Eleonora Cassano, una bailarina con suerte
La artista actuará el sábado a las 21 en el Casino Magic de Neuquén. El show forma parte de su gira de despedida por la Argentina, Uruguay y Paraguay, donde presenta “¡Chapeau!”.
Eduardo Rouillet
La excepcional -nunca más adecuada la palabra- bailarina Eleonora Cassano se despide de la danza activa con una gira, que inició en setiembre y concluirá en diciembre, por Argentina y España. Ahora es el turno de Neuquén, el sábado a las 21 en la sala Rainbow del Casino Magic, con “¡Chapeau!”, propuesta que incluye “Carmen”, con música de Georges Bizet y Rodion Shchedrin, y coreografía del cubano Alberto Alonso, y “Entre tangos y milongas”, obra de Gustavo Mollajoli. En el anochecer de un día agitado en Marcos Paz a casi cincuenta kilómetros al oeste de la Ciudad de Buenos Aires, de ensayo a fondo, antes de volar a la capital neuquina “Río Negro” habló con Eleonora, quien siente que “en cada presentación se juntan básicamente dos líneas de emociones que son como bastante encontradas, diferentes. Por un lado, sigo disfrutando y lo pienso en cada función, lo super gozo sin pensar que es la última que estoy bailando en ese lugar. Y cuando llega el momento del aplauso final, me doy un poco cuenta o me permito darme cuenta, reconocer la situación que es. Son las últimas galas que voy teniendo”. –El sonido de ese abrazo-aplauso, la intensidad, su calidad, debe ser distinto. Los espectadores pensamos también en la última vez que te vemos. –Sí, es así… Noto en la gente que hay como un plus. Si bien, siempre, tuve aplausos muy cálidos y fuertes que me decían que les había gustado el espectáculo o el modo en que había bailado, en particular, ahora siento ese componente extra, esto que decías de la última vez que la veo bailar. Hay más emoción en la devolución. –Hoy temprano, Sergio (su esposo y manager) me contó que estabas ensayando. Es parte de tu ética, del compromiso férreo, de la fidelidad a esta disciplina que abordaste de muy joven y te mantiene plena. Podrías descansar en la fama, en tu trayectoria por el mundo, pero no dejás de trabajar, de darle al cuerpo para que esté flexible, activo. –Es verdad. Yo lo pienso un poco por ese lado. Es exacto que podría haberme confiado en esto de ya estar consagrada, no hay problema con la gente porque lo que ve está todo bien y no tengo que trabajar tanto. Pero mi forma de querer estar sobre el escenario, me exige actuar a fondo y no tirarme a chanta. Yo sigo trabajando, haciendo clases y ensayos de las obras que voy a bailar. Cada día quiero seguir mejorando, por más que me esté por retirar. En mis clases trato de abrir más los pies o de que me salga una pirueta más o qué sé yo… A diario sigo puliéndome, si bien siento en el cuerpo el cansancio. Si no hubiese tenido en mi cabeza esto de continuar trabajando y querer mantenerme, no habría sostenido tantos años de trayectoria que vengo construyendo. La cuestión de llegar no me hacer sentir que estoy ya hecha. Eso no se me fue de la cabeza jamás. –Con ese rigor permanente te respetás a vos misma, a tus compañeros de ballet, al público que te sigue y te devuelve respeto. –Lo siento de ese modo. Es un ida y vuelta. La gente lo percibe porque no es tonta y no se la puede engañar fácilmente. Y si así ocurre, te dura poco tiempo. Siento que tengo el respeto y buenas palabras de parte del público, de admiración, de cariño. Que alguien en la calle me diga: le puse Eleonora a mi hija por lo que te admiro, es muy fuerte. A un hijo no se le da un nombre por gusto, sino por lo que simboliza. En esas pequeñas cosas me doy cuenta, un poco, lo que fui marcando. Lo fui viendo… Tal vez ahora soy un tanto más consciente, con tantos años en carrera. Me encuentro con chicas que bien podrían ser mis hijas y me cuentan que me admiraban de chiquitas. Yo tengo en la compañía, bailarinas y bailarines con una edad semejante y están a mi lado. Situaciones potentes y bellas al mismo tiempo. –No te imagino, tras el último recital de diciembre, sentada mirando tele, comiendo chocolates. Sí, enseñando… –Precisamente. Si bien me voy a tomar unas vacaciones largas y merecidas, en mi cabeza no está quedarme tranquila en casa haciendo simplemente vida hogareña, aunque me gusta también. Pero no sólo eso, no podría, porque toda mi vida estuve en movimiento, haciendo. Me parecería injusto no brindar todo lo que aprendí a mis jóvenes compañeros, a chicos ávidos de estudiar. En el ballet hay como una tradición; quien quiere tomarlo como carrera va con maestros que tienen su vida vinculada a la danza. –Parada dónde estás ahora, mirás atrás, ¿qué ves? –Estoy agradecida por lo que me ocurrió. Si bien hay, como hablábamos antes, un ida y vuelta porque nada cae de arriba, agradezco cómo se me fueron dando las cosas. Hay muchas chicas que trabajan, son buenas bailarinas, se esfuerzan y no se les dio la vida o la trayectoria como a mí. Yo no esperaba esto de ser una persona reconocida nacional e internacionalmente. Entonces, miro para atrás y digo: ¡qué suerte tuve!
Eduardo Rouillet
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