La verdad de la milanesa
Bien se sabe que las verdades siempre son relativas, ya que cada persona capta la realidad de acuerdo al color del cristal con que observa la situación. En general todas las visiones se distorsionan, aunque en cuestiones que hacen a la política, la economía o la institucionalidad uno de los factores más dañinos que impide una visión desapasionada de la realidad es la ideología, por los prejuicios que conlleva.
Para evitar que se muestre la realidad a telón abierto hay otro factor crítico que suele nublar la comprensión de la opinión pública y es la manipulación que surge de los relatos que los políticos usan para explicar lo inexplicable. Potenciadas por las redes sociales, esas operaciones que buscan reafirmar las ideologías no sólo impiden una correcta apreciación de los hechos sino que contribuyen a cavar mucho más la grieta. Acción sicológica se las llamaba en otros tiempos.
Si bien todos los políticos se especializan en el arte del disimulo y en caer siempre bien parados, el actual oficialismo a nivel nacional es experto en esos menesteres y esta última semana hubo dos claros ejemplos que ilustran cómo se amasan esas consignas y hasta dónde se las acomoda para que le sirvan a la militancia a la hora de reafirmar sus convicciones, para captar al segmento social que habitualmente va y viene o para hacerle un mimo a los sectores internos más duros.
La marcha contra la Corte Suprema convocada por sectores periféricos del oficialismo, aunque avalada luego por el Ejecutivo y los tironeos por el preacuerdo que se negoció con el Fondo Monetario Internacional son claros ejemplos del valor supremo que el Gobierno le asigna al relato. Es un maquillaje, similar a la cobertura de pan rallado pegada con huevo sobre la carne que, hasta que no se corta, no permite observar qué cosa hay adentro de la milanesa, ni su consistencia ni su calidad.
Más allá de camuflar los contenidos, las fachadas de ambos temas se tocan porque la corrupción no es algo inocuo ya que los fondos que se desvían generan déficits que se cubren con impuestos, con inflación o con deuda, mientras que se consolida la pobreza y se cristaliza la decadencia.
No es extraño entonces que en su último discurso en Honduras, Cristina Fernández haya embestido a la vez contra los jueces y el FMI hablando de “la verdad de la milanesa”, su verdad, algo que no es necesariamente “la” verdad, como asociar el narcotráfico con el Fondo.
En el caso judicial, el oficialismo armó el relato del lawfare para que sirva de excusa a la revisión de causas que tienen en vilo a CFK y a su familia por temas que o llegaron o han de llegar a la Corte.
En el caso judicial, el oficialismo armó el relato del lawfare para que sirva de excusa a la revisión de causas que tienen en vilo a CFK y a su familia por temas que o llegaron o han de llegar a la Corte.
En cuanto a los entendimientos que se lograron con el FMI sólo son un importante primer paso, aunque fueron vendidos como algo “razonable”, tras el “irresponsable” endeudamiento del gobierno anterior. Otro de los condimentos clásicos del relato oficial es que nunca la culpa es propia, sino siempre de los demás. En este caso, se esconde que la deuda a pagar es hija de los sucesivos déficits, los que primero amasó Cristina y los que luego superpuso Mauricio Macri.
El ministro de Economía, Martín Guzmán, quien hizo popular el término “sarasa” como el palabrerío inocuo que reemplaza al relato, hizo gala de sus propios vericuetos a la hora de responder a los periodistas. Cuando se le preguntó por la opinión de Cristina sobre el preacuerdo, directamente no contestó. Pero además, dijo que “no” habrá cambios en tarifas y más tarde un comunicado del mismísimo Fondo lo desmintió.
En la construcción de su guión, el pecado mayor del ministro fue disimular que la sociedad ya vive el “ajuste”, palabra que el Gobierno barre debajo de la alfombra aunque usa la inflación como recurso para ejecutarlo, ya que la suba de precios vía mayor recaudación reduce el déficit pero también los ingresos fijos de trabajadores estatales y jubilados. Ésta es la otra “verdad de la milanesa” que se trata de ocultar.
Bien se sabe que las verdades siempre son relativas, ya que cada persona capta la realidad de acuerdo al color del cristal con que observa la situación. En general todas las visiones se distorsionan, aunque en cuestiones que hacen a la política, la economía o la institucionalidad uno de los factores más dañinos que impide una visión desapasionada de la realidad es la ideología, por los prejuicios que conlleva.
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