Sin viñedos propios, una pareja impulsa una bodega de garaje que apuesta por el vino en la Patagonia

En el barrio Jardín de Viedma funciona una de las bodegas más particulares de la región. Detrás de Lavyd están Janet Volponi y Ahmed Direne, una pareja que convirtió una costumbre familiar en un emprendimiento vitivinícola que apuesta por partidas pequeñas, elaboración artesanal y vinos con identidad patagónica.

Por Auribel Zuarce

Janet Volponi y Ahmed Direne impulsan Lavyd, una bodega de garaje en Viedma que elabora vinos artesanales con uvas de productores rionegrinos. Foto: Marcelo Ochoa.

Janet Volponi y Ahmed Direne impulsan Lavyd, una bodega de garaje en Viedma que elabora vinos artesanales con uvas de productores rionegrinos. Foto: Marcelo Ochoa.

Hay historias que empiezan con un plan de negocios y otras que nacen mucho antes, cuando todavía nadie imagina que aquello que sucede puertas adentro de una casa puede transformarse en un emprendimiento. La de Bodega Lavyd pertenece a este último grupo.

Mucho antes de que existieran etiquetas, tanques de acero inoxidable o habilitaciones oficiales, el vino ya ocupaba un lugar especial en la familia Volponi. Cada cosecha era casi una ceremonia, la llegada de la uva reunía a todos alrededor de un mismo trabajo: descargar cajones, moler la fruta, prensarla y esperar con paciencia que el tiempo hiciera lo suyo. No había intención de vender, era un vino pensado para compartir en familia, siguiendo una tradición que «Cachito» Volponi había heredado de generaciones anteriores.

Con el paso de los años, aquella costumbre empezó a evolucionar. Las damajuanas y el vino patero fueron dando lugar a una elaboración cada vez más cuidada. Llegaron las primeras máquinas, una despalilladora, una prensa, tanques y herramientas que permitieron mejorar la calidad sin perder la esencia artesanal. Fue en ese escenario donde apareció Ahmed Direne, que hace 16 años comenzó su relación con Janet Volponi y que, casi sin proponérselo, también empezó a involucrarse en la elaboración del vino.

«Yo ni siquiera tomaba vino», recordó entre risas. Sin embargo, la curiosidad fue creciendo. Primero llegó el interés por entender cada etapa de la elaboración y, después, la necesidad de estudiar. Hoy Ahmed cuenta con una diplomatura en Viticultura y está finalizando la carrera de Enología, convencido de que siempre hay algo nuevo por aprender.


«Si fuera por mí, haría vino»


Como muchos jóvenes emprendedores, Janet y Ahmed comenzaron a preguntarse qué proyecto querían construir juntos, había ideas que parecían más rentables y otras que prometían menos riesgos. Sin embargo, siempre terminaban volviendo al mismo lugar.

«Yo le decía a Janet que si fuera por mí haría vino, pero que eso no da plata», recordó Ahmed. La respuesta fue inmediata: «Hagámoslo igual».

Aquella decisión terminó cambiando el rumbo de ambos. Hace poco más de tres años comenzaron a darle forma a Lavyd, una bodega que hoy ya cuenta con todas las habilitaciones correspondientes y que produce vinos de manera formal, aunque sin perder el espíritu con el que todo había comenzado décadas atrás.


Una bodega donde nadie espera encontrar una bodega


Cuando alguien piensa en una bodega, suele imaginar viñedos, extensiones de tierra y grandes edificios llenos de barricas. Lavyd rompe por completo con esa imagen.

La bodega funciona en pleno barrio Jardín de Viedma. Detrás de una vivienda familiar, un espacio del tamaño de un garaje alberga toda la elaboración, lejos de ser una desventaja, esa escala se convirtió en una de las principales fortalezas del proyecto.

«Una bodega de garaje trabaja con partidas pequeñas. Eso nos permite seguir cada tanque de manera muy minuciosa. Podemos controlar los tiempos, la limpieza y cada detalle del proceso», explicó Ahmed.

