Un fósil viviente
A menos que Bashar recaiga en el conservadurismo clientelista de su padre Hafez al Assad, Siria podría comenzar a abrir su país.
Mientras que buena parte de América Latina ha llegado al umbral de la modernidad sin poder cruzarlo aún, otras regiones del planeta siguen debatiéndose en la prehistoria, como es el caso de muchas zonas del Africa subsahariana, o en el medioevo, como es el de Siria, país que a raíz de los vínculos del clan Menem con sus líderes ha establecido una relación muy particular con el nuestro. Por eso, no es imposible que la muerte del dictador vitalicio Hafez al-Assad, un individuo tan despiadado como astuto que gobernó a Siria como un sátrapa caribeño durante más de treinta años, «legitimando» su poder mediante «elecciones» en las cuales solían conseguir más del 99,8% de los votos, tenga algunas significantes repercusiones aquí. Por cierto, de resultar ser algo más que una maniobra política maquiavélica destinada a eliminar a adversarios en potencia, la campaña contra la corrupción que ha emprendido el oftalmólogo y, con toda probabilidad, próximo presidente Bashar al-Assad, el heredero de la corona republicana siria, las investigaciones resultantes podrían producir más información sobre los atentados sanguinarios contra la embajada de Israel y la sede de la AMIA. Aunque este diario reveló con detalles nunca desmentidos la importancia de la «conexión siria» con relación a aquellos crímenes atroces, pocos han querido enterarse de más por miedo a lo que podrían descubrir: puesto que están en juego «razones de Estado», la verdad y la justicia son lo de menos.
De todos modos, la reacción de amplios sectores de la población de Siria frente al fallecimiento de su «tata» -y es de suponer que las manifestaciones callejeras de dolor popular que se han celebrado desde que la noticia se difundió han sido sinceras – y la forma tragicómica de asegurar la sucesión de Bashar, con un simulacro de parlamento modificando cláusulas constitucionales a diestra y siniestra a fin de despejar el camino del hijo del dictador hacia el palacio presidencial, confirmó, si todavía fuera necesario hacerlo, que aparte de ciertas instituciones simbólicas Siria tiene muy poco en común con cualquier democracia occidental: en efecto, comparada con la siria, las versiones de Perú, Paraguay, Venezuela, Ecuador y otros países latinoamericanos son dechados de transparencia y de respeto por la ley. Con todo, Bashar, un hombre relativamente joven que se formó en Londres, parece resuelto a intentar impulsar la modernización permitiendo a los sirios comunes poseer adminículos subversivos como teléfonos celulares. A menos que recaiga en el conservadurismo clientelista cerrado de su padre, pues, Siria podría comenzar a «abrirse», lo cual daría una oportunidad a una nueva generación de dirigentes, un tanto menos anacrónicos que los actuales, para avanzar hacia el poder.
Es de esperar que ello ocurra. El primitivismo político que se da en Siria y sus vecinos es asfixiante, privando a decenas de millones de personas de la posibilidad de disfrutar de libertades que en otras latitudes son consideradas inalienables. Además, como hemos tenido ocasión de aprender, la existencia de países de cultura política arcaica, sistemáticamente corruptos, violentos, caudillistas y autoritarios en los que el asesinato de enemigos, para no hablar de rivales, es tomado por un trámite perfectamente normal, puede plantear graves peligros a otras sociedades porque, desafortunadamente, en todas partes hay individuos que no vacilarían en aprovechar las ventajas que pueden brindarles las tiranías más feroces. También hay que esperar que la muerte de Hafez, un caudillo que se sintió personalmente agraviado por la superioridad militar de Israel y que por eso se resistió a permitir cualquier arreglo de paz, sirva para desbloquear las negociaciones o, si se prefiere, diálogo de sordos entre Damasco y Jerusalén para que, por fin, los habitantes de la región puedan concentrarse en temas menos destructivos que el estado de guerra o semiguerra con Israel que tantos perjuicios ha causado no sólo en el Medio Oriente sino también, debido al terrorismo, en el mundo entero y especialmente en la Argentina.
Mientras que buena parte de América Latina ha llegado al umbral de la modernidad sin poder cruzarlo aún, otras regiones del planeta siguen debatiéndose en la prehistoria, como es el caso de muchas zonas del Africa subsahariana, o en el medioevo, como es el de Siria, país que a raíz de los vínculos del clan Menem con sus líderes ha establecido una relación muy particular con el nuestro. Por eso, no es imposible que la muerte del dictador vitalicio Hafez al-Assad, un individuo tan despiadado como astuto que gobernó a Siria como un sátrapa caribeño durante más de treinta años, "legitimando" su poder mediante "elecciones" en las cuales solían conseguir más del 99,8% de los votos, tenga algunas significantes repercusiones aquí. Por cierto, de resultar ser algo más que una maniobra política maquiavélica destinada a eliminar a adversarios en potencia, la campaña contra la corrupción que ha emprendido el oftalmólogo y, con toda probabilidad, próximo presidente Bashar al-Assad, el heredero de la corona republicana siria, las investigaciones resultantes podrían producir más información sobre los atentados sanguinarios contra la embajada de Israel y la sede de la AMIA. Aunque este diario reveló con detalles nunca desmentidos la importancia de la "conexión siria" con relación a aquellos crímenes atroces, pocos han querido enterarse de más por miedo a lo que podrían descubrir: puesto que están en juego "razones de Estado", la verdad y la justicia son lo de menos.
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