El libro que surgió tras pasar una noche a solas en el museo Picasso de París

Escritor, guionista y director de cine, el argentino Santiago Amigorena,que vive hace décadas en París aceptó la invitación y el desafío de pasar una noche en el museo Picasso. Lo que escribió luego es una indagación sobre el amor.

Por Verónica Bonacchi

“Hay un solo amor”, de Santiago Amigorena, es un libro breve y concentrado, escrito desde una experiencia tan concreta como extraña: pasar una noche solo en el Museo Picasso de París.


Invitado por la editorial Stock, el autor, nacido en Argentina y emigrado a París en 1973, recibe un catre, una vianda y un edificio entero en silencio. Ese encierro aceptado y desafiante funciona como disparador de un monólogo íntimo en el que el narrador intenta pensar -más bien conjurar- sus propios miedos a través del amor. El texto avanza como un diálogo interior, una rumia mental a veces oscura, a veces luminosa, siempre en tensión con preguntas que no tienen respuesta fácil.


“Esperaba dormir -y soñar. Esperaba recorrer el museo, disfrutar de las obras y regresar hasta la cama plegable, exhausto, para acostarme. Esperaba que tu cuerpo, y los cuerpos densos de los dibujos de Picasso y los cuerpos congelados de las esculturas de Giacometti, devinieran un solo cuerpo, un cuerpo apaciguado, apaciguador, un cuerpo pesado y frágil al mismo tiempo, que estaría, durante la noche, a mi lado. Esperaba dormir como un niño, acunado por dos madres: el arte y el amor”, escribe en uno de los fragmentos del libro publicado en la Argentina por Serapis.


El texto gira alrededor de una idea insistente: ¿se puede amar a dos personas al mismo tiempo?, ¿qué significa “amaré” o “amé” cuando el tiempo modifica todo?, ¿es posible haber amado de verdad?

Santiago Amigorena, escritor, guionista y director de cine.


Amigorena, autor de otros 13 libros, guionista en más de 30 filmes, director, entre otras, de la película “Algunos días en septiembre”, con Juliette Binoche, que se presentó en el Festival de Cine de Venecia, propone aquí una experiencia de lectura, un viaje hacia la intimidad de alguien que piensa en voz baja, rodeado de obras de arte, tratando de entender qué lugar ocupa el amor en su vida. Y con ese ánimo, convierte esas preguntas en un hilo narrativo que no busca conclusiones. El museo, que le sirve de escenario y de decorado nunca impostado a sus preguntas, se convierte, en esa soledad de la noche, en la cámara de resonancias de todas las preguntas.


La noche en el museo se vuelve entonces un laboratorio emocional no siempre apacible: el narrador revisa su historia afectiva, sus contradicciones y la forma en que el amor, lejos de ser lineal, atraviesa todo un territorio lleno de pliegues.


Con apenas 74 páginas, “Hay un solo amor” funciona como una pieza mínima y, al mismo tiempo, como una onda expansiva. No es una novela y tampoco un ensayo, sino un texto híbrido que se lee en una sentada y permanece mucho más tiempo.


A lo largo del libro, aparece una rara mezcla de pudor y lucidez que convierte lo autobiográfico en una forma de pensamiento. Da la impresión de que Amigorena no escribe para confesar, sino para entender. Y en ese intento, el museo funciona como un espejo: las obras de Picasso, con sus fragmentos y recomposiciones, dialogan con un narrador que también se siente hecho de partes que no terminan de encajar. Pero de esa noche en vela quedan algunas certezas, mínimas, a veces dolorosas, a veces extraordinarias, sobre el amor.


“Hay un solo amor”, de Santiago Amigorena, es un libro breve y concentrado, escrito desde una experiencia tan concreta como extraña: pasar una noche solo en el Museo Picasso de París.

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