Reflejo condicionado

Por estar los aliancistas entre los pioneros de la protesta para subir el rating propio, el gobierno de De la Rúa ha hecho su aporte a la situación imperante.

Redacción

Por Redacción

Los investigadores saben desde hace mucho que una rata acostumbrada a oír una campana antes de recibir comida salivará toda vez que una suene aunque su plato esté vacío. Del mismo modo, los habituados a conseguir resultados con medidas determinadas continuarán repitiéndolas, aun cuando sea evidente que ya no sirven para nada, si se dan dirigentes que, por sus propios motivos, están dispuestos a estimularlos. Desafortunadamente, en la Argentina, tales dirigentes abundan. Puede que algunos, ¿cuáles?, realmente crean que el destino del pueblo argentino sería más promisorio si se alzara en rebelión contra el mundo moderno en lugar de tratar de adaptarse a él, pero hay muchos más que entienden muy bien que lo único que lograrán será empobrecer a todos, salvo a los felices integrantes de una elite a la cual muchos de ellos pertenecen, pero que mientras tanto podrán seguir aprovechando la confusión para adquirir más poder.

Como es sabido, aquellos «cacerolazos» y «apagones» vecinales que organizaron los aliancistas durante la gestión del presidente Carlos Menem no modificaron un ápice la política económica oficial, pero a su manera ayudaron a difundir la impresión de que los dirigentes opositores eran personas combativas, de firmes principios éticos, que lideraban la resistencia contra un «modelo» según ellos inapropiado para el país. Así las cosas, es justo que a su vez los mismos políticos se hayan visto obligados a hacer frente a una campaña virtualmente idéntica encabezada por el camionero Hugo Moyano: justo, pero también deprimente, porque significa que el tiempo ha transcurrido en vano y que hay muchos que no han aprendido nada ni de la propia experiencia ni de la ajena.

Una pregunta que todo dirigente honesto tiene que plantearse es: ¿qué ocurrirá si tengo éxito? Pues bien: ¿cuáles serían las consecuencias si Moyano y los suyos lograran imponer sus tesis y el gobierno dejara de intentar reducir el gasto público a un nivel soportable, expulsara a los representantes del FMI, se negara a honrar la deuda externa y anunciara su propósito de construir un «modelo» que mereciera la plena aprobación de los camioneros y de sus aliados eclesiásticos? A lo mejor, se viviría una semana de euforia seguida por un colapso caótico, pero lo más probable sería que un desbarajuste descomunal comenzara en seguida y que millones que hasta ahora han podido mantenerse a flote se hundieran, convirtiéndose en indigentes, desastre que, huelga decirlo, los artífices atribuirían a los «neoliberales». ¿Es lo que quiere Moyano? Es bien posible que sí, pero sorprendería que todos sus simpatizantes compartieran su voluntad suicida.

Por estar los aliancistas entre los pioneros de la protesta no exactamente por la protesta misma sino como una forma de hacer subir el rating propio, el gobierno del presidente Fernando de la Rúa ha hecho su aporte a la situación imperante. Ahora, la Alianza o, cuando menos, aquellas partes de la Alianza que sienten interés por que la Argentina prospere en el mundo del siglo XXI, tiene una oportunidad para reducir las perjuicios ocasionados por el apego preelectoral de muchos jefes a las anacrónicas tradiciones nacionales en la materia, sincerándose e impulsando con entusiasmo auténtico su propio programa económico, el cual debería basarse en la necesidad perentoria de acelerar la modernización del país, tarea que requeriría no sólo un esfuerzo final para alcanzar el equilibrio fiscal sino también una reforma drástica del Estado, la eliminación de leyes sindicales fascistas heredadas de Benito Mussolini y una contraofensiva vigorosa contra la prédica derrotista y desmoralizadora de la corporación eclesiástica. Ultimamente, De la Rúa y el vicepresidente Carlos «Chacho» Alvarez han dado algunos pasos tímidos en este sentido, pero, lo mismo que tantos otros miembros de la cúpula aliancista, ambos siguen comportándose con tibieza excesiva para un país que necesita contar con una conducción enérgica que en lugar de pedir perdón por todo cuanto hace actúe con la confianza propia de quienes saben muy bien lo que se han propuesto y que están resueltos a lograrlo.


Los investigadores saben desde hace mucho que una rata acostumbrada a oír una campana antes de recibir comida salivará toda vez que una suene aunque su plato esté vacío. Del mismo modo, los habituados a conseguir resultados con medidas determinadas continuarán repitiéndolas, aun cuando sea evidente que ya no sirven para nada, si se dan dirigentes que, por sus propios motivos, están dispuestos a estimularlos. Desafortunadamente, en la Argentina, tales dirigentes abundan. Puede que algunos, ¿cuáles?, realmente crean que el destino del pueblo argentino sería más promisorio si se alzara en rebelión contra el mundo moderno en lugar de tratar de adaptarse a él, pero hay muchos más que entienden muy bien que lo único que lograrán será empobrecer a todos, salvo a los felices integrantes de una elite a la cual muchos de ellos pertenecen, pero que mientras tanto podrán seguir aprovechando la confusión para adquirir más poder.

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