La campaña terminó

Redacción

Por Redacción

Por fortuna, el “año electoral” concluyó abruptamente a las 18 en punto del domingo pasado. Aunque a muchos integrantes del gobierno nacional les costará ajustarse mentalmente al cambio, desde aquel momento no se ven constreñidos a subordinar todo a sus necesidades electorales sino que podrán dedicarse a pensar en otros asuntos, de los que el más apremiante es cómo impedir que los problemas económicos que se han acumulado desde iniciarse la prolongada temporada política provoquen trastornos graves antes de que, en el 2013, se pongan nuevamente en campaña. No les será fácil. Aunque algunos se afirman resueltos a prolongar por muchos años más la vida de un “modelo” que en opinión de otros ya se ha agotado, los más previsores entenderán que hay que prepararse para hacer frente a una crisis económica internacional que acaso sea todavía peor, y mucho más duradera, que la de hace dos años que, al provocar una recesión, posibilitó la derrota oficialista en las elecciones legislativas. Mientras que en otras partes del planeta las perspectivas frente a la economía local han obsesionado a todos los gobernantes y a sus adversarios, aquí la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus colaboradores principales han preferido dar a entender que a su juicio la Argentina no se vería demasiado perjudicada por una crisis que, según algunos, es tan ominosa como la que ochenta años atrás desató la Gran Depresión –la que, convendría recordarlo, tuvo consecuencias nefastas para nuestro país que, a diferencia de otros, nunca logró adaptarse a los cambios resultantes–. Si bien durante la campaña algunos opositores aludieron al tema, no querían dar la impresión de estar intentando asustar al electorado, razón por la que optaron por tratarlo con cautela. Dadas las circunstancias, es comprensible que desde el punto de vista de los voceros oficiales fuera forzoso minimizar los riesgos planteados por lo que sucedía en Estados Unidos, Europa y Brasil, porque les era prioritario convencer al electorado de que merced al gobierno el país estaba “blindado”, pero al optar por tal actitud dejaron pasar meses valiosos antes de terminar la campaña y por lo tanto llegar la hora de tomar las medidas que, bien que mal, resultarían ser necesarias. Luego de un año en que el manejo de la economía permaneció en manos del piloto automático, ya que el ministro y vicepresidente electo Amado Boudou privilegiaba sus quehaceres políticos, el gobierno de Cristina se enfrenta con una tarea muy ardua. No es ningún secreto que, para angustia de muchos empresarios, en los meses últimos el peso ha perdido competitividad, el déficit de comercio industrial se ha agigantado y la Argentina se ha visto convertida en un país importador de energía después de haber sido, a partir de los años noventa, un exportador –lo que, además de afectar la balanza comercial, ha hecho insostenibles las tarifas bajísimas a las que se ha acostumbrado la clase media porteña–, la inflación ha seguido su marcha, socavando el poder de compra de millones de familias, y la sangría de divisas ha adquirido dimensiones alarmantes. Como resultado, el país parece mucho más vulnerable frente a las vicisitudes de la economía internacional de lo que fue un par de años antes, cuando los superávits de los primeros años de gestión kirchnerista aún estaban en pie. Según algunos voceros oficiales, las dificultades por venir serán superadas merced a “la profundización del modelo”, pero puesto que dicho “modelo” no puede funcionar sin ingresos cada vez más abultados, una eventual caída abrupta de los precios de la soja y otros productos exportables del campo haría inevitable un ajuste, ya que ninguna sociedad puede vivir indefinidamente por encima de los medios disponibles. Cristina, su poder robustecido por su triunfo electoral, cuenta con el capital político que necesitará si se propone tomar medidas vigorosas para impedir que el período de auge económico que el país está disfrutando no termine como tantos otros anteriores, pero puede que se sienta tan comprometida con el “modelo” que se resistirá a modificarlo. De ser así, correría el riesgo de verse en la misma situación que otros presidentes que optaron por persistir en un rumbo determinado, negándose a prestar atención a las advertencias de quienes aconsejaban un cambio.


