El drama de la austeridad

Redacción

Por Redacción

Si bien en Europa siguen cobrando fuerza las protestas callejeras contra los programas de austeridad que están en marcha, la mayoría parece entender que es inútil rebelarse contra la estrechez resultante. Incluso los economistas “keynesianos” que dicen que la austeridad es contraproducente, ya que estimular la producción debería ser prioritario, no han logrado plantear una alternativa convincente para países como Grecia y España que, desafortunadamente para ellos, comparten su moneda, el euro, con Alemania, Austria y Holanda. Puesto que a los ciudadanos de los países más ricos de la Unión Europea no les gusta para nada la idea de que les corresponda subsidiar a los relativamente pobres, aunque sólo fuera porque saben que si lo hicieran lo único que lograrían sería ayudar a perpetuarse sistemas sociopolíticos que a su juicio se caracterizan por la corrupción, el clientelismo y el amiguismo, y que por lo tanto son incompatibles con el progreso económico, los gobiernos del sur del Viejo Continente tendrán que optar entre continuar haciendo gala de un grado inusitado de rigor fiscal por un lado y, por el otro, resignarse a salir de la Eurozona. La semana pasada, el suicidio en la plaza principal de Atenas de un farmacéutico jubilado de 77 años, que dejó escrita una nota en que decía no encontrar “otra solución para un final digno y no tener que buscar en la basura para alimentarme”, tuvo un impacto muy fuerte no sólo en Grecia sino también en los demás países del sur de Europa, al recordarles a todos que los más perjudicados por los cortes y por la recesión no son los acusados de ser responsables de la crisis sino personas de ingresos escasos que, puede presumirse, siempre trabajaron, pagando sus impuestos como era debido. Dicho de otro modo, se trata de la necesidad de procurar conservar cierta “justicia social” en tiempos difíciles, lo que, por desgracia, no es del todo fácil, ya que la eventual recuperación dependerá en buena medida de empresarios habituados desde hace décadas a evadir los impuestos, de integrantes de una clase política que ha sabido defender sus intereses corporativos y, por supuesto, de los líderes de otros países y de los a menudo caprichosos mercados financieros internacionales. A juicio de algunos agoreros, lo que estamos presenciando es el fin no del capitalismo liberal, ya que variantes del sistema así denominado operan en todos los países con la excepción nada atractiva de Corea del Norte, sino del Estado benefactor europeo, acaso el mejor arreglo socioeconómico de todos los ensayados hasta ahora. Es posible que exageren, pero no cabe duda de que para ahorrarse un colapso catastrófico los países europeos tendrían que aumentar la proporción de productivos y reducir la de dependientes, de ahí las reformas que están llevándose a cabo de los esquemas previsionales, la creciente “flexibilización” laboral que tanto molesta a los sindicatos y la tendencia de privar de beneficios a los denunciados como parásitos sociales porque nunca han tenido un empleo estable. He aquí las razones por las que, para sorpresa de muchos, en buena parte de Europa una convulsión económica atribuida a las deficiencias inherentes al capitalismo no se ha visto seguida por el avance de la izquierda sino, por el contrario, por un giro hacia la derecha liberal. Puede que en Francia –según las encuestas, el país más anticapitalista de la Unión Europea– esté por llegar al poder el socialista François Hollande, que se ha comprometido a tomar medidas decididamente estatistas, merced a la impopularidad del presidente actual, Nicolas Sarkozy, pero en tal caso no extrañaría que siguiera las huellas de otro presidente socialista, François Mitterrand, que a comienzos de los años ochenta del siglo pasado se vio obligado por los mercados a abandonar un programa izquierdista parecido al propuesto por su correligionario. Es que en circunstancias determinadas la austeridad no es una opción sino una necesidad; lo que sí pueden elegir los gobernantes es dónde aplicar los cortes más dolorosos para que resulten tolerables para los más vulnerables, como aquel jubilado griego que se suicidó en Atenas, pero no es demasiado probable que muchos se permitan conmover por las penurias de individuos como él, que carecen del poder político suficiente como para obligarlos a prestarles atención.


