Un año en la vida
A veces, en los trabajos y en la vida, aparecen analogías que nos hacen pensar en la conveniencia de combinar acciones o tendencias para conseguir resultados. Mejores resultados, muchas veces.
Me refiero, concretamente, en pensar en el Servicio Militar. En lo que ha significado en la vida de cada uno, si es que fue realizado, hasta que bruscamente terminó con el desgraciado caso Carrasco. Una falta de todo tipo de consideración y cuidado por un ser humano (una de las conocidas, por lo menos) que generó una muerte y un cambio.
A partir de ese evento, la sociedad toda se puso a pensar en que esa muerte se había generado por un sistema en el que la falta de respeto por el otro (o por un subordinado, en el caso militar) era motivo suficiente para dar órdenes, decidir acciones y bajar la escala humana a la orden de un superior. Superior que, muchas veces, seguramente había pasado por las mismas vejaciones porque estas, siempre, formaron parte del sistema. Enseñar dónde poner una bala muchas veces fue la única enseñanza de este asunto.
¿A qué voy con esto? El trámite de la milicia era de un año y, en algunos casos, según el arma del sorteo, dos.
El trabajo de las comunidades terapéuticas lleva, más o menos, tiempos similares.
Si tomamos el sentido del Servicio Militar (aprender a manejar la guerra) y hacemos la analogía con las comunidades (producir un cambio positivo en el pensamiento como rehabilitación) y los ponemos en el mismo papel transparente, podríamos ver que una de las cosas presentadas una sobre otra no coinciden.
Imaginemos una sociedad en la que, por ley o por cultura, el tiempo de los 18 años de todo joven sea, y con una cierta obligación, un tiempo de evaluar vida transcurrida y pensar en lo prospectivo en los mejores términos. Creo que entre el servicio militar y esto, esta imaginable sociedad, se queda con esto último.
¿Qué es estar en un programa de estos?
Yo no miento y no dejo que me mientas. Si hacés mal las cosas puedo confrontarte, porque esto que hacés mal hecho es algo que yo no permito. Te doy la posibilidad de “hacerte responsable”, puesto que el hacerte responsable implica que, por lo menos, una cierta autocrítica entró en tu pensamiento y, con el tiempo, va a generar un cambio.
Hablo de lo que me pasa, y hablando de lo que me pasa otros reconocen que muchas veces les pasa a ellos. Hablo de mi vida. Hablo de mis proyectos. Hablo.
Trabajo. Nadie que esté en programa deja de trabajar, salvo razones médicas que lo justifiquen. Entiendo que si no trabajo mi compañero deberá trabajar el doble y, si lo hago mal, también a él le da la opción de reclamarme, porque es su derecho.
Respeto. No solo porque quiero que me respeten a mí, sino porque entiendo que el respeto forma parte de la mejor relación humana posible.
Acompaño al que inicia. Acompaño al que la pasa mal. Entiendo a quien me dice que su vida fue terrible, pero en ese entender agrego una posibilidad de cambio, muchas veces porque también mi vida ha sido un desastre.
No lo pongamos en el país.
Si seguimos con la sociedad imaginaria, ¿qué pasaría con todo lo que ocurre diariamente en otras sociedades? Si cada uno de los integrantes de estas otras sociedades en lugar de aprender la guerra pudiese aprender a saber quién es, por lo menos durante un año de su vida, y entender que muchas veces en la existencia no hay que justificar todo porque es así y no de otra manera, otra sería la realidad de la sociedad.
La nuestra.
Ronaldo Alfredo Varela
Médico psiquiatra de Bariloche
A veces, en los trabajos y en la vida, aparecen analogías que nos hacen pensar en la conveniencia de combinar acciones o tendencias para conseguir resultados. Mejores resultados, muchas veces.
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