El complejo oficio de sostener a otros: la historia del hombre que aprendió a estar cuando todo se derrumba
Después de más de 30 años en el sector funerario en Roca, Pablo Cueto decidió comenzar una nueva etapa con una mirada más humana y cercana sobre las despedidas. Habla del dolor ajeno, del silencio alrededor de la muerte y de lo que aprendió acompañando miles de duelos en el Alto Valle.
El teléfono puede sonar a cualquier hora. De madrugada, durante una cena familiar o en medio de una tarde cualquiera. Del otro lado casi siempre hay alguien quebrado, confundido, sin saber qué hacer después de una muerte. Pablo Cueto, de Roca, lleva más de 30 años acostumbrado a escuchar ese silencio.
Hay trabajos de los que casi nadie quiere hablar. Oficios atravesados por despedidas, dolor y emociones difíciles de nombrar. El suyo es uno de ellos. Pero lejos de definirlo como una tarea fría o meramente operativa, Cueto insiste en otra idea: acompañar. “Muchas veces uno piensa que el servicio funerario pasa solamente por lo operativo, pero en realidad tiene muchísimo de escucha, contención y humanidad”, dice.
Cómo llegó al oficio de sostener a otros: Pablo Cueto, de Roca
Llegó al rubro siendo muy joven, casi de manera natural, a partir del vínculo familiar con la actividad. Aprendió desde abajo, viendo cada detalle, en un tiempo donde las despedidas todavía conservaban prácticas mucho más tradicionales en el Alto Valle.
Los velatorios largos, las reuniones familiares y cierta lógica más comunitaria del duelo empezaban lentamente a transformarse junto con el crecimiento de las ciudades y la profesionalización de los servicios funerarios.
Con el tiempo, entendió que el trabajo iba mucho más allá de resolver trámites o coordinar un servicio. “Cada despedida es distinta y detrás de cada familia hay historias, vínculos y emociones muy profundas”, resume.

En Río Negro, la evolución de las funerarias acompañó también los cambios culturales de la región. Las antiguas despedidas en casas particulares dieron paso a salas velatorias, servicios prepagos y nuevas formas de atravesar el duelo. Hoy, incluso la cremación crece entre las generaciones más jóvenes, que viven la despedida desde otro lugar. Pero hay algo que, según Cueto, nunca cambia: el impacto humano de la pérdida. “Uno nunca se acostumbra al dolor ajeno”, admite.
Después de más de tres décadas de experiencia, decidió iniciar una nueva etapa y construir un espacio propio, con una impronta distinta. La decisión no fue solamente laboral. También tuvo algo personal. “Necesitaba empezar una nueva etapa desde otro lugar, más humano, más moderno y más conectado con lo que soy hoy”, explica.
Ese cambio llegó acompañado por el apoyo de su familia y por una respuesta inesperada de la comunidad. Los mensajes, el cariño y el reconocimiento de muchas personas terminaron confirmándole que todavía había un vínculo construido después de tantos años de trabajo silencioso.

El complejo oficio de sostener a otros: «sin empatía, este trabajo no se puede hacer»
En un oficio donde muchas veces todo ocurre puertas adentro, la empatía aparece como una herramienta central. “Sin empatía este trabajo no se puede hacer”, asegura. “Hay personas que necesitan hablar mucho, otras que necesitan silencio. Uno tiene que aprender a estar disponible desde el respeto.”
Desde afuera, el trabajo funerario suele imaginarse como un espacio distante, casi automático. Pero Cueto describe otra realidad: familias desbordadas, hijos que no saben qué hacer, decisiones urgentes tomadas en medio del dolor y personas atravesando uno de los peores momentos de sus vidas.
Por eso insiste tanto en el acompañamiento: “Muchas familias llegan desorientadas o sin saber cómo proceder. Nuestra idea es transmitir tranquilidad, explicar cada paso y estar realmente presentes.”
Con el paso de los años también cambió la forma en que las personas viven las despedidas. Hoy los velatorios suelen ser más breves, las ceremonias más íntimas y las familias buscan espacios menos rígidos. Frente a eso, sostiene, el desafío es adaptar el servicio sin perder sensibilidad.
Porque si algo aprendió después de acompañar miles de despedidas es que el duelo nunca funciona igual para todos: “Este trabajo me enseñó muchísimo sobre la vida, sobre el valor de los vínculos y de estar presentes para los demás en los momentos más difíciles.”
Y aunque la muerte siga siendo un tema incómodo para gran parte de la sociedad, él eligió convivir con ella todos los días. No desde la oscuridad, sino desde un lugar profundamente humano: estar ahí cuando otros sienten que el mundo acaba de detenerse.

Cómo cambió la forma de despedir a los nuestros en el Alto Valle
La evolución del servicio funerario en Río Negro acompañó los cambios sociales, urbanos y culturales de toda la región. A comienzos del siglo XX, cuando las primeras corrientes migratorias poblaron el Alto Valle, los sepelios eran organizados casi exclusivamente por las familias, vecinos y sociedades de socorro mutuo de las distintas colectividades.
Los velatorios se realizaban en las viviendas particulares y las despedidas tenían una fuerte dimensión comunitaria. Con el crecimiento de las ciudades como ese modelo comenzó lentamente a transformarse.
Hacia mediados del siglo pasado aparecieron las primeras empresas funerarias familiares y comenzaron a consolidarse las salas velatorias, desplazando progresivamente los velatorios domiciliarios. La profesionalización del servicio incorporó además nuevas prácticas logísticas, administrativas y de acompañamiento.
En General Roca, una de las firmas históricas ligadas a esa transformación fue la familia Cueto, con más de seis décadas de trayectoria en el sector funerario regional. La expansión de los servicios prepagos y de previsión permitió ampliar el acceso a prestaciones funerarias y modificar la relación de las familias con estos servicios.
En las últimas dos décadas también se produjo un cambio cultural importante alrededor de las despedidas: los velatorios se volvieron más breves, las ceremonias más íntimas y la cremación comenzó a crecer de manera sostenida frente al entierro tradicional. Hoy, el sector combina tecnología, logística y gestión administrativa con una demanda cada vez más marcada de cercanía humana y acompañamiento emocional en momentos de duelo.
El teléfono puede sonar a cualquier hora. De madrugada, durante una cena familiar o en medio de una tarde cualquiera. Del otro lado casi siempre hay alguien quebrado, confundido, sin saber qué hacer después de una muerte. Pablo Cueto, de Roca, lleva más de 30 años acostumbrado a escuchar ese silencio.
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