Las mil aventuras del geólogo neuquino que se animó a conocer el mundo en bicicleta
Gerardo Barion exploraba el litio en los salares de Salta para una empresa china cuando renunció para cumplir su sueño viajero. Siete meses, 17 países y 14287 km después, en un alto en Tailandia, cuenta el paso a paso de una gran travesía sobre ruedas que comenzó con una duda crucial: ¿Era una buena decisión o una locura? La respuesta la trajo el camino y aquí la comparte. Alerta de spoiler: te va a dar ganas de salir a la ruta.

Por estas horas, 17 países, siete meses y 14.287 kilómetros después de salir a recorrer el mundo en bicicleta, el geólogo neuquino Gerardo Barion pedalea en las rutas del norte deTailandia, en ese sudeste asiático caluroso y seco en invierno que lo sorprende mientras avanza. Aún le cuesta acostumbrarse a ver gente con buzo y campera con 30 grados: “Esto es frío para ellos”, cuenta en un alto en el camino, mientras se prepara para armar la carpa en un bosque a metros de un lago en Ban Yaeng, una zona rural por fuera de los circuitos turísticos tradicionales. Cuando lo vieron, los dueños de esa parcela de tierra se acercaron, les contó qué recorría el país, le dieron permiso para quedarse. Antes, compró en un mercado fideos instantáneos con carne de cerdo, su cena de 25 centavos de euro, que le costaban aún menos durante su paso por China.

Claro que a Gera (como le dicen) no solo lo asombran los sudasiáticos abrigados con temperaturas de pileta para un patagónico como él. Es una larga lista, que encabezan los paisajes, de las cordilleras escarpadas a las selvas tropicales, de los arrozales verdes a los acantilados costeros. Y la hospitalidad a cada paso. Y la comida, aromática y económica, a menos de dos euros el plato en los mismos mercados de los fideos instantáneos que eligió hoy.
El ritmo cadencioso de la bici (55 kilos con el equipaje) le permite saborear los detalles y abrirse a la charla; no hay otra manera de vivir esta travesía. Y eso es lo lindo: “Cada día algo nuevo, eso te da ganas de seguir”, dice. Acaba de hacer 100 kilómetros, el promedio diario, con 1.400 metros de desnivel en ascenso. Aunque siempre se mantuvo en estado, lo que le permitió por ejemplo hacer cumbre dos años atrás en los volcanes neuquinos Lanín, Tromen y Copahue en menos de una semana, nunca había pedaleado tanto, de sol a sol cada día. “No hace falta ser un atleta: con el tiempo el cuerpo se adapta, el rendimiento aumenta y los kilómetros salen solos«, explica.

¿Qué lo motiva? En esta aventura sobre ruedas, a los 31 años comprueba cada día aquella genial frase de Mark Twain: “Viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente”. Para eso dejó de explorar el litio en Salta como empleado de una empresa china: para conocer otras culturas y vivir esta experiencia antes de que sea tarde.

Y entonces, nunca sabe qué puede pasar en el kilómetro siguiente o el próximo destino. Puede, por ejemplo, encontrar la gente más cálida en Albania, su primer país musulmán. Y sorprenderse de que lo inviten a comer, que le conviden raki (aguardiente de uva), que no le cobren el camping. Y de esas montañas duras de trepar tan hermosas como las playas de aguas turquesas que ya dejaron de ser el secreto mejor mejor guardado del Mediterráneo. Y extrañarse de que con tantos señores tan amables las mujeres no entren al bar, que la vida social parezca reservada para los hombres.

Viajar en bici te obliga a hablar para pedir agua, indicaciones, permiso para acampar. Y ahí empieza la magia. Cuando te animás a interactuar, te abrís a un montón de experiencias hermosas».
Gerardo Barion
Puede sentirse igual de bien tratado en esa Turquía entrañable de casas que se abren para recibirlo y conductores que lo paran en el camino para ofrecerle agua o cerveza y charlar un rato, celebrar el encuentro, llevarse una colección de sonrisas, invitaciones al paso y abrazos.
Como en Grecia, con la onda de la gente y ese museo a cielo abierto difícil de creer. Y asombrarse por esos días de 44° C abrasadores, los incendios y de la estructura para combatirlos, con tres enormes aviones hidrantes que cargaban agua en el mar que vio en acción al mismo tiempo junto a helicópteros y avionetas cuando cruzaba en ferry a Patras: “Tienen otra disponibilidad de recursos, es muy distinto a la Argentina”.