Actualmente producen alrededor de 3.000 litros al año, aunque el objetivo es crecer de manera gradual hasta alcanzar entre 10.000 y 15.000 litros. No buscan transformarse en una gran industria, por el contrario, quieren mantener el mismo nivel de atención que hoy pueden dedicarle a cada botella.

«Preferimos seguir haciendo poco, pero muy bien».

Cada etiqueta de Lavyd refleja una producción de pequeña escala, donde la elaboración artesanal y el trabajo familiar son parte de la identidad del proyecto. Foto: Marcelo Ochoa.

Sin viñedos propios, pero con una idea muy clara


Hoy Lavyd trabaja exclusivamente con uvas provenientes de viñedos inscriptos en el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), manteniendo un contacto permanente con los productores y seleccionando cada cosecha según la calidad de la fruta.

«Siempre hacemos el chiste de que somos talentosos, pero no tenemos chacra», dice Janet entre risas.

Ese modelo, además, les permite no quedar atados a una sola variedad. Cada vendimia es diferente y cada año eligen qué vinos elaborar según el comportamiento de la fruta.

Hasta el momento produjeron Merlot, Malbec, Cabernet Franc, Torrontés (en versiones blanco y naranjo) y también un vermú artesanal.

Uno de los vinos que más orgullo les genera es un Merlot elaborado con uvas de Viedma, una apuesta que busca expresar las características propias de la región.

«No queremos hacer un Merlot igual al de cualquier otro lugar. Queremos que quien lo pruebe encuentre el suelo, el clima y la identidad de nuestra zona».


Cada botella cuenta una historia


En Lavyd no solo importa lo que ocurre dentro de la botella, también importa lo que sucede por fuera. Janet, que además es artista, diseña todas las etiquetas de la bodega. Ahmed aporta las ideas y juntos construyen la identidad de cada línea.

Uno de los ejemplos más representativos es Frenético, un nombre que resume el ritmo de vida que llevan ambos: estudiar, trabajar, emprender y, en medio de todo eso, hacer vino.

La ilustración muestra a la pareja navegando mientras transporta la uva y a Cachito Volponi sosteniendo la vela de la embarcación, una manera de representar el papel fundamental que tuvo en toda esta historia.

Con una producción de alrededor de 3.000 litros anuales, Lavyd apuesta por vinos elaborados con uvas provenientes de distintos viñedos. Foto: Marcelo Ochoa.

«No queríamos que dentro de la botella hubiera solamente vino. Queríamos que también hubiera una historia», resumió Janet.


Una familia detrás de cada vendimia


Aunque Lavyd tiene dos caras visibles, ellos insisten en que el proyecto sería imposible sin el resto de la familia. Cuando llega la cosecha aparecen padres, madres, hermanos y amigos para ayudar a descargar cajones, mover botellas o acompañar jornadas que muchas veces terminan de madrugada.

Hay noches en las que trabajan más de veinte horas seguidas para procesar la uva apenas llega del valle.

Mientras Ahmed se ocupa de la elaboración, Janet trabaja en el diseño, el marketing y la comunicación. Detrás de ellos siempre hay alguien dispuesto a dar una mano.

«Es un proyecto familiar. Cuando hace falta trabajar hasta las dos o tres de la mañana, están todos. Nuestros padres, nuestros hermanos… Todos sienten este sueño como propio», cuentan.

Quizás esa sea la mejor definición de Lavyd, no nació para convertirse en la bodega más grande de la Patagonia, nació para darle continuidad a una historia que empezó hace décadas alrededor de una mesa familiar y que hoy, desde un garaje en Viedma, sigue demostrando que las grandes ideas no siempre necesitan grandes dimensiones para crecer.


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Hay historias que empiezan con un plan de negocios y otras que nacen mucho antes, cuando todavía nadie imagina que aquello que sucede puertas adentro de una casa puede transformarse en un emprendimiento. La de Bodega Lavyd pertenece a este último grupo.

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