “Mariposas en la panza”, dice ella. “Sería como cuando una perra está alzada”, describe él.
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El Alto Valle y la movida swinger
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