Docentes bajo fuego
A muchos peronistas les gusta hacer gala del desprecio que dicen sentir por “los números”, ya que en su opinión deberían subordinarse siempre a las necesidades de la gente, pero es evidente que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no comparte tal postura. En el discurso maratónico, de tres horas y media, con el que apabulló a los parlamentarios, invitados especiales y televidentes al inaugurar el 130º período de sesiones ordinarias del Congreso el jueves pasado, la presidenta sacó de la galera una cantidad asombrosa de cifras con el propósito de convencernos de que “el modelo” está funcionando maravillosamente bien y que, si aún existen algunos problemas, se deben a factores que le son ajenos como el corralito o la ilusión atribuida a Mauricio Macri de que la capital federal es Nueva York. También hizo uso Cristina de los números para vapulear a los docentes que, dijo, tienen un día laboral de cuatro horas, toman tres meses de vacaciones y, para colmo, puesto que “hay 998.000 docentes físicos para 1,5 millones de cargos, el promedio de ausentismo es de 24,18%, un cuarto de la masa salarial se paga dos veces”. La situación de su provincia adoptiva, Santa Cruz, recibió un análisis detallado destinado a mostrar que, si bien los principiantes cobran 4.599 pesos en bruto, la tasa de ausentismo llega al 47,12%. Huelga decir que nunca hubo posibilidad alguna de que la fría lógica de los números mencionados por Cristina impresionara a los gremios docentes. Como era de prever, todos reaccionaron con indignación frente a la acusación apenas velada de que los maestros son haraganes que “han quedado atrapados en una lógica de otro país, la lógica de la Carpa Blanca” que conforme a la presidenta existió antes de la llegada a la Casa Rosada de Néstor Kirchner y del “modelo” inclusivo, nacional y popular que supuestamente transformó todo. Según los gremialistas del sector, es absurdo suponer que los maestros se limiten a trabajar cuatro horas los días laborales y todos disfruten de tres meses de vacaciones. Tienen razón los voceros sindicales. Por ser la docencia una actividad que no se presta fácilmente a las mediciones estadísticas, habrá maestros que sí se aproximan al estereotipo ensayado por Cristina, pero también habrá muchos otros cuya dedicación a su oficio los hace trabajar muchas horas más que el grueso de los asalariados. Así y todo, por motivos que podrían calificarse de estructurales, los sindicatos agrupados en la Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina (Ctera) y en otras organizaciones son reacios a discriminar entre los docentes buenos y quienes no lo son. Lo mismo que sus equivalentes en otras latitudes, hablan y actúan como si todos los docentes fueran igualmente merecedores de los aumentos que están reclamando, lo que dista de ser el caso. Que no sólo Cristina sino también los gobernadores provinciales se sientan exasperados por los paros constantes y por lo difícil que es negociar con sindicalistas al parecer insaciables puede entenderse, pero no conviene a nadie que adopten una actitud beligerante, denigrando a los docentes en su conjunto. Por lo demás, aunque la oferta de un aumento del 20% a nivel nacional propuesta por la presidenta sería más que razonable si la tasa de inflación estuviera por debajo del 10% anual, como nos informa el Indec, parece conflictiva para los convencidos de que supera el 25% y podría estar por pegar un salto a causa de la “sintonía fina” que está en marcha. Sea como fuere, no sorprendería del todo que las palabras agresivas de Cristina, combinadas con la duplicación reciente de los haberes de los legisladores, aseguraran que el año lectivo que está comenzando se viera interrumpido una y otra vez por paros docentes al fortalecer a los gremialistas más combativos. De ser así, el sistema educativo, que a juzgar por los resultados de las pruebas internacionales se ha degenerado tanto que ya es inferior a los de nuestros vecinos y está a años luz de los de Corea del Sur y Finlandia, continuará deteriorándose, con consecuencias trágicas para millones de jóvenes que se verán privados de la posibilidad de un futuro digno, además, claro está, de condenar al país a un destino de tercera en un mundo en que el desempeño relativo de los distintos grupos humanos dependerá cada vez más de la educación.