Puede ponerse a conversar con Huel, el vietnamita que se acercó curioso en una callecita de Hanoi para preguntarle con respeto oriental qué hacía ahí en bicicleta, adónde iba, y que tras enterarse lo invite a cenar en su casa con su familia. Y dos semanas después le mande un mensaje para que se aloje en un hotel cinco estrellas con los gastos a su cargo.
Puede también conmoverse de ver tantos vietnamitas con malformaciones y enterarse de que es la consecuencia trágica del Agente Naranja, el defoliador tóxico que rociaron los aviones estadounidenses durante la guerra que terminó en 1975 con la retirada norteamericana en su peor derrota militar.
Puede suceder todo eso y también que pase ocho días sin bañarse, o armar la carpa en una estación de servicio abandonada y dormir rodeado de cucarachas. O conocer una chica suiza en Montenegro que le muestre durante el tramo que compartieron en esos inolvidables 300 km de costa en el mar Adriático que no hace falta ir tan rápido, que todo se disfruta más cuando el ritmo es más lento, una enseñanza que no olvidaría. O que el mismo día lo paren cinco veces los policías de Xinjiang, provincia al norte de China, para pedirle el pasaporte y explicaciones sobre su presencia allí.

Y percibir, mientras avanza por esas rutas controladas al extremo, que pedalea por la nueva potencia mundial, con todos sus contrastes: de ciudades y autopistas futuristas a aldeas detenidas en el tiempo, con habitantes que se acercan a su carpa y lo miran y fotografían sin hablarle.
Fue allí que se hizo amigo de Tim, otro suizo trotamundos. Juntos planificaron aquella carrera contra el tiempo para lograr salir de China y entrar a Vietnam antes de que venciera la visa: fueron 1000 km en seis días. Llegaron justo.



“Nunca pensé que iba a conocer tanta gente”, escribe ahora, después de los fideos instantáneos y antes de meterse en la bolsa de dormir. Mañana lo esperan otros 100 km de pedaleo.
Entre Salta y Neuquén, la vida antes del viaje
No podría decirse que le iba mal cuando decidió poner en pausa su profesión. Recibido en plena pandemia en la Universidad Nacional de Río Negro, había hecho su tésis como becario del Conicet, había sido profesor auxiliar en la UNRN y sus últimas experiencias, como empleado de la minera china Hanaq, lo habían llevado a Sierra Grande para explorar la fluorita en la costa rionegrina, y después a los salares de Salta para la exploración del codiciado litio.

Trabajaba 14 días seguidos en el norte de la Argentina y pasaba en Neuquén los 14 días de franco siguientes. Con una ventana de buen tiempo podía armar una aventura como la de trepar a lo más alto de los tres volcanes neuquinos en actividad antes de regresar a Salta. Le gustaba lo que hacía, el ambiente laboral, lo que aprendía, pero en septiembre del 2024 renunció. ¿La razón? En tres palabras: “Siempre quise viajar”.
El primer paso fue volar desde Buenos Aires hacia Alemania con Limay, la perra salchicha de su hermana Milagros, que los esperaba en Múnich y le consiguió un empleo en el hospital donde ella trabajaba como nutricionista. El plan era ahorrar para financiar la aventura que preparaban: salir los tres de viaje en bicicleta con destino a Singapur, el punto más cercano y económico para volar desde el sudeste asiático a Australia.

La tarea de Gerardo era prepararlas bandejas de comida de los pacientes a la velocidad de la cinta transportadora, que parecía la del sonido mientras trataba de descifrar las palabras alemanas. Y si entraba en emergencia, aparecía la mano salvadora de Milagros para no detener el ritmo, hasta que las aprendió. Pronto tomaría otro empleo en un restaurante peruano para sumar más fondos antes de salir.
Rumbo a Singapur
El 1 de julio del 2025 partieron rumbo a Singapur con una pregunta crucial que solo respondería el camino: ¿Habían tomado una buena decisión o era una locura? Una caída a solo cinco km de salir le hizo pensar que sería mejor volver. Pero decidió continuar.
Con el transcurrir de los días encontraron el ritmo para elegir dónde acampar, cómo organizar la comida, qué rutas evitar.
Menos es más en todos los sentidos, ropa, kilómetros, equipo: cada kilo se siente al pedalear»
Gerardo Barion




Después de maravillarse por la infraestructura vial para ciclistas de Alemania a Italia (con carriles y túneles exclusivos) , cruzaron los Alpes rumbo a Austria, pasaron por Eslovenia y bajaron a la costa adriática. Allí, con jornadas de casi 40°C, Limay la pasaba mal.
Averiguaron para enviarla a Neuquén, pero las empresas cotizaban entre 5.000 y 8.000 euros y no podían pagar eso. En Split (separarse en inglés) Milagros y Limay emprendieron el viaje hacia la Argentina. Gerardo continuó solo, con la esperanza de reencontrarse más adelante con su hermana, algo que todavía no pudieron lograr.

Su viaje continuó por Bosnia, Montenegro, Albania, Macedonia del Norte y Grecia. Esa primera etapa sumó 2.800 km y casi 30.000 metros de elevación, con días de 150 km y otros de 50 km, lo que el cuerpo le permitía. “Viajar solo pone a prueba la cabeza: hay que tomar decisiones rodo el tiempo, convivir con la ansiedad y la incertidumbre”, dice.
Dos momentos inolvidables en Turquía y China
Desde Grecia cruzó a Turquía. Allí vivió momentos inolvidables, como el que recuerda ahora, porque fue de esos que derriban prejuicios. Acampaba en un estacionamiento cerca del Mar Negro cuando una familia que hacía una barbacoa, la versión turca de los asados argentinos, una escena frecuente en lagos y parques,lo invitó a unirse, a compartir la comida y un té. Empezaron a hablar mediante Google Translator y Gerardo advirtió enseguida que sería una charla enriquecedora.
Lo incentivaron a preguntar lo que quisiera sobre el Islam y los musulmanes. Y, entre tantos otros temas, quiso saber por qué las mujeres se cubren con pañuelos la cabeza y el cuello, los hiyabs, algo que veía como una forma de opresión.

