El trío argento

Redacción

Por Redacción

“Ganamos porque tenemos ‘huevos’”. Pablo Guiñazú, guerrero de mil batallas, ahora reciclado en el puesto de centrocampista, respondió así al cronista de Fox apenas después de ganar la Copa Libertadores de América con Internacional de Porto Alegre, en Brasil. Inter, en realidad, tuvo algo más que “huevos”. El equipo que había sufrido en las ruedas previas para eliminar primero a Banfield y luego a Estudiantes de La Plata, ganó porque jugó claramente mejor fútbol que Chivas de Guadalajara, un buen equipo mexicano. Pero Guiñazú destacó los “huevos” porque esa es su señal de distinción. Andrés D’Alessandro, se sabe, es mucho más fino con la pelota. Desde sus tiempos en River se sabe de su fina zurda, opacada a veces por un temperamento traicionero. Parecía inclusive comenzar a afirmarse en la selección argentina en la última etapa de Marcelo Bielsa. Está claramente más maduro. Cuentan que podría volver ahora a la selección para el amistoso contra España. D’Alessandro, lo destacaban ayer los diarios brasileños, no sólo tiene calidad. También tiene “garra”. Siempre aparece en los momentos más calientes del partido. Cuando nadie pide la pelota, allí está él. Fue emotivo su llanto ante las cámaras apenas terminó el partido del miércoles por la noche. El Inter de Porto Alegre tiene también un tercer argentino, el “Pato” Abbondanzieri, relegado a suplente desde hace algunas semanas y que igualmente, a sus 38 años, celebró como un pibe más, junto con sus dos hijos. “El fútbol me dio todo, qué más puedo pedirle”, decía a la Teve el arquero. Guiñazú, D’Alessandro y Abbondanzieri fueron tres aportes inéditos e importantes para el nuevo campeón brasileño de la Libertadores. Fueron justos campeones en una final vibrante, y que terminó con incidentes porque Chivas no pudo soportar la derrota. El fútbol mexicano, que carece de rivales equivalentes en la Concacaf, sabe que lo prestigia competir dentro de la Conmebol. Pero sospecha que la invitación a participar en los torneos de Sudamérica huele más a dinero que a otra cosa. Y que a la Conmebol jamás le gustará ver a un invitado mexicano ganando uno de sus títulos. La furia, el miércoles por la noche en Porto Alegre, comenzó cuando se cortó abruptamente la ejecución del himno mexicano antes del partido. Creció al ver que se consumaba la derrota y tuvo su pico apenas terminó el partido, con jugadores tirándose trompadas y patadas y muchísimos civiles que no tenían absolutamente nada que hacer dentro del campo. Pero no le quita legitimidad a la coronación del Inter. El sur de Brasil, el fútbol de Porto Alegre, siempre tuvo un ojo puesto en el Río de la Plata. Tiene un vínculo histórico con jugadores de Argentina y de Uruguay. Su técnico, hasta hace sólo unos meses, era el uruguayo Jorge Fosatti. Combina brasileños de calidad como Tinga o Giuliano con temperamento rioplatense. Lo hace con sentido colectivo. Juega en equipo.

EZEQUIEL FERNÁNDEZ MOORES

opinión

Guiñazú y D’Alessandro, artífices necesarios.


“Ganamos porque tenemos ‘huevos’”. Pablo Guiñazú, guerrero de mil batallas, ahora reciclado en el puesto de centrocampista, respondió así al cronista de Fox apenas después de ganar la Copa Libertadores de América con Internacional de Porto Alegre, en Brasil. Inter, en realidad, tuvo algo más que “huevos”. El equipo que había sufrido en las ruedas previas para eliminar primero a Banfield y luego a Estudiantes de La Plata, ganó porque jugó claramente mejor fútbol que Chivas de Guadalajara, un buen equipo mexicano. Pero Guiñazú destacó los “huevos” porque esa es su señal de distinción. Andrés D’Alessandro, se sabe, es mucho más fino con la pelota. Desde sus tiempos en River se sabe de su fina zurda, opacada a veces por un temperamento traicionero. Parecía inclusive comenzar a afirmarse en la selección argentina en la última etapa de Marcelo Bielsa. Está claramente más maduro. Cuentan que podría volver ahora a la selección para el amistoso contra España. D’Alessandro, lo destacaban ayer los diarios brasileños, no sólo tiene calidad. También tiene “garra”. Siempre aparece en los momentos más calientes del partido. Cuando nadie pide la pelota, allí está él. Fue emotivo su llanto ante las cámaras apenas terminó el partido del miércoles por la noche. El Inter de Porto Alegre tiene también un tercer argentino, el “Pato” Abbondanzieri, relegado a suplente desde hace algunas semanas y que igualmente, a sus 38 años, celebró como un pibe más, junto con sus dos hijos. “El fútbol me dio todo, qué más puedo pedirle”, decía a la Teve el arquero. Guiñazú, D’Alessandro y Abbondanzieri fueron tres aportes inéditos e importantes para el nuevo campeón brasileño de la Libertadores. Fueron justos campeones en una final vibrante, y que terminó con incidentes porque Chivas no pudo soportar la derrota. El fútbol mexicano, que carece de rivales equivalentes en la Concacaf, sabe que lo prestigia competir dentro de la Conmebol. Pero sospecha que la invitación a participar en los torneos de Sudamérica huele más a dinero que a otra cosa. Y que a la Conmebol jamás le gustará ver a un invitado mexicano ganando uno de sus títulos. La furia, el miércoles por la noche en Porto Alegre, comenzó cuando se cortó abruptamente la ejecución del himno mexicano antes del partido. Creció al ver que se consumaba la derrota y tuvo su pico apenas terminó el partido, con jugadores tirándose trompadas y patadas y muchísimos civiles que no tenían absolutamente nada que hacer dentro del campo. Pero no le quita legitimidad a la coronación del Inter. El sur de Brasil, el fútbol de Porto Alegre, siempre tuvo un ojo puesto en el Río de la Plata. Tiene un vínculo histórico con jugadores de Argentina y de Uruguay. Su técnico, hasta hace sólo unos meses, era el uruguayo Jorge Fosatti. Combina brasileños de calidad como Tinga o Giuliano con temperamento rioplatense. Lo hace con sentido colectivo. Juega en equipo.

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