Criollos nipones
Cuanto más se prolonga la recesión, más desconfiada se hace la gente. ¿Cómo evitar que el país agrave su depresión?
Como corresponde en un país que ostenta lo que es con toda probabilidad la mayor densidad de psicólogos del mundo entero, son muchos los economistas respetados que han llegado a la conclusión de que la según parece interminable recesión económica que estamos experimentando se debe en el fondo a la falta de confianza de quienes deberían desempeñar un papel fundamental, los consumidores. Si bien todos los factores objetivos parecen favorables -hay mucha liquidez, los salarios son relativamente bajos, la moneda difícilmente podría ser más firme, la tasa de interés norteamericana parece destinada a mantenerse estable, las reservas que atesora el Banco Central son mayores que nunca, propenden a aumentar los precios de las materias primas, etc.- la economía se resiste a «reactivarse» porque nadie quiere gastar o endeudarse por temor a lo que podría suceder en el futuro. Para colmo, señalan, el proceso perverso así supuesto tiende naturalmente a agravarse: cuanto más se prolonga la recesión, más desconfiada se hace la gente, asegurando de este modo que los malos tiempos continúen hasta que el país se precipite en una depresión.
No se trata de una teoría peregrina. Por el contrario, nadie ignora que la expansión notable de la economía de los Estados Unidos ha sido impulsada en buena medida por la conducta irresponsable de millones de personas que no han vacilado en endeudarse para poder comprar bienes de los cuales individuos más sobrios preferirían prescindir. En cambio, la economía japonesa rehúsa crecer porque los consumidores nipones no se animan a sacar su dinero de los bancos para gastarlo porque el porvenir no les parece muy promisorio. Con todo, en ambos casos existen buenos motivos para el comportamiento de los consumidores. Los estadounidenses saben que su país es más rico y más poderoso que en cualquier otro momento en su historia y que si hay nubes en el horizonte aún están lejos. Por su parte, los japoneses sospechan que su propia sociedad, disciplinada y jerárquica, no está en condiciones de aprovechar plenamente el individualismo propio del neoliberalismo casi anárquico que domina el escenario actual, mientras que el envejecimiento rápido de la población combinado con un sistema previsional inadecuado los hacen más dispuestos a ahorrar que a salir a gastar.
De ser acertado el diagnóstico según el que el gran problema de la economía argentina es básicamente psicológica, tesis que está discutiéndose en todos los muchos seminarios que están celebrándose en el país para intentar analizar las causas del estancamiento, la recesión sería en buena medida producto de los jefes de la Alianza, sobre todo del presidente Fernando de la Rúa, que, además de pintar un cuadro decididamente negro del estado del país a fines de la gestión del presidente Carlos Menem, optaron por iniciar la suya recalcando la importancia de la austeridad, ordenando un impuestazo destinado a reducir el consumo privado y, como si tales medidas ya no fueran más que suficientes, rematándolas con un nuevo ajuste. Sin embargo, a la Alianza no le será fácil modificar las expectativas. Sus intentos de sembrar buenas noticias han ocasionado más escepticismo que júbilo, mientras que todo amago de heterodoxia, como el supuesto por los anuncios de un plan de obras públicas, sólo ha servido para alarmar a quienes a pesar de todo siguen convencidos de que por su origen radical De la Rúa ha de ser un despilfarrador nato.
Para salir de la trampa en la que el país ha caído, pues, será necesario que los consumidores -es decir, la gente- decidan que el futuro será mejor que el pasado y que en consecuencia podrán arriesgarse un poco más. En otras palabras, ya abundan los que creen que nos convendría actuar como los norteamericanos, no como los japoneses, pero de modificarse el panorama, lo cual sucedería si el boom de los Estados Unidos se desplomara o la economía japonesa recuperara el brío perdido, los que piensan de esta manera cambiarían de opinión una vez más para subrayar el valor de la sobriedad y advertir sobre el triste destino que aguarda a quienes se dejen llevar por su propio optimismo.
Como corresponde en un país que ostenta lo que es con toda probabilidad la mayor densidad de psicólogos del mundo entero, son muchos los economistas respetados que han llegado a la conclusión de que la según parece interminable recesión económica que estamos experimentando se debe en el fondo a la falta de confianza de quienes deberían desempeñar un papel fundamental, los consumidores. Si bien todos los factores objetivos parecen favorables -hay mucha liquidez, los salarios son relativamente bajos, la moneda difícilmente podría ser más firme, la tasa de interés norteamericana parece destinada a mantenerse estable, las reservas que atesora el Banco Central son mayores que nunca, propenden a aumentar los precios de las materias primas, etc.- la economía se resiste a "reactivarse" porque nadie quiere gastar o endeudarse por temor a lo que podría suceder en el futuro. Para colmo, señalan, el proceso perverso así supuesto tiende naturalmente a agravarse: cuanto más se prolonga la recesión, más desconfiada se hace la gente, asegurando de este modo que los malos tiempos continúen hasta que el país se precipite en una depresión.
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