Por fortuna, el “año electoral” concluyó abruptamente a las 18 en punto del domingo pasado. Aunque a muchos integrantes del gobierno nacional les costará ajustarse mentalmente al cambio, desde aquel momento no se ven constreñidos a subordinar todo a sus necesidades electorales sino que podrán dedicarse a pensar en otros asuntos, de los que el más apremiante es cómo impedir que los problemas económicos que se han acumulado desde iniciarse la prolongada temporada política provoquen trastornos graves antes de que, en el 2013, se pongan nuevamente en campaña. No les será fácil. Aunque algunos se afirman resueltos a prolongar por muchos años más la vida de un “modelo” que en opinión de otros ya se ha agotado, los más previsores entenderán que hay que prepararse para hacer frente a una crisis económica internacional que acaso sea todavía peor, y mucho más duradera, que la de hace dos años que, al provocar una recesión, posibilitó la derrota oficialista en las elecciones legislativas. Mientras que en otras partes del planeta las perspectivas frente a la economía local han obsesionado a todos los gobernantes y a sus adversarios, aquí la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus colaboradores principales han preferido dar a entender que a su juicio la Argentina no se vería demasiado perjudicada por una crisis que, según algunos, es tan ominosa como la que ochenta años atrás desató la Gran Depresión –la que, convendría recordarlo, tuvo consecuencias nefastas para nuestro país que, a diferencia de otros, nunca logró adaptarse a los cambios resultantes–. Si bien durante la campaña algunos opositores aludieron al tema, no querían dar la impresión de estar intentando asustar al electorado, razón por la que optaron por tratarlo con cautela. Dadas las circunstancias, es comprensible que desde el punto de vista de los voceros oficiales fuera forzoso minimizar los riesgos planteados por lo que sucedía en Estados Unidos, Europa y Brasil, porque les era prioritario convencer al electorado de que merced al gobierno el país estaba “blindado”, pero al optar por tal actitud dejaron pasar meses valiosos antes de terminar la campaña y por lo tanto llegar la hora de tomar las medidas que, bien que mal, resultarían ser necesarias. Luego de un año en que el manejo de la economía permaneció en manos del piloto automático, ya que el ministro y vicepresidente electo Amado Boudou privilegiaba sus quehaceres políticos, el gobierno de Cristina se enfrenta con una tarea muy ardua. No es ningún secreto que, para angustia de muchos empresarios, en los meses últimos el peso ha perdido competitividad, el déficit de comercio industrial se ha agigantado y la Argentina se ha visto convertida en un país importador de energía después de haber sido, a partir de los años noventa, un exportador –lo que, además de afectar la balanza comercial, ha hecho insostenibles las tarifas bajísimas a las que se ha acostumbrado la clase media porteña–, la inflación ha seguido su marcha, socavando el poder de compra de millones de familias, y la sangría de divisas ha adquirido dimensiones alarmantes. Como resultado, el país parece mucho más vulnerable frente a las vicisitudes de la economía internacional de lo que fue un par de años antes, cuando los superávits de los primeros años de gestión kirchnerista aún estaban en pie. Según algunos voceros oficiales, las dificultades por venir serán superadas merced a “la profundización del modelo”, pero puesto que dicho “modelo” no puede funcionar sin ingresos cada vez más abultados, una eventual caída abrupta de los precios de la soja y otros productos exportables del campo haría inevitable un ajuste, ya que ninguna sociedad puede vivir indefinidamente por encima de los medios disponibles. Cristina, su poder robustecido por su triunfo electoral, cuenta con el capital político que necesitará si se propone tomar medidas vigorosas para impedir que el período de auge económico que el país está disfrutando no termine como tantos otros anteriores, pero puede que se sienta tan comprometida con el “modelo” que se resistirá a modificarlo. De ser así, correría el riesgo de verse en la misma situación que otros presidentes que optaron por persistir en un rumbo determinado, negándose a prestar atención a las advertencias de quienes aconsejaban un cambio.

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