Un premio consuelo

Redacción

Por Redacción

A pesar de la previsible derrota que sufrieron en Chaco, donde el ex gobernador Roy Nikisch perdió por nocaut frente al gobernador Jorge Capitanich, los radicales tienen derecho a sentirse satisfechos por los resultados de los comicios que se celebraron el domingo pasado, ya que en Corrientes sus representantes lograron imponerse en las elecciones legislativas, aventajando por un margen respetable a los candidatos del Frente para la Victoria, y en la ciudad de Córdoba, donde ganó Ramón Javier Mestre, el hijo de Ramón Bautista Mestre que fue intendente entre 1983 y 1991, un período que vio el auge de la UCR seguido por un colapso espectacular del que dista de haberse recuperado. Aunque los peronistas pueden señalar que el triunfo de Mestre se debió a las divisiones que ya son rutinarias en su movimiento, puesto que de no haber sido por el enfrentamiento entre los kirchneristas y los disidentes, por llamarlos así, un candidato consensuado pudo haber conseguido los votos necesarios para superar al 35,66% obtenido por el radical, parecería que los cordobeses están hartos de la interminable interna protagonizada por el gobernador electo José Manuel de la Sota y el actual gobernador Juan Schiaretti que se ha visto complicada por las disputas entre el primero y su ex esposa, Olga Riutort, la que, recién transformada en kirchnerista, siguió a Mestre con el 27,13% de los sufragios. De todos modos, el principal derrotado de la jornada fue Luis Juez; un mes y medio antes, triunfó en la ciudad con el 39%, pero el domingo su candidato, Esteban Dómina, sólo consiguió el 8%. Se trata de un cambio fenomenal; sería fácil entender lo que ocurrió si últimamente Juez o Dómina hubieran cometido una serie de errores realmente garrafales, pero no hay motivos para suponer que lo hayan hecho. Para el candidato presidencial radical Ricardo Alfonsín lo sucedido en la capital cordobesa fue una señal de que aún no todo está perdido, de que los resultados de las primarias de agosto y los cambios detectados por las escasas encuestas que se han realizado a partir de entonces no necesariamente significan que en octubre se vea superado no sólo por Cristina sino también por el socialista Hermes Binner y, tal vez, el peronista Eduardo Duhalde, pero a esta altura entenderá que, desgraciadamente para él, los votantes saben distinguir muy bien entre las elecciones municipales por un lado y las nacionales o incluso provinciales por el otro. Parecería que mientras que, como tantos otros, el grueso de los cordobeses quiere que Cristina siga en la Casa Rosada por algunos años más y que gobierne su jurisdicción De la Sota a pesar de que sea reacio a comprometerse con la presidenta, está dispuesto a dejar la capital provincial en manos de los radicales encabezados por Mestre. La voluntad discriminatoria así reflejada, atribuible a la sensación de que hoy en día la militancia partidaria ha dejado de tener la importancia de otros tiempos, se ve repetida en muchas partes del país. Abundan los distritos en los que el electorado deja perplejos a los operadores gubernamentales privilegiando factores locales por encima de los nacionales o, como acabamos de ver en la ciudad de Córdoba, provinciales, poniendo en duda así el “poder de tracción” tanto de la presidenta como de otros dirigentes supuestamente carismáticos. Se trata de una consecuencia lógica de la atomización que desde hace décadas es tan característica de nuestro orden político. Puesto que los partidos son meras cáscaras agrietadas, todos los “proyectos” son unipersonales. Si por algún motivo un dirigente se cree capaz de liderar uno, no tardará en sentirse constreñido a aliarse con caciques de otros partidos –como hizo Alfonsín con el peronista disidente Francisco de Narváez–, lo que enojará sobremanera a miembros de su propia agrupación original que le reclamarán respetar la disciplina partidaria. Frente al panorama caótico así supuesto, los votantes prestan menos atención que en otros países al color de la camiseta llevada por los diversos aspirantes a ocupar puestos electivos, razón por la que incluso un triunfo mucho mayor por parte del radical Mestre sobre sus adversarios peronistas, entre ellos una que se afirma kirchnerista, no hubiera tenido demasiadas repercusiones en el resto del país.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 945.035 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 22 de septiembre de 2011


