La maquinita de Mercedes
Muchos piensan que es sumamente peligroso dejar que políticos populistas se diviertan jugando con la maquinita de imprimir billetes, pero su punto de vista no está compartido por la presidenta del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, que el domingo pasado nos informó que “es totalmente falso decir que la emisión genera inflación”, de modo que no hay motivos para preocuparse si al gobierno se le ocurre inyectar muchísimo más dinero en el sistema. No fue la primera vez que la economista desarrollista haya intentado curar a los demás de una fobia que, como sabe, está muy difundida en el país. Ya antes de hacerse cargo del Banco Central, Marcó del Pont solía insistir en que la inflación no es un problema monetario como suponen los ortodoxos liberales sino lo que sucede cuando la oferta no alcanza para satisfacer la demanda, de suerte que para combatirla sólo hay que producir más: no se equivocaba, pero sucede que aumentar la oferta depende de algo más que la voluntad del gobierno de turno. Tampoco se equivocaría por completo si reemplazara “totalmente” por una palabra menos contundente al aludir al vínculo entre la emisión de billetes por un lado y el aumento sostenido y generalizado de los precios por el otro. Todo depende de las circunstancias. Si por motivos coyunturales hubiera mucha capacidad ociosa, como fue el caso en el 2002, aumentar el dinero en circulación no necesariamente provocaría más inflación; en cambio, de no resultar posible incrementar la producción, emitir más equivale a echar nafta sobre un incendio. Puesto que en los meses últimos se ha registrado una fuerte desaceleración de la economía, sería mejor que en esta ocasión la funcionaria a cargo de defender el valor de la moneda nacional se resistiera a poner a prueba sus teorías. Caso contrario, la Argentina no tardaría en superar a Venezuela en materia de inflación, una hazaña que sólo beneficiaría a aquellos especuladores que son duchos en el arte de aprovechar las dificultades ajenas. El entusiasmo que según parece siente Marcó del Pont por la emisión monetaria, como si se tratara de una panacea universal, es de por sí inflacionario. Al brindar la impresión de que el país ya ha ingresado en una etapa signada por el descontrol y por la negativa presuntamente principista de las autoridades del Banco Central a cumplir lo que en latitudes menos esclarecidas se supone es su función básica, las declaraciones de la desarrollista reciclada en kirchnerista han incidido en las expectativas de virtualmente todos los agentes económicos, estimulándolos a indexar sus negocios, aumentar sus precios y, desde luego, demorar todavía más en comprometerse haciendo las inversiones que algunos habrán tenido en mente. Así las cosas, no extraña en absoluto que en los días últimos el recién reaparecido dólar paralelo se haya alejado del oficial, aproximándose a los 5 pesos. Se trata de un síntoma tradicional del malestar que se apodera del país cuando hay motivos para sospechar que el gobierno se ve desbordado por problemas que no está en condiciones de solucionar. Parecería que Cristina, alarmada por la caída rápida de su propio índice de aprobación y por el temor a que un ajuste riguroso la prive del apoyo de buena parte de la clase media urbana, en especial la porteña y la bonaerense, ha optado por huir hacia adelante, echando mano a las reservas para seguir financiando los frondosos aparatos clientelistas que ha construido y, por supuesto, para impulsar el consumo cueste lo que costare con la esperanza de que sirva para potenciar la oferta. Para la presidenta, el que la encargada del Banco Central le haya asegurado que la estrategia así supuesta no será inflacionaria, ya que “solamente en la Argentina se mantiene esa idea de que la expansión de la cantidad de dinero genera inflación”, es sin duda muy grato, pero por ser tan común en el país la superstición a la que aludía Marcó del Pont debería entender que, aun cuando sólo fuera por motivos psicológicos, no le convendría del todo hacer pensar que, a diferencia de su marido fallecido, es partidaria de la indisciplina fiscal por suponer que no hay nada mejor que la famosa maquinita para “reactivar el aparato productivo” lo bastante como para que la inflación se apague, ahogada por un diluvio de bienes y servicios de origen netamente nacional.
Muchos piensan que es sumamente peligroso dejar que políticos populistas se diviertan jugando con la maquinita de imprimir billetes, pero su punto de vista no está compartido por la presidenta del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, que el domingo pasado nos informó que “es totalmente falso decir que la emisión genera inflación”, de modo que no hay motivos para preocuparse si al gobierno se le ocurre inyectar muchísimo más dinero en el sistema. No fue la primera vez que la economista desarrollista haya intentado curar a los demás de una fobia que, como sabe, está muy difundida en el país. Ya antes de hacerse cargo del Banco Central, Marcó del Pont solía insistir en que la inflación no es un problema monetario como suponen los ortodoxos liberales sino lo que sucede cuando la oferta no alcanza para satisfacer la demanda, de suerte que para combatirla sólo hay que producir más: no se equivocaba, pero sucede que aumentar la oferta depende de algo más que la voluntad del gobierno de turno. Tampoco se equivocaría por completo si reemplazara “totalmente” por una palabra menos contundente al aludir al vínculo entre la emisión de billetes por un lado y el aumento sostenido y generalizado de los precios por el otro. Todo depende de las circunstancias. Si por motivos coyunturales hubiera mucha capacidad ociosa, como fue el caso en el 2002, aumentar el dinero en circulación no necesariamente provocaría más inflación; en cambio, de no resultar posible incrementar la producción, emitir más equivale a echar nafta sobre un incendio. Puesto que en los meses últimos se ha registrado una fuerte desaceleración de la economía, sería mejor que en esta ocasión la funcionaria a cargo de defender el valor de la moneda nacional se resistiera a poner a prueba sus teorías. Caso contrario, la Argentina no tardaría en superar a Venezuela en materia de inflación, una hazaña que sólo beneficiaría a aquellos especuladores que son duchos en el arte de aprovechar las dificultades ajenas. El entusiasmo que según parece siente Marcó del Pont por la emisión monetaria, como si se tratara de una panacea universal, es de por sí inflacionario. Al brindar la impresión de que el país ya ha ingresado en una etapa signada por el descontrol y por la negativa presuntamente principista de las autoridades del Banco Central a cumplir lo que en latitudes menos esclarecidas se supone es su función básica, las declaraciones de la desarrollista reciclada en kirchnerista han incidido en las expectativas de virtualmente todos los agentes económicos, estimulándolos a indexar sus negocios, aumentar sus precios y, desde luego, demorar todavía más en comprometerse haciendo las inversiones que algunos habrán tenido en mente. Así las cosas, no extraña en absoluto que en los días últimos el recién reaparecido dólar paralelo se haya alejado del oficial, aproximándose a los 5 pesos. Se trata de un síntoma tradicional del malestar que se apodera del país cuando hay motivos para sospechar que el gobierno se ve desbordado por problemas que no está en condiciones de solucionar. Parecería que Cristina, alarmada por la caída rápida de su propio índice de aprobación y por el temor a que un ajuste riguroso la prive del apoyo de buena parte de la clase media urbana, en especial la porteña y la bonaerense, ha optado por huir hacia adelante, echando mano a las reservas para seguir financiando los frondosos aparatos clientelistas que ha construido y, por supuesto, para impulsar el consumo cueste lo que costare con la esperanza de que sirva para potenciar la oferta. Para la presidenta, el que la encargada del Banco Central le haya asegurado que la estrategia así supuesta no será inflacionaria, ya que “solamente en la Argentina se mantiene esa idea de que la expansión de la cantidad de dinero genera inflación”, es sin duda muy grato, pero por ser tan común en el país la superstición a la que aludía Marcó del Pont debería entender que, aun cuando sólo fuera por motivos psicológicos, no le convendría del todo hacer pensar que, a diferencia de su marido fallecido, es partidaria de la indisciplina fiscal por suponer que no hay nada mejor que la famosa maquinita para “reactivar el aparato productivo” lo bastante como para que la inflación se apague, ahogada por un diluvio de bienes y servicios de origen netamente nacional.
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