A muchos peronistas les gusta hacer gala del desprecio que dicen sentir por “los números”, ya que en su opinión deberían subordinarse siempre a las necesidades de la gente, pero es evidente que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no comparte tal postura. En el discurso maratónico, de tres horas y media, con el que apabulló a los parlamentarios, invitados especiales y televidentes al inaugurar el 130º período de sesiones ordinarias del Congreso el jueves pasado, la presidenta sacó de la galera una cantidad asombrosa de cifras con el propósito de convencernos de que “el modelo” está funcionando maravillosamente bien y que, si aún existen algunos problemas, se deben a factores que le son ajenos como el corralito o la ilusión atribuida a Mauricio Macri de que la capital federal es Nueva York. También hizo uso Cristina de los números para vapulear a los docentes que, dijo, tienen un día laboral de cuatro horas, toman tres meses de vacaciones y, para colmo, puesto que “hay 998.000 docentes físicos para 1,5 millones de cargos, el promedio de ausentismo es de 24,18%, un cuarto de la masa salarial se paga dos veces”. La situación de su provincia adoptiva, Santa Cruz, recibió un análisis detallado destinado a mostrar que, si bien los principiantes cobran 4.599 pesos en bruto, la tasa de ausentismo llega al 47,12%. Huelga decir que nunca hubo posibilidad alguna de que la fría lógica de los números mencionados por Cristina impresionara a los gremios docentes. Como era de prever, todos reaccionaron con indignación frente a la acusación apenas velada de que los maestros son haraganes que “han quedado atrapados en una lógica de otro país, la lógica de la Carpa Blanca” que conforme a la presidenta existió antes de la llegada a la Casa Rosada de Néstor Kirchner y del “modelo” inclusivo, nacional y popular que supuestamente transformó todo. Según los gremialistas del sector, es absurdo suponer que los maestros se limiten a trabajar cuatro horas los días laborales y todos disfruten de tres meses de vacaciones. Tienen razón los voceros sindicales. Por ser la docencia una actividad que no se presta fácilmente a las mediciones estadísticas, habrá maestros que sí se aproximan al estereotipo ensayado por Cristina, pero también habrá muchos otros cuya dedicación a su oficio los hace trabajar muchas horas más que el grueso de los asalariados. Así y todo, por motivos que podrían calificarse de estructurales, los sindicatos agrupados en la Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina (Ctera) y en otras organizaciones son reacios a discriminar entre los docentes buenos y quienes no lo son. Lo mismo que sus equivalentes en otras latitudes, hablan y actúan como si todos los docentes fueran igualmente merecedores de los aumentos que están reclamando, lo que dista de ser el caso. Que no sólo Cristina sino también los gobernadores provinciales se sientan exasperados por los paros constantes y por lo difícil que es negociar con sindicalistas al parecer insaciables puede entenderse, pero no conviene a nadie que adopten una actitud beligerante, denigrando a los docentes en su conjunto. Por lo demás, aunque la oferta de un aumento del 20% a nivel nacional propuesta por la presidenta sería más que razonable si la tasa de inflación estuviera por debajo del 10% anual, como nos informa el Indec, parece conflictiva para los convencidos de que supera el 25% y podría estar por pegar un salto a causa de la “sintonía fina” que está en marcha. Sea como fuere, no sorprendería del todo que las palabras agresivas de Cristina, combinadas con la duplicación reciente de los haberes de los legisladores, aseguraran que el año lectivo que está comenzando se viera interrumpido una y otra vez por paros docentes al fortalecer a los gremialistas más combativos. De ser así, el sistema educativo, que a juzgar por los resultados de las pruebas internacionales se ha degenerado tanto que ya es inferior a los de nuestros vecinos y está a años luz de los de Corea del Sur y Finlandia, continuará deteriorándose, con consecuencias trágicas para millones de jóvenes que se verán privados de la posibilidad de un futuro digno, además, claro está, de condenar al país a un destino de tercera en un mundo en que el desempeño relativo de los distintos grupos humanos dependerá cada vez más de la educación.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora