Populismo cambiario

Redacción

Por Redacción

Análisis

Aleardo F. Laría aleardolaria@telefonica.net

Celestino Rodrigo, extitular de Economía

Como señalan Dornbusch y Edwards (“Macroeconomía del populismo en la América Latina”, FCE, 1992), la prescripción de políticas de los programas populistas es muy sencilla: “reactivación con redistribución”, que se pretende alcanzar mediante incrementos en los salarios, aumento del gasto público, controles de algunos precios y sobrevaluación del tipo de cambio. Desde el populismo se piensa que la inflación no está relacionada con la sobreemisión monetaria del Banco Central sino que es consecuencia de la lucha por los ingresos y, por consiguiente, la expansión exacerbada de la demanda no se considera inflacionaria. Los programas populistas –añaden Dornbush y Edwards– evolucionan en cuatro fases. En la primera se alcanza un éxito aparente debido a una fuerte expansión de la producción y del empleo. En una segunda fase empiezan a surgir algunos problemas como resultado del sobrecalentamiento de la economía y la aparición de algunos cuellos de botella. Aquí es cuando la falta de divisas empieza a ser una complicación para el Banco Central. En una tercera fase se produce un empeoramiento de los problemas: la explosión inflacionaria, la fuga de capitales, un incremento del déficit presupuestario y una aguda tensión en la balanza comercial. En la cuarta fase el gobierno intenta estabilizar y ajustar la economía (“sintonía fina”). Puede devaluar la moneda para restablecer los equilibrios externos y reducir los subsidios y elevar las tarifas públicas para reequilibrar el presupuesto. Si avanza en esta línea, al final termina haciendo una estabilización ortodoxa. Si, para evitar el costo político, retrasa estas medidas, los problemas se embalsan y pueden terminar en una situación explosiva de descontrol de todas las variables (como ocurrió en el llamado “Rodrigazo”, en 1975). Un desequilibrio del tipo de cambio, a la larga, se hace insostenible. Es sabido que el tipo de cambio es el mediador, la interfaz, entre el interior y el exterior de una economía, entre los precios interiores y los exteriores. Cuando se produce un cambio de los precios interiores en relación con los exteriores (por ejemplo, un aumento de los precios interiores a causa de una elevada inflación interior) se genera un desequilibrio que a la larga repercute en la balanza exterior. Desde la época de la convertibilidad es sabido que la sobrevaloración del peso provoca unos efectos negativos en la balanza comercial, es decir una desmejora relativa de las exportaciones con respecto a las importaciones, aumentando el déficit de la cuenta corriente. Esto lo saben muy bien los esforzados productores de las economías regionales, que ofrecen una producción que no obtiene en los mercados internacionales unos precios tan excepcionales como los que consigue la soja. Otro efecto dañino, en un país tan vulnerable desde el punto de vista externo como la Argentina, es que el dólar barato es una subvención a todas las importaciones, entre las que predominan los bienes de consumo suntuario (incluyendo viajes al exterior). Esas importaciones subvencionadas constituyen una competencia muy fuerte para las pequeñas y medianas empresas domésticas y el problema, en el largo plazo, no se resuelve imponiendo restricciones arbitrarias a todas las importaciones. Por otra parte, la inflación se come el valor de los ahorros en pesos. Por ese motivo los argentinos han incorporado la costumbre de depositar sus ahorros en la moneda que conserva mejor su valor en el largo plazo y de allí la demanda de dólares. Es un comportamiento que, mientras no se controle el fenómeno inflacionario, va a ser muy difícil de cambiar. El voluntarismo no sirve para torcer tendencias arraigadas en experiencias históricas traumáticas. No se debe olvidar que, como advierte Olivier Blanchar, “el tipo de cambio es un precio, no un tanto conseguido en el último partido de la Copa del Mundo. Y, al igual que todos los demás precios, a veces tiene que aumentar y a veces disminuir, dependiendo de la demanda del mercado”. Finalmente, no hay mejor manera de valorar una política económica que observando los resultados. Cuando la nave comienza a escorarse hay que tomar el timón y moverla en la dirección adecuada. No se puede permanecer inmóvil, sin corregir el rumbo. Como señala Fitoussi, “una política económica se hace dogmática cuando pierde la noción de arbitraje entre objetivos aparentemente contradictorios, cuando rechaza enfrentarse a la complejidad. Una política económica no obtendrá nunca sus fines si es unidimensional, es decir, si privilegia un único objetivo durante un período de tiempo demasiado grande”.


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