La bomba es otra

Redacción

Por Redacción

Aunque nadie realmente tiene la menor idea de cuántas personas hay en el mundo, ya que en muchos países las estadísticas distan de ser confiables, las agencias de Naciones Unidas insisten en que a comienzos de esta semana el total alcanzó siete mil millones. Para muchos, se trata de una cifra escalofriante, evidencia de que la bomba demográfica está por estallar porque a su juicio el planeta ya se encuentra sobreocupado. Tales temores son anacrónicos. Si bien no cabe duda de que la población mundial continuará creciendo por algunas décadas más, es poco probable que se concreten las pesadillas de aquellos alarmistas que prevén una lucha feroz, de todos contra todos, por recursos naturales limitados. Sucede que incluso en países semidesarrollados como Irán y Túnez, la tasa de natalidad ha caído estrepitosamente en los años últimos, mientras que en los ricos el envejecimiento, agravado por la falta de interés de los relativamente jóvenes en procrear, pone en peligro el Estado de Bienestar que se creó después de la Segunda Guerra Mundial. En partes del África subsahariana, el crecimiento demográfico aún constituye un problema, pero la situación así supuesta podría cambiar en un lapso muy breve, como en efecto ha ocurrido en casi todos los países árabes, donde los islamistas entienden muy bien que permitir que las mujeres aprendan a leer y escribir los privaría del arma poblacional con la que esperan conquistar a sus enemigos occidentales. Una consecuencia inmediata del desarrollo económico y la difusión del consumismo que, además de las oportunidades educativas, suele acompañarlo, consiste en una reducción precipitada del número de hijos por mujer. Luego de promediar seis, siete o más, la cifra puede descender a apenas 1,2, como en el Japón, Alemania, España e Italia, lo que significa que, dentro de un par de generaciones, la población nativa de tales países disminuirá a un ritmo muy rápido. Huelga decir que el impacto económico, social y geopolítico de este fenómeno, que según algunos demógrafos ya podría ser irreversible, será muy grande. Últimamente, los dirigentes políticos de los países miembros de la Comunidad Europea se han dado cuenta de que tienen los días contados los sistemas previsionales generosos que construyeron cuando las perspectivas eran muy distintas, pero todos los esfuerzos por adecuarlos a los tiempos que corren aumentando, por un año o dos, la edad para jubilarse han provocado batallas políticas furiosas porque escasean los dispuestos a verse privados de lo que toman por un derecho adquirido irrenunciable. Aun cuando la mayoría sabe que los esquemas existentes han dejado de ser viables, los costos políticos de reformarlos son tan altos que muchos gobiernos no se animan a intentarlo. Para hacer todavía más sombrío el panorama ante los países en que la edad promedio supera los cuarenta años, los jóvenes ya se sienten abrumados por las deudas enormes que fueron acumuladas por sus mayores. Parecería que al género humano le es sumamente difícil llegar a un punto de equilibrio –de 2,1 hijos por mujer– para que la población se mantenga estable. Etapas de fertilidad excesiva se ven seguidas por otras en que la tasa de natalidad se desplome casi de la noche a la mañana, como en efecto sucedió en países hasta hace poco célebres por la cantidad de familias numerosas como Italia, España y Grecia. Otro país que según las estadísticas disponibles está por entrar en dicha categoría es China que, como advierten los demógrafos, a diferencia de Europa envejecerá antes de enriquecerse, lo que, desde luego, podría frenar abruptamente el crecimiento económico vertiginoso que tantos beneficios nos ha supuesto. Aunque en comparación con la evolución demográfica de otros países, la de la Argentina aún no parece demasiado preocupante –según el Banco Mundial, la tasa de fertilidad es 2,22– la tendencia es ominosa; pronto podría ubicarse por debajo del punto de equilibrio. Sin embargo, es una cosa saber que hoy en día el envejecimiento plantea problemas sumamente graves y que por lo tanto convendría que la tasa de crecimiento demográfico actual se mantuviera en los años próximos, y otra muy distinta asegurar que ello ocurra, ya que en Europa y el Japón han fracasado todos los intentos por impedir que la población deje de reproducirse.


Aunque nadie realmente tiene la menor idea de cuántas personas hay en el mundo, ya que en muchos países las estadísticas distan de ser confiables, las agencias de Naciones Unidas insisten en que a comienzos de esta semana el total alcanzó siete mil millones. Para muchos, se trata de una cifra escalofriante, evidencia de que la bomba demográfica está por estallar porque a su juicio el planeta ya se encuentra sobreocupado. Tales temores son anacrónicos. Si bien no cabe duda de que la población mundial continuará creciendo por algunas décadas más, es poco probable que se concreten las pesadillas de aquellos alarmistas que prevén una lucha feroz, de todos contra todos, por recursos naturales limitados. Sucede que incluso en países semidesarrollados como Irán y Túnez, la tasa de natalidad ha caído estrepitosamente en los años últimos, mientras que en los ricos el envejecimiento, agravado por la falta de interés de los relativamente jóvenes en procrear, pone en peligro el Estado de Bienestar que se creó después de la Segunda Guerra Mundial. En partes del África subsahariana, el crecimiento demográfico aún constituye un problema, pero la situación así supuesta podría cambiar en un lapso muy breve, como en efecto ha ocurrido en casi todos los países árabes, donde los islamistas entienden muy bien que permitir que las mujeres aprendan a leer y escribir los privaría del arma poblacional con la que esperan conquistar a sus enemigos occidentales. Una consecuencia inmediata del desarrollo económico y la difusión del consumismo que, además de las oportunidades educativas, suele acompañarlo, consiste en una reducción precipitada del número de hijos por mujer. Luego de promediar seis, siete o más, la cifra puede descender a apenas 1,2, como en el Japón, Alemania, España e Italia, lo que significa que, dentro de un par de generaciones, la población nativa de tales países disminuirá a un ritmo muy rápido. Huelga decir que el impacto económico, social y geopolítico de este fenómeno, que según algunos demógrafos ya podría ser irreversible, será muy grande. Últimamente, los dirigentes políticos de los países miembros de la Comunidad Europea se han dado cuenta de que tienen los días contados los sistemas previsionales generosos que construyeron cuando las perspectivas eran muy distintas, pero todos los esfuerzos por adecuarlos a los tiempos que corren aumentando, por un año o dos, la edad para jubilarse han provocado batallas políticas furiosas porque escasean los dispuestos a verse privados de lo que toman por un derecho adquirido irrenunciable. Aun cuando la mayoría sabe que los esquemas existentes han dejado de ser viables, los costos políticos de reformarlos son tan altos que muchos gobiernos no se animan a intentarlo. Para hacer todavía más sombrío el panorama ante los países en que la edad promedio supera los cuarenta años, los jóvenes ya se sienten abrumados por las deudas enormes que fueron acumuladas por sus mayores. Parecería que al género humano le es sumamente difícil llegar a un punto de equilibrio –de 2,1 hijos por mujer– para que la población se mantenga estable. Etapas de fertilidad excesiva se ven seguidas por otras en que la tasa de natalidad se desplome casi de la noche a la mañana, como en efecto sucedió en países hasta hace poco célebres por la cantidad de familias numerosas como Italia, España y Grecia. Otro país que según las estadísticas disponibles está por entrar en dicha categoría es China que, como advierten los demógrafos, a diferencia de Europa envejecerá antes de enriquecerse, lo que, desde luego, podría frenar abruptamente el crecimiento económico vertiginoso que tantos beneficios nos ha supuesto. Aunque en comparación con la evolución demográfica de otros países, la de la Argentina aún no parece demasiado preocupante –según el Banco Mundial, la tasa de fertilidad es 2,22– la tendencia es ominosa; pronto podría ubicarse por debajo del punto de equilibrio. Sin embargo, es una cosa saber que hoy en día el envejecimiento plantea problemas sumamente graves y que por lo tanto convendría que la tasa de crecimiento demográfico actual se mantuviera en los años próximos, y otra muy distinta asegurar que ello ocurra, ya que en Europa y el Japón han fracasado todos los intentos por impedir que la población deje de reproducirse.

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