Calmas y gentiles, las mujeres le respondieron que en la cultura islámica se valora el camino medio y se rechazan los extremos. Y que el uso del hiyab se entiende como una forma de proteger la integridad de la mujer, de centrar la atención en su fuerza interior, habilidades y mente, en lugar de su belleza superficial.
Le explicaron también que para ellas la liberación de la mujer moderna en la visión occidental a veces deriva en una objetivación sexual que supedita su valor a estándares estéticos y a la exhibición del cuerpo. Y que ellas no se sentían oprimidas por el uso de hiyabs.
«Yo juzgaba mucho al Islam, pero viviéndolo desde dentro me hizo perder muchos prejuicios. Obvio que viajar por ahí es diferente para un hombre que para una mujer, aunque he conversado con viajeras que han estado en estos países islámicos y no han tenido problemas. Para mi la hospitalidad y la humildad de países como Turquía fue increíble e impensada«, dice Gerardo.
Fue una experiencia tan potente como la de aquella noche de tormenta en China que no olvidará.

Así lo recuerda: «Fue en Lugu Lake. Estaba viajando y llovía mucho. Pedí a una familia china si podía pasar la noche debajo de su casa en construcción. Tenía un techo, así que podía estar reparado de la lluvia. A la mañana me invitaron a desayunar. Era una familia muy humilde pero compartieron lo que tenían. Arroz, algo de carne de llama, una sopa y té. Fue emocionante porque vivían muy precariamente pero así y todo ofrecían lo que tenían. Una vez mas se repetía ‘los que menos tienen son los que comparten más’ . La señora de la foto era la abuela, que no paraba de ofrecerme alimentos. Nadie hablaba inglés así que nos comunicábamos con señas y sonrisas. Fue hermoso»
Cuando le robaron la bicicleta
En Turquía pasó por la costa del Egeo, Capadocia y los Montes Pónticos, columna montañosa al norte. Ya en Batumi, Georgia, le robaron la bicicleta dentro del hostel. Creyó que todo se derrumbaba, pero a la noche lo llamó la policía para decirle que la habían recuperado.

Siguió hasta Tiflis, capital de Georgia, y cerró esa etapa con 2.500 km y cerca de 18.000 metros de ascenso. Voló a Kazajistán y continuó desde allí en bici 5.000 ásperos kilómetros hasta la frontera con China, desde donde entraría luego al sudeste asiático. Planea llegar en dos meses a Singapur, el punto elegido para volar a Oceanía.

Esa será la próxima etapa de su gran aventura: conseguir trabajo y experimentar cómo es la vida en Australia. Es el mismo que empezó el viaje en Múnich pero a la vez es otro. Y no solo por tantos encuentros y conexiones profundas en el camino ni por la cantidad de lugares a los que quiere volver para visitar nuevos amigos. También porque se enfrentó a sus límites. Y entonces lo supo: “Solo están en nuestra mente”.
Equipo mínimo recomendado
- Portaequipajes y alforjas (2 adelante y 2 atrás), más bolso de manubrio y uno grande trasero.
- Herramientas básicas, inflador, parches y cámara de repuesto.
- Buena bolsa de dormir.
- Carpa ligera, al menos de tres estaciones.
- Aislante térmico.
- Campera de lluvia.
- Campera térmica.
- Ropa para pedalear (idealmente una calza de ciclismo).
- Ropa de descanso para después (short, pantalón largo, sandalias).
- Powerbank (batería externa portatil) si no vas a hostels o campings seguido.
- Equipo de cocina (anafe, ollas, cubiertos, vaso, etc.).
- Celular o equipo de navegación.
- Candado.
Podés seguir su viaje en https://www.instagram.com/gerabarion/

Por estas horas, 17 países, siete meses y 14.287 kilómetros después de salir a recorrer el mundo en bicicleta, el geólogo neuquino Gerardo Barion pedalea en las rutas del norte deTailandia, en ese sudeste asiático caluroso y seco en invierno que lo sorprende mientras avanza. Aún le cuesta acostumbrarse a ver gente con buzo y campera con 30 grados: “Esto es frío para ellos”, cuenta en un alto en el camino, mientras se prepara para armar la carpa en un bosque a metros de un lago en Ban Yaeng, una zona rural por fuera de los circuitos turísticos tradicionales. Cuando lo vieron, los dueños de esa parcela de tierra se acercaron, les contó qué recorría el país, le dieron permiso para quedarse. Antes, compró en un mercado fideos instantáneos con carne de cerdo, su cena de 25 centavos de euro, que le costaban aún menos durante su paso por China.
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