Para La Matanza…

Redacción

Por Redacción

Todos los preocupados por el deterioro de la calidad de la educación, tanto privada como pública, en nuestro país saben muy bien que las universidades nacionales dejan mucho que desear, pero acaso la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no sea la persona indicada para tratar una como símbolo de la mediocridad intelectual, comparándola despectivamente con Harvard, una institución estadounidense que habitualmente figura entre las más prestigiosas del mundo entero. Sin embargo, al sentirse enojada por las preguntas que le formulaban los estudiantes reunidos en el aula de la Kennedy School, la presidenta reaccionó diciéndoles que “estas cosas” –la libertad de prensa, el crecimiento vertiginoso de su patrimonio, la credibilidad nula del Indec, el cepo cambiario– “son para La Matanza, no para Harvard”, dando a entender así que, a su juicio, jóvenes de clase media o alta que asisten a clases en Estados Unidos deberían limitarse a temas abstractos, de “alto nivel académico”. Puesto que sería de suponer que los detalles concretos de su gestión importan más a los estudiantes de las universidades nacionales que a la mayoría de sus contemporáneos en el exterior, Cristina no se habrá equivocado por completo, pero, como dio a entender un alumno argentino que participaba del coloquio, no se le ocurriría permitir a los estudiantes de La Matanza pedirle hacer una “autocrítica”. Como no pudo ser de otra manera, el rector de la universidad de La Matanza, Daniel Martínez, se afirmó “muy dolido” por la forma de expresarse de la presidenta. Según él, “fue una frase desafortunada, no le encuentro otra explicación. Genera dolor en toda la comunidad”. Pero no sólo fue desafortunada, también fue muy reveladora. Por cierto, de haberla pronunciado alguien como Mauricio Macri, los voceros oficiales, respaldados por una hueste de intelectuales progresistas, ya estarían criticándolo con virulencia, acusándolo de ser un elitista esnob, un gorila de actitudes grotescamente anacrónicas, un sujeto que ni siquiera procura ocultar el desprecio que siente por los “morochos” pobres. Como dijo Martínez, a la universidad de La Matanza “vienen chicos muy humildes, pero eso no quita que sean tan inteligentes como otros”. En principio, el rector está en lo cierto, pero, por desgracia, el sistema educativo nacional ha degenerado tanto en las décadas últimas que no está en condiciones de ayudarlos a desarrollar sus talentos naturales. Con todo, es innegable que Harvard cuenta con ventajas que son muy superiores a las de cualquier universidad en nuestro país, incluyendo, desde luego, a la UBA. Posee recursos económicos casi inagotables y por lo tanto puede reclutar a los mejores catedráticos no sólo norteamericanos sino también latinoamericanos, europeos, asiáticos y africanos. Además, lo que es más importante todavía, a pesar de las presiones populistas que se han hecho sentir en todas las instituciones universitarias del Primer Mundo, en algunas facultades los docentes siguen aferrándose a la larga tradición de rigor académico que, lo haya entendido o no Cristina, obliga a los alumnos más serios a prestar atención a los hechos concretos, aun cuando les parezcan molestos, y a resistirse a la tentación de privilegiar las generalizaciones teóricas que tanto atraen a políticos proclives a subordinar todo a su “relato” particular. Así, pues, si bien es poco probable que un día universidades locales como la de La Matanza consigan recursos equiparables con los de Harvard, Yale, Princeton o sus equivalentes de Europa y el Japón, podrían emularlas cuando de estimular el espíritu crítico de los estudiantes se trata, para que cuestionen no sólo “las verdades” del gobierno de turno sino también las formas de pensar que estén coyunturalmente de moda. En tal caso, andando el tiempo podría resultar ser rutinario que la presidenta, o el presidente, de la República se enfrente a un público joven como el que se reunió para escuchar a Cristina en Washington y en Cambridge, Massachusetts, y que los asistentes le formulen preguntas parecidas a las que tanto la incomodaron, sin que nadie las descalifique como “poco académicas” o más apropiadas para los estudiantes de la universidad de un distrito notoriamente pobre del conurbano bonaerense que para los estudiantes de una de elite como Harvard.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.031.695 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 30 de septiembre de 2012


