Gabinete grisáceo

En vista de lo vertiginosa que está resultando esta "crisis terminal", que Duhalde sólo haya podido reclutar a mediocridades, es ominoso.

Redacción

Por Redacción

Han sido decepcionados los que esperaban que, aleccionado por los muchos errores cometidos en la primera fase de su gestión y por las consecuencias calamitosas de algunas decisiones que se han tomado, Eduardo Duhalde aprovecharía la renovación de su gabinete para dar más oxígeno a su gobierno desfalleciente que, ya es evidente, no resultará capaz de afrontar la crisis. Si bien al país le convendría que el presidente de la República se viera acompañado por un equipo que fuera mucho más talentoso y más representativo que el original, por distintos motivos Duhalde terminó conformándose con personajes que acaso disfrutan de cierto apoyo en el sindicalismo «gordo», como es el caso del allegado de Alberto Pierri, el nuevo jefe de Gabinete, Alfredo Atanasof, además del pampeano «todoterreno» Jorge Matzkin, pero que no inspiran mucha confianza en el resto del país ni en el exterior.

Por cierto, la incorporación al gabinete de la esposa del movedizo sindicalista Luis Barrionuevo, hombre que hasta hace poco reclamaba elecciones inmediatas, ya ha sido atribuida a nada más que el deseo de Duhalde de amordazar al actual senador: puede que tal juicio sea injusto porque la diputada Graciela Camaño no carece de experiencia en el ámbito de trabajo, pero no cabe duda de que su nombramiento ha tenido repercusiones muy negativas. Tal vez Duhalde no se haya sentido preocupado por la pésima imagen de Barrionuevo, pero en opinión de muchos el gastronómico sigue siendo el símbolo viviente de la corrupción y del desparpajo que eran característicos del menemismo.

Si bien la chatura llamativa de este segundo gabinete duhaldista se ha debido en buena medida a la resistencia de dirigentes conocidos, entre los cuales el más eminente es el gobernador cordobés José Manuel de la Sota, a acercarse demasiado a un gobierno cuyas perspectivas les parecen poco promisorias, aunque sólo fuera «prestándole hombres», es de por sí alarmante que, por motivos vinculados con la interna peronista y las ambiciones de quienes se creen presidenciables, en medio de una emergencia peligrosísima el país no haya podido contar con el mejor gobierno posible. Significa que tal y como está constituida, la clase política nacional sencillamente no está en condiciones de ponerse a la altura de las circunstancias. Lo que es peor aún, abundan las fracciones que actúan como si estuvieran convencidas de que es de su interés impedir que haya un gobierno auténtico que sea lo bastante fuerte como para emprender un programa de reformas estructurales: huelga decir que lo que en el contexto político tradicional podría tomarse por un alarde de astucia es, en el marco de la crisis, un síntoma más de la vocación suicida que según parece se ha apoderado del grueso de la clase gobernante nacional. Desgraciadamente para los millones de ciudadanos que dependen por completo del estado del país en su conjunto, todo hace suponer que no habrá un gobierno adecuado hasta que por fin el largo melodrama político haya alcanzado su culminación, buena parte del elenco se haya visto obligada a abandonar el escenario y la haya reemplazado otro que sea, esperemos, un tanto más idóneo.

La razones de esta situación a un tiempo exasperante y absurda son sin duda muy complejas. Después de muchos años de hegemonía compartida, el radicalismo y el peronismo han creado un sistema casi cerrado que si bien ya ha arruinado al país, ha conservado su capacidad para perpetuarse, frustrando de este modo todos los intentos de frenar el deterioro que ya afecta a cada aspecto de la vida del país. Con todo, no cabe duda de que el estilo suspicaz y pueblerino de Duhalde, además de sus notorias limitaciones conceptuales, ha resultado ser un factor determinante. De tratarse de un dirigente menos cuestionado por sus pares y por la sociedad, el presidente sería capaz de convocar a personalidades de más prestigio para servir en un gobierno de salvación nacional y no, como es el caso, a individuos que en épocas «normales» ni siquiera figurarían entre los candidatos a cumplir tareas importantes. En vista de lo vertiginosa que está resultando la evolución de esta «crisis terminal», el hecho de que Duhalde sólo haya podido reclutar a mediocridades o, a lo sumo, a hombres y mujeres que en buena lógica desempeñarían cargos secundarios, es muy ominoso.


Han sido decepcionados los que esperaban que, aleccionado por los muchos errores cometidos en la primera fase de su gestión y por las consecuencias calamitosas de algunas decisiones que se han tomado, Eduardo Duhalde aprovecharía la renovación de su gabinete para dar más oxígeno a su gobierno desfalleciente que, ya es evidente, no resultará capaz de afrontar la crisis. Si bien al país le convendría que el presidente de la República se viera acompañado por un equipo que fuera mucho más talentoso y más representativo que el original, por distintos motivos Duhalde terminó conformándose con personajes que acaso disfrutan de cierto apoyo en el sindicalismo "gordo", como es el caso del allegado de Alberto Pierri, el nuevo jefe de Gabinete, Alfredo Atanasof, además del pampeano "todoterreno" Jorge Matzkin, pero que no inspiran mucha confianza en el resto del país ni en el exterior.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora