Plantines desde Allen para toda la región

La mayor producción de plantines hortícolas de la zona abastece a productores de todo el Alto Valle, Valle Medio y parte de Neuquén. El ingeniero agrónomo Ernesto Wolfschmidt, dueño del Vivero VFW, explica algunas cuestiones relativas al proceso de elaboración.

Ernesto Wolfschmidt tiene 67 años. Vive en Allen desde que nació, y allí llegó a formar una familia junto a Susana Michetti y sus hijos Andrés y Katia. Con orgullo muestra lo que logró tras años de trabajo, sacrificio y pasión. Carga sobre su espalda cuatro décadas de experiencia en el rubro de la producción de plantines e invernaderos. Desde que se recibió, allá por el ´77, fue un pionero en el tema para nuestra zona. Sucede que, en aquellos tiempos, los productores se dedicaban a la fruticultura.


Actualmente tiene su producción de cultivos e invernaderos en la chacra donde vivió desde pequeño. “Me crié en esta chacra y en esta casa. Todo estaba cubierto por frutales”, comenta, con una mirada de añoranza. Y agrega que “de muy jovencito empecé a incursionar sobre invernaderos. En ese entonces se veía con curiosidad ese tema”.

Wolfschmidt recuerda con emoción a su padre fruticultor, y también a sus primeros invernaderos, donde se dedicaba a la producción de plantines de tomates, aunque sin abandonar las tareas de fruticultura. Este trabajo fue realizado hasta el 96. “Es un trabajo apasionante, poder hacerlo me pone contento”, comenta.

En sus inicios, Ernesto se especializaba en plantines para la industria tomatera, pero por la crisis económica debió dejar de hacerlo: solo quedó una empresa en la zona. “Había cuatro industrias tomateras importantes en Río Negro. Campagñola se fue, Maxi Consumo cerró y compró Molto, una de las industrias más grande el país, de Lavalle (Mendoza). Otra de Lamarque, la ex Canale, cerró; y quedó la ex Parlamat en Darwin y con nuevos dueños, pero solo está subsistiendo”, cuenta. A raíz de esa situación debió dedicarse a producir plantines para los productores de verduras hortícolas.

El fresco de la mañana acompaña la luz del día, que irrumpe en una de las edificaciones donde se realiza el proceso de la siembra. Una luz verde indica el encendido que pone en acción la máquina de siembra, de origen italiana. De inmediato, una mujer se acerca a la cinta donde serán transportadas las bandejas que contendrán vida. Con un listón de madera, la mujer saca sobrantes del sustrato de las bandejas, a medida que se deslizan para destinarlas a otro sector. Mientras, un hombre repone las bandejas que se encuentran prolijamente apiladas desde temprano.

La producción de plantines es enviada luego al Alto Valle, Valle Medio y hasta a Neuquén.


“Las bandejas se llenan por línea con un sustrato a base de turba”, explica Wolfschmidt. “No es cualquier turba. Es tierra de Tierra del Fuego procesada en Bahía Blanca, ya condicionada para la germinación y crecimiento de plantines”, agrega.

El ingeniero relata que “con esta máquina se puede sembrar 300 bandejas por hora. Cada bandeja cuenta con 325 celdas, y se utilizan para lechugas y tomate de industria. Hay otras bandejas más grandes que tienen 200 celdas y también de 128 celdas.

La sembradora italiana posee un cilindro con perforaciones, por donde se aspiran las semillas. Luego se hace un barrido con aire y se asegura que quede colocada una semilla por celda. Pero antes, la máquina llena las bandejas línea por línea con el sustrato previamente preparado y acondicionado.

Según Wolfschmidt, el sustrato reemplaza la tierra. La turba da porosidad, aire y retención de agua, para que la planta crezca en buenas condiciones y se desarrolle sana. “Es muy importante para que sea más liviana y facilite el proceso de crecimiento de la semilla”, señala. Una vez procesada la siembra en cada bandeja, se lleva a la cámara de germinación con los cuidados específicos para cada tipo de semilla.

Morrones, una de las tantas producciones que se realizan en la chacra de Wolfschmidt.


Una vez adentro del invernadero, en cada mesa entran 80 bandejas de 200 celdas. “Diseñamos una barra regadora donde a su vez van todos los nutrientes equilibrados, porque la turba no tiene nutrientes. Este diseño de riego permite tener una planta con buen desarrollo, y a su vez equilibrada y sana”, dice, y agrega que “posibilita cumplir con los requerimientos específicos de cada cliente, en distintas especies, porque no siempre suelen ser los mismos”. El experto asegura que con este sistema se aporta mucha homogeneidad.

La mayoría de las semillas híbridas son importadas de diversas partes del mundo. El experto admitió que los híbridos son muy costosos, entonces hay que ser eficientes. Si en el envase dice “90% de poder germinativo”, quiere decir que de 100 semillas, 90 van a nacer y 10 posiblemente no. “Acá contamos con todas las instalaciones para hacerlo posible y por eso es muy conveniente este trabajo para los productores”, especifica.

Según Wolfschmidt, abastecen a la mayor parte de los productores del Valle Medio, Alto Valle de Río Negro y Neuquén, e incluso otros lugares de la provincia vecina. Si bien la producción es variada según las épocas y los requerimientos de los productores, en este mes, produjeron alrededor de 1000 bandejas, de las cuales 700 corresponden a variedades de lechugas.

En esa misma chacra se realiza la producción de morrones y ajíes. Una vez cosechados, los morrones se clasifican para luego ser embalados en jaulas de hasta 10 kilos, listos para mandar al mercado. El morrón verde se puede utilizar, pero -dependiendo del clima- en dos semanas toman el color rojo, que es el que más demanda tiene. La producción de ajíes no es consumo masivo, y por tal motivo es muy variable: se logra en esta época por realizarse en invernadero, cuya siembra fue en septiembre; pero en enero el precio baja.

Las máquinas permiten sembrar 300 bandejas por hora.


Este año, su hijo Andrés, junto a un socio del Mercado Concentrador de Centenario, llevó adelante un nuevo emprendimiento de cultivo de ajo, demostrando que es algo que puede implementarse en la zona. “Asesorados por gente de Mendoza, apuntamos a incorporar más hectáreas. También contamos con el apoyo desde la provincia, que ve con buenos ojos la diversificación de cultivos dada la crisis en la fruticultura”, expresa.

La chacra tiene 13 hectáreas, de las que 3 son destinadas a invernaderos bajo cubierta. Allí se emplazan un total de 8 invernaderos, ocupando un cuarto de hectárea cada uno. Luego hay 3 hectáreas en blanco para el cultivo de ajo y 2 para el cultivo de morrones, y muchas más para cultivos generales. “Hemos logrado reequilibrar la microbiología del suelo. Se puede ver la sanidad y calidad del cultivo. Desde hace dos años utilizamos productos biológicos y dejamos atrás lo químico, podríamos certificar como orgánico” dice Wolfschmidt.

Para el cierre, el profesional asegura que “es muy gratificante, porque es un trabajo de familia. Y si bien lleva sacrificio, esta etapa orgánica, donde dejamos atrás todo lo convencional, es un mundo nuevo, un desafío muy interesante. Me siento feliz de poder implementarlo a mis 67 años”.


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Ernesto Wolfschmidt tiene 67 años. Vive en Allen desde que nació, y allí llegó a formar una familia junto a Susana Michetti y sus hijos Andrés y Katia. Con orgullo muestra lo que logró tras años de trabajo, sacrificio y pasión. Carga sobre su espalda cuatro décadas de experiencia en el rubro de la producción de plantines e invernaderos. Desde que se recibió, allá por el ´77, fue un pionero en el tema para nuestra zona. Sucede que, en aquellos tiempos, los productores se dedicaban a la fruticultura.

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