Ángela Lucía Di Tullio, semblanza de una personalidad singular (Parte II)

Así es como recuerdan los hijos a esta extraordinaria docente y persona que es y fue la Dra. Di Tullio. La semana pasada dimos cuenta de parte del enorme currículo de su vida personal, familiar, de sus trabajos, cursos, conferencias. De su arribo al Valle, más precisamente a Gral. Roca.
Cuando se produjo el golpe militar, su esposo, el Lic. Omar Aliverti, de la noche a la mañana, debió buscar trabajo en los galpones de empaque. Pero no fue admitido, por lo que debió viajar a La Pampa como profesor viajero para poder pagar el alquiler. Épocas difíciles para dar clases en la facultad de Filosofía y Letras, en plena dictadura militar. La madrina del autor de estos recuerdos -amiga de Ángela- debió emigrar. Posteriormente se mudaron a Neuquén, al barrio Alta Barda. En esos momentos, el paisaje era desolador, pero que con el transcurso del tiempo fue cambiando.
Ángela y Omar tuvieron tres hijos: Diego, que nació en 1976 en Gral. Roca, estudió Administración y tiene dos hijos; Ana Julia, nacida en 1978, también tiene dos hijos y es abogada de profesión; y Pablo, nacido en 1980, estudió Bellas Artes. Ya en 1983, con el advenimiento de la democracia, se vivió un clima más cálido para las relaciones.
En la casa de Ángela siempre tenían la costumbre de tener invitados profesores, colegas, amigos, vecinos, hasta el sacerdote del barrio. La invitada de piedra era la política, aunque su hijo no recuerda que sus padres hayan pertenecido a un determinado partido político ni a una determinada militancia.
La voz de Ángela era inconfundible, su voz retumbaba en los pasillos de la Facultad; adoraba la música popular y la ópera. Su sueño desde pequeña era ser cantante lírica, por lo que no podía evitar cantar; como sabemos, el destino tenía para ella otros planes. La vida familiar era complicada debido a la exigencia del trabajo del matrimonio, que vivían encerrados en sus estudios desde la mañana hasta la noche. Su hijo Diego la recuerda yendo y viniendo, cargada de bolsas, en el colectivo Gonzomar 103. Luego pudieron comprarse un auto, un Citroën 3CV; ella nunca había manejado.
Costaba mucho adaptar el asiento a la altura de Ángela porque “parecía un auto sin conductor”, relata su hijo. El autor de estas memorias nos brindó un montón de anécdotas: por ejemplo, el auto cayó en el estanque de la entrada del barrio y tuvo que ser rescatado por una grúa. El Citroën terminó siendo cambiado por un cheque sin fondo de un estafador. Una faceta acaso desconocida de nuestra homenajeada es que “no tenía percepción del peligro”, según nos refiere su hijo.
Hace quince años, Ángela estaba en Buenos Aires sentada en un café con dos colegas preparando –con sus computadoras portátiles- un trabajo para una conferencia. De pronto, dos ladrones le arrebataron las laptops. Ángela se lanzó encima, se aferró a la suya y se la quitó gritándoles que ¡Había un trabajo muy importante dentro! Los ladrones quedaron desencajados ante la reacción de una pequeña mujer. Pero, gracias a esta inesperada acción, las docentes pudieron presentar el trabajo.
Ángela vivió sus últimos años en un departamento antiguo, en un barrio popular de Buenos Aires. La edificación es de techos altos, paredes de color pastel y tres grandes bow windows que daban luz y aire necesario. Toneladas de libros, como instantáneas de una vida; muebles antiguos, alfombras y lámparas y hermosas pinturas de su hijo menor, las que exhibía con mucho orgullo.
“Con el mismo orgullo con el que se jactaba de prescindir de cualquier artefacto tecnológico producido en las últimas décadas (con excepción de celular y la computadora, después de mucha insistencia de parte de sus hijos). A decir de su hijo mayor, en Ángela se destacó siempre la tozudez de las decisiones personales y profesionales, y el respeto que exigió siempre de esa libertad. Concluye su hijo: “Hoy, como adulto, la entiendo y admiro.
En el período que le tocó vivir creo que fue, en algún sentido, bastante adelantada a su tiempo. El precio de romper este «mandamiento» sabía que podía alto, pero nunca comparable al de una vida sin color, sin pasión, sin gracia”.
Para concluir esta segunda parte de mi homenaje, quiero incluir palabras de una alumna: “Fue mi profesora de Filología Hispánica y de Gramática. Muy inquieta, cómo hablaba, cómo sabía, muy exigente. Fue una profesora muy empática, muy didáctica, exploradora, investigadora. Poseía amplia solidez catedrática.
Sus clases eran de una entrega permanente; tenía una personalidad jovial, divertida. Nos ofrecía todo su caudal de conocimientos que era su tesoro inalterable. Vivía capacitándose, lo que redundaba en beneficios para nosotros, sus privilegiados alumnos”. Todo mi respeto para la colega docente que supo, como pocas, llevar la profesión a escenarios de excelencia.

Así es como recuerdan los hijos a esta extraordinaria docente y persona que es y fue la Dra. Di Tullio. La semana pasada dimos cuenta de parte del enorme currículo de su vida personal, familiar, de sus trabajos, cursos, conferencias. De su arribo al Valle, más precisamente a Gral. Roca.
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