Si bien en Europa siguen cobrando fuerza las protestas callejeras contra los programas de austeridad que están en marcha, la mayoría parece entender que es inútil rebelarse contra la estrechez resultante. Incluso los economistas “keynesianos” que dicen que la austeridad es contraproducente, ya que estimular la producción debería ser prioritario, no han logrado plantear una alternativa convincente para países como Grecia y España que, desafortunadamente para ellos, comparten su moneda, el euro, con Alemania, Austria y Holanda. Puesto que a los ciudadanos de los países más ricos de la Unión Europea no les gusta para nada la idea de que les corresponda subsidiar a los relativamente pobres, aunque sólo fuera porque saben que si lo hicieran lo único que lograrían sería ayudar a perpetuarse sistemas sociopolíticos que a su juicio se caracterizan por la corrupción, el clientelismo y el amiguismo, y que por lo tanto son incompatibles con el progreso económico, los gobiernos del sur del Viejo Continente tendrán que optar entre continuar haciendo gala de un grado inusitado de rigor fiscal por un lado y, por el otro, resignarse a salir de la Eurozona. La semana pasada, el suicidio en la plaza principal de Atenas de un farmacéutico jubilado de 77 años, que dejó escrita una nota en que decía no encontrar “otra solución para un final digno y no tener que buscar en la basura para alimentarme”, tuvo un impacto muy fuerte no sólo en Grecia sino también en los demás países del sur de Europa, al recordarles a todos que los más perjudicados por los cortes y por la recesión no son los acusados de ser responsables de la crisis sino personas de ingresos escasos que, puede presumirse, siempre trabajaron, pagando sus impuestos como era debido. Dicho de otro modo, se trata de la necesidad de procurar conservar cierta “justicia social” en tiempos difíciles, lo que, por desgracia, no es del todo fácil, ya que la eventual recuperación dependerá en buena medida de empresarios habituados desde hace décadas a evadir los impuestos, de integrantes de una clase política que ha sabido defender sus intereses corporativos y, por supuesto, de los líderes de otros países y de los a menudo caprichosos mercados financieros internacionales. A juicio de algunos agoreros, lo que estamos presenciando es el fin no del capitalismo liberal, ya que variantes del sistema así denominado operan en todos los países con la excepción nada atractiva de Corea del Norte, sino del Estado benefactor europeo, acaso el mejor arreglo socioeconómico de todos los ensayados hasta ahora. Es posible que exageren, pero no cabe duda de que para ahorrarse un colapso catastrófico los países europeos tendrían que aumentar la proporción de productivos y reducir la de dependientes, de ahí las reformas que están llevándose a cabo de los esquemas previsionales, la creciente “flexibilización” laboral que tanto molesta a los sindicatos y la tendencia de privar de beneficios a los denunciados como parásitos sociales porque nunca han tenido un empleo estable. He aquí las razones por las que, para sorpresa de muchos, en buena parte de Europa una convulsión económica atribuida a las deficiencias inherentes al capitalismo no se ha visto seguida por el avance de la izquierda sino, por el contrario, por un giro hacia la derecha liberal. Puede que en Francia –según las encuestas, el país más anticapitalista de la Unión Europea– esté por llegar al poder el socialista François Hollande, que se ha comprometido a tomar medidas decididamente estatistas, merced a la impopularidad del presidente actual, Nicolas Sarkozy, pero en tal caso no extrañaría que siguiera las huellas de otro presidente socialista, François Mitterrand, que a comienzos de los años ochenta del siglo pasado se vio obligado por los mercados a abandonar un programa izquierdista parecido al propuesto por su correligionario. Es que en circunstancias determinadas la austeridad no es una opción sino una necesidad; lo que sí pueden elegir los gobernantes es dónde aplicar los cortes más dolorosos para que resulten tolerables para los más vulnerables, como aquel jubilado griego que se suicidó en Atenas, pero no es demasiado probable que muchos se permitan conmover por las penurias de individuos como él, que carecen del poder político suficiente como para obligarlos a prestarles atención.

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