La última batalla del gran Smokin’ Joe

El temple de Frazier lo hizo enfrentarse sin complejos a glorias como Ali, con quien sostuvo un épico duelo en las Filipinas de Marcos.

Redacción

Por Redacción

Pasa siempre. Se suele odiar al que se atreve a enfrentar al héroe. Se desea su humillación, el golpe más feroz, el nocaut más fulminante. Pero, para desgracia de quienes ubicaban a Joe Frazier en el rincón contrario a sus simpatías, la pregunta cargada de resignación era cómo un boxeador podía adquirir semejante capacidad de ir siempre hacia adelante sin importarle la valía o el tamaño de quien tuviera enfrente. Frazier era el prototipo de boxeador sabedor de que el ring era el vehículo –el único– que lo podía sacar de la miseria y el hambre. Ésta es la especie más peligrosa dentro de un género que suele calzarse los guantes no sólo por deporte. La leyenda de Smokin’ Joe está ligada indefectiblemente a la de Muhammad Ali, héroe para algunos y villano para pocos, el que flotaba como mariposa y picaba como avispa, el bailarín, el mejor boxeador de todos los tiempos. Pero sin Frazier el granítico pegador compactado en sólo 1,81 metros de agresividad y actitud, el ‘street fighting man’ de Filadelfia (como Rocky, aunque sin estatua), no hubiera habido Ali. Y viceversa. Frazier no retrocedió ante nada ni ante nadie. Sólo lo hizo ante un fulminante cáncer de hígado que le habían diagnosticado apenas hacía unas semanas. Es que nada fue fácil para Joe, el menor de trece hermanos de una familia llena de privaciones. Cuando dejaba las jornadas de 12 horas en la plantación de algodón junto a su padre, al que le faltaba un brazo, en Carolina del Norte, el joven Joseph William moldeaba su cuerpo con una bolsa de arena que colgaba de un árbol en el campo, soñando emular algún día al gran Joe Louis, su ídolo e inspirador. Sería Filadelfia la que lo adoptara y un tal Jack Durhan quien lo cobijara y lo pusiera a prueba: “Vamos, muchacho. A ver cómo sacas humo a la bolsa”. Para Joe, cuyos nudillos se habían acerado en la plantación, no fue una tarea demasiado difícil y desde aquel día su apodo lo acompañó para toda la vida: “Smokin’ Joe”, el humeante Joe. Las adversidades fueron forjando su personalidad y Frazier no era de desaprovechar oportunidades. Sabía que la vida era demasiado dura como para dejar pasar el tren sin más. Sólo dos años después de haber llegado a Filadelfia disputó el combate final por un lugar en los Juegos Olímpicos de Tokio, pero cayó ante Buster Mathis. Pero la buena estrella comenzó a guiar la vida de Joe: Mathis se quebró un dedo, no pudo ir a Japón y Frazier ocupó su lugar. Y sí, la medalla de oro fue de Smokin’ Joe. Pero nadie lo fue a esperar al aeropuerto y la prensa ignoró su logro. Todos estaban pendientes del incipiente ascenso de un boxeador llamado Cassius Clay. Fue como volver a empezar. Frazier enterró aquella indiferencia y comenzó su carrera profesional destrozando rivales. Se sobrepuso a duros oponentes como Oscar Ringo Bonavena, quien lo mandó dos veces a la lona en el segundo round del primer combate entre ambos pero no pudo vencerlo. El estigma Ali se metió de lleno en la vida de Frazier ya entrada la década del 70. Joe ya era campeón mundial: había derrotado en cuatro asaltos a Jimmy Ellis por el título vacante del que habían despojado a Ali después de que éste se negara a ir a la guerra de Vietman. Smokin’ Joe era el campeón, pero la sombra del ex monarca le quitaba brillo, aunque mucho no le preocupó. Frazier esperó a Ali dándole alas a su otra pasión: el rock and roll. Fundó la Frazier and The Konockouts, donde él era el cantante. La banda fue furor en Filadelfia y uno de sus temas fue el más vendido de la región. “Voy a dedicarme a la música durante tres años, hasta que ese Ali, Clay o como quiera él llamarse, pueda luchar conmigo”, dijo Frazier. El día llegó. Fue el 8 de marzo de 1971 con el Madison Square Garden, el mítico templo neoyorquino, como escenario, desbordado de aficionados y 300 millones de telespectadores en todo el mundo. Ese día Frazier dejó claro que Ali no era un extraterrestre. La fiereza de Joe fue demasiado para la exquisita técnica y velocidad de su rival, que por primera vez era vencido y también derribado ya que Ali nunca había visitado la lona. Frazier tocó el cielo con las manos y lleno de confianza realizó cuatro defensas más de su título. Pero en la tierra de los peso pesado apareció un tercero en discordia con fama de exterminador que no tardó mucho tiempo en desafiarlo: George Foreman. Dos años después de la pelea con Ali, en Kingston, Jamaica, la diferencia de talla con el gigante Foreman fue demasiado para Frazier, quien apenas aguantó dos rounds. Había que volver a empezar y otra vez Ali se puso en su camino, aunque esta vez Smokin’ Joe se fue a la lona en dos oportunidades en el quinto asalto y terminó perdiendo por puntos. Fue en enero del 74, año en que Ali volvió a ser campeón mundial tras vencer a Foreman en Kinshasa, Zaire. Como consecuencia inmediata de este combate el mundo se preparaba ya para la tercera batalla, la vencida, entre Frazier y Ali. Y si Zaire había sido una sede extravagante para una pelea, qué decir de Filipinas, un país asolado por la pobreza y la corrupción comandado por el dictador Ferdinad Marcos, que al momento del combate (1 de octubre de 1975) llevaba tres años gobernando bajo ley marcial. La idea de Marcos era maquillar la imagen del país ante el mundo y promocionó el combate como “Thrilla en Manila”. Fue la pelea más espectacular y épica de la historia. Dos boxeadores entregados hasta el paroxismo, sin respiro ni piedad que tuvieron en vilo a la multitud por 14 rounds. En la película “El más grande” Angelo Dundee, el viejo “zorro” que comandaba el rincón de Ali, cuenta que vio cómo Eddie Futch, el segundo principal de Frazier, tomaba la toalla para decretar el nocaut técnico para su pupilo en el descanso antes del último asalto. “Yo sólo le pedía a Ali que se levantara del banquillo, sólo eso. Él, al igual que Joe, tampoco quería combatir más. Lo habían dado todo”. Frazier no logró reconquistar el título, pero se hizo dueño de un sitial sólo reservado para aquellos que han sobrepasado todos los requisitos que debe tener un boxeador. Smokin’ Joe fue más allá y bien ganado se tiene su lugar en el cielo.

walter rodríguez wrodriguez@rionegro.com.ar


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