Un brote de salvajismo

La larga campaña que comenzó puede asemejarse más a una gresca entre bandas de matones que a un debate serio para enfrentar una crisis.

Redacción

Por Redacción

Con la UCR en ruinas y las nuevas fuerzas políticas apenas embrionarias, parecería que el Partido Justicialista es por ahora el único movimiento relativamente organizado que está en condiciones de gobernar el país, lo cual es una realidad desafortunada en vista de la voluntad de sus dirigentes a tomar la violencia «de los muchachos» por un fenómeno meramente «anecdótico» sin demasiada importancia. Además, por estar los peronistas habituados a subordinar «las doctrinas» a la «vocación del poder», entre ellos se encuentran fracciones de actitudes tan distintas que sus enfrentamientos internos suelen degenerar en batallas campales, cuando no en guerras civiles larvadas y extremadamente brutales como sucedió en los años setenta al chocar la «izquierda» peronista con la «derecha». Y, como si esto ya no fuera más que suficiente, el estado socioeconómico del país es tan sumamente grave que a los tentados a abandonar las prácticas democráticas les es sencillo encontrar pretextos a su entender adecuados, mientras que abundan sujetos que estarán más que dispuestos a aprovechar la oportunidad para ganar algunos pesos atacando a otros.

Así las cosas, es natural que el estallido de violencia que se registró el jueves en Santiago de Estero, donde tres centenares de «militantes» peronistas partidarios del gobernador Carlos Juárez saquearon la vivienda del diputado nacional José Oscar Figueroa, un menemista, haya sembrado alarma en todo el país. Desde hace semanas la ciudadanía está aguardando con resignación el inicio de las hostilidades entre los «duhaldistas» y «menemistas», de modo que todo cuanto suceda se verá atribuido a las maniobras de dos caudillos que a juicio de muchos son «capaces de todo». Según parece, ya que se ha cumplido el trámite supuesto por la serie de denuncias destinadas a hacer pensar que Carlos Menem estaba planeando una campaña tan sucia que hombres pacíficos como Carlos Reutemann han preferido no participar por temor a las represalias, ciertos adversarios del ex presidente habrán llegado a la conclusión de que les correspondería «contraatacar» ensañándose con sus simpatizantes. Por lo menos, es ésta la tesis de Figueroa, legislador que no vaciló en vincular la destrucción de su casa y el robo de sus pertenencias con la agresividad extraordinaria de las acusaciones formuladas por políticos como los gobernadores Adolfo Rodríguez Saá y Néstor Kirchner. Mientras tanto, los menemistas se las han arreglado para involucrar a la diputada chaqueña Elisa Carrió por haber aludido en diversas ocasiones al presunto riesgo de una «guerra civil», amenaza que antes preocupaba a Duhalde. Puede que la interpretación de los hechos ensayada por el diputado Figueroa y por los voceros menemistas haya sido interesada, pero no cabe duda de que en el fondo están en lo cierto: lo entiendan o no, quienes hablan de violencia por venir, prediciendo para la Argentina una etapa signada por «magnicidios», «estallidos sociales» y otras calamidades igualmente terribles, están contribuyendo a hacer más probable que se produzcan los desastres que juran temer.

Dado el clima tenso que el país está viviendo, podría considerarse natural que ocurran esporádicos brotes de salvajismo como el protagonizado por los peronistas santiagueños, pero a la luz del peligro que supone el colapso socioeconómico generalizado, convendría que todos los dirigentes políticos serios acordaran modificar su lenguaje para que ninguno pueda ser acusado de estar procurando desatar el caos. Por desgracia, la posibilidad de que acepten una tregua de esta especie parece muy reducida. Puesto que a los políticos que conforme a las encuestas encabezan las preferencias de «la gente» les es mucho más fácil intentar tratar el embrollo actual en términos netamente personales, como una suerte de guerra santa entre «buenos» y «malos», entre personas honestas y la mafia, de lo que les sería proponer soluciones concretas para la multitud de problemas de todo tipo que han surgido, no es de descartar que la larga campaña que ya ha comenzado se asemeje más a una gresca entre bandas de matones que a un debate serio en torno de la mejor forma de enfrentar una crisis que se debe precisamente a la negativa de los líderes políticos a encarar las fallas estructurales del país.


Con la UCR en ruinas y las nuevas fuerzas políticas apenas embrionarias, parecería que el Partido Justicialista es por ahora el único movimiento relativamente organizado que está en condiciones de gobernar el país, lo cual es una realidad desafortunada en vista de la voluntad de sus dirigentes a tomar la violencia "de los muchachos" por un fenómeno meramente "anecdótico" sin demasiada importancia. Además, por estar los peronistas habituados a subordinar "las doctrinas" a la "vocación del poder", entre ellos se encuentran fracciones de actitudes tan distintas que sus enfrentamientos internos suelen degenerar en batallas campales, cuando no en guerras civiles larvadas y extremadamente brutales como sucedió en los años setenta al chocar la "izquierda" peronista con la "derecha". Y, como si esto ya no fuera más que suficiente, el estado socioeconómico del país es tan sumamente grave que a los tentados a abandonar las prácticas democráticas les es sencillo encontrar pretextos a su entender adecuados, mientras que abundan sujetos que estarán más que dispuestos a aprovechar la oportunidad para ganar algunos pesos atacando a otros.

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