Todos los preocupados por el deterioro de la calidad de la educación, tanto privada como pública, en nuestro país saben muy bien que las universidades nacionales dejan mucho que desear, pero acaso la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no sea la persona indicada para tratar una como símbolo de la mediocridad intelectual, comparándola despectivamente con Harvard, una institución estadounidense que habitualmente figura entre las más prestigiosas del mundo entero. Sin embargo, al sentirse enojada por las preguntas que le formulaban los estudiantes reunidos en el aula de la Kennedy School, la presidenta reaccionó diciéndoles que “estas cosas” –la libertad de prensa, el crecimiento vertiginoso de su patrimonio, la credibilidad nula del Indec, el cepo cambiario– “son para La Matanza, no para Harvard”, dando a entender así que, a su juicio, jóvenes de clase media o alta que asisten a clases en Estados Unidos deberían limitarse a temas abstractos, de “alto nivel académico”. Puesto que sería de suponer que los detalles concretos de su gestión importan más a los estudiantes de las universidades nacionales que a la mayoría de sus contemporáneos en el exterior, Cristina no se habrá equivocado por completo, pero, como dio a entender un alumno argentino que participaba del coloquio, no se le ocurriría permitir a los estudiantes de La Matanza pedirle hacer una “autocrítica”. Como no pudo ser de otra manera, el rector de la universidad de La Matanza, Daniel Martínez, se afirmó “muy dolido” por la forma de expresarse de la presidenta. Según él, “fue una frase desafortunada, no le encuentro otra explicación. Genera dolor en toda la comunidad”. Pero no sólo fue desafortunada, también fue muy reveladora. Por cierto, de haberla pronunciado alguien como Mauricio Macri, los voceros oficiales, respaldados por una hueste de intelectuales progresistas, ya estarían criticándolo con virulencia, acusándolo de ser un elitista esnob, un gorila de actitudes grotescamente anacrónicas, un sujeto que ni siquiera procura ocultar el desprecio que siente por los “morochos” pobres. Como dijo Martínez, a la universidad de La Matanza “vienen chicos muy humildes, pero eso no quita que sean tan inteligentes como otros”. En principio, el rector está en lo cierto, pero, por desgracia, el sistema educativo nacional ha degenerado tanto en las décadas últimas que no está en condiciones de ayudarlos a desarrollar sus talentos naturales. Con todo, es innegable que Harvard cuenta con ventajas que son muy superiores a las de cualquier universidad en nuestro país, incluyendo, desde luego, a la UBA. Posee recursos económicos casi inagotables y por lo tanto puede reclutar a los mejores catedráticos no sólo norteamericanos sino también latinoamericanos, europeos, asiáticos y africanos. Además, lo que es más importante todavía, a pesar de las presiones populistas que se han hecho sentir en todas las instituciones universitarias del Primer Mundo, en algunas facultades los docentes siguen aferrándose a la larga tradición de rigor académico que, lo haya entendido o no Cristina, obliga a los alumnos más serios a prestar atención a los hechos concretos, aun cuando les parezcan molestos, y a resistirse a la tentación de privilegiar las generalizaciones teóricas que tanto atraen a políticos proclives a subordinar todo a su “relato” particular. Así, pues, si bien es poco probable que un día universidades locales como la de La Matanza consigan recursos equiparables con los de Harvard, Yale, Princeton o sus equivalentes de Europa y el Japón, podrían emularlas cuando de estimular el espíritu crítico de los estudiantes se trata, para que cuestionen no sólo “las verdades” del gobierno de turno sino también las formas de pensar que estén coyunturalmente de moda. En tal caso, andando el tiempo podría resultar ser rutinario que la presidenta, o el presidente, de la República se enfrente a un público joven como el que se reunió para escuchar a Cristina en Washington y en Cambridge, Massachusetts, y que los asistentes le formulen preguntas parecidas a las que tanto la incomodaron, sin que nadie las descalifique como “poco académicas” o más apropiadas para los estudiantes de la universidad de un distrito notoriamente pobre del conurbano bonaerense que para los estudiantes de una de elite como Harvard.

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