A pesar de la previsible derrota que sufrieron en Chaco, donde el ex gobernador Roy Nikisch perdió por nocaut frente al gobernador Jorge Capitanich, los radicales tienen derecho a sentirse satisfechos por los resultados de los comicios que se celebraron el domingo pasado, ya que en Corrientes sus representantes lograron imponerse en las elecciones legislativas, aventajando por un margen respetable a los candidatos del Frente para la Victoria, y en la ciudad de Córdoba, donde ganó Ramón Javier Mestre, el hijo de Ramón Bautista Mestre que fue intendente entre 1983 y 1991, un período que vio el auge de la UCR seguido por un colapso espectacular del que dista de haberse recuperado. Aunque los peronistas pueden señalar que el triunfo de Mestre se debió a las divisiones que ya son rutinarias en su movimiento, puesto que de no haber sido por el enfrentamiento entre los kirchneristas y los disidentes, por llamarlos así, un candidato consensuado pudo haber conseguido los votos necesarios para superar al 35,66% obtenido por el radical, parecería que los cordobeses están hartos de la interminable interna protagonizada por el gobernador electo José Manuel de la Sota y el actual gobernador Juan Schiaretti que se ha visto complicada por las disputas entre el primero y su ex esposa, Olga Riutort, la que, recién transformada en kirchnerista, siguió a Mestre con el 27,13% de los sufragios. De todos modos, el principal derrotado de la jornada fue Luis Juez; un mes y medio antes, triunfó en la ciudad con el 39%, pero el domingo su candidato, Esteban Dómina, sólo consiguió el 8%. Se trata de un cambio fenomenal; sería fácil entender lo que ocurrió si últimamente Juez o Dómina hubieran cometido una serie de errores realmente garrafales, pero no hay motivos para suponer que lo hayan hecho. Para el candidato presidencial radical Ricardo Alfonsín lo sucedido en la capital cordobesa fue una señal de que aún no todo está perdido, de que los resultados de las primarias de agosto y los cambios detectados por las escasas encuestas que se han realizado a partir de entonces no necesariamente significan que en octubre se vea superado no sólo por Cristina sino también por el socialista Hermes Binner y, tal vez, el peronista Eduardo Duhalde, pero a esta altura entenderá que, desgraciadamente para él, los votantes saben distinguir muy bien entre las elecciones municipales por un lado y las nacionales o incluso provinciales por el otro. Parecería que mientras que, como tantos otros, el grueso de los cordobeses quiere que Cristina siga en la Casa Rosada por algunos años más y que gobierne su jurisdicción De la Sota a pesar de que sea reacio a comprometerse con la presidenta, está dispuesto a dejar la capital provincial en manos de los radicales encabezados por Mestre. La voluntad discriminatoria así reflejada, atribuible a la sensación de que hoy en día la militancia partidaria ha dejado de tener la importancia de otros tiempos, se ve repetida en muchas partes del país. Abundan los distritos en los que el electorado deja perplejos a los operadores gubernamentales privilegiando factores locales por encima de los nacionales o, como acabamos de ver en la ciudad de Córdoba, provinciales, poniendo en duda así el “poder de tracción” tanto de la presidenta como de otros dirigentes supuestamente carismáticos. Se trata de una consecuencia lógica de la atomización que desde hace décadas es tan característica de nuestro orden político. Puesto que los partidos son meras cáscaras agrietadas, todos los “proyectos” son unipersonales. Si por algún motivo un dirigente se cree capaz de liderar uno, no tardará en sentirse constreñido a aliarse con caciques de otros partidos –como hizo Alfonsín con el peronista disidente Francisco de Narváez–, lo que enojará sobremanera a miembros de su propia agrupación original que le reclamarán respetar la disciplina partidaria. Frente al panorama caótico así supuesto, los votantes prestan menos atención que en otros países al color de la camiseta llevada por los diversos aspirantes a ocupar puestos electivos, razón por la que incluso un triunfo mucho mayor por parte del radical Mestre sobre sus adversarios peronistas, entre ellos una que se afirma kirchnerista, no hubiera tenido demasiadas repercusiones en el resto del país.

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