Cambio climático, una vez más

Redacción

Por Redacción

Hasta el 7 de este mes está teniendo lugar la 18ª Conferencia sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas, llamada “Conference of Parties”, COP 18. Esta vez se realiza en Doha, Qatar. Está en marcha y ojalá sea más exitosa que todas las anteriores, pero no hay grandes esperanzas de que ocurra un cambio importante en las posiciones de los principales actores. Hasta ahora, todas las conferencias –desde Kyoto (1997), cuyos compromisos no se cumplieron y que caduca este año, aunque se pretende hacer un nuevo acuerdo en el 2015 para ponerlo en marcha en el 2020– han fracasado por el argumento de que un cambio de tecnología para evitar GEI es demasiado caro. Son las principales potencias industrializadas –que emiten la mayor parte de los gases de efecto invernadero (GEI)– las que no logran ponerse de acuerdo acerca de quién debe hacer los mayores sacrificios para detener la emisión. En el fondo, el problema del calentamiento global sólo tendría solución en 50 años si las emisiones se pararan de golpe y totalmente en todo el mundo y ya mismo, cosa que obviamente no va a ocurrir. La inercia de los cambios es tal, que los tiempos necesarios para recuperarse ya se miden en décadas si no en siglos. Se estima que cada año que se deja pasar sin actuar drásticamente aumenta el costo de los cambios en la generación de GEI en medio billón de dólares. Un mundo inhabitable será mucho más costoso y las consecuencias para todas las especies vivas –inclusive la nuestra– serán catastróficas. Originalmente se estimaba que el cambio de aquí a fines del siglo sería de 2°C. Esto parece poco, pero sus consecuencias ya se están notando. Para colmo, las estimaciones actuales, basadas en observaciones satelitales cada vez más precisas, dan como resultado que probablemente el aumento de temperatura media global será bastante mayor que esos 2°C considerados apenas tolerables. Con un aumento de 4°C, la mitad de las tierras arables del planeta será inutilizable. Y se observa que los cambios se aceleran y existe el peligro cierto de que se ingrese en un régimen en el cual el cambio entrará en un régimen realimentado positivamente, cada vez más veloz e imparable. Hacia el 2300 se estima un aumento de 8°C. La supervivencia de la vida sobre la Tierra está amenazada. Ya se están notando consecuencias: sequías en algunas regiones, inundaciones en otras, huracanes como el que acaba de azotar a Nueva York, incendios forestales y, sobre todo, el imparable derretimiento de los glaciares, la principal fuente de agua dulce del planeta. En pocos años más, el océano Ártico será navegable todo el verano y la fusión de las tierras heladas permanentes (permafrost) lanzará a la atmósfera cantidades crecientes de metano, un GEI mucho más potente que el temido CO2 aunque su vida libre es menor. La desaparición de los hielos traerá consigo un aumento en el nivel de los mares, que se estima podría ser del orden de un metro, tal vez dos. Además, ya ha comenzado la irresponsable carrera de las potencias costeras –y China, que no tiene nada ver allí– por la explotación de los recursos petrolíferos y minerales del fondo del Ártico. Las 17 conferencias COP anteriores fracasaron, al dejar sólo declaraciones de buenas intenciones que luego no se cumplieron. Gran parte de los debates gira alrededor del comercio de la compraventa de bonos de carbono, por los cuales los países más contaminantes les pueden comprar a los más pobres su derecho a contaminar. La contaminación se transforma así en una mercancía. El sistema neoliberal dominante hace de todo una mercancía, hasta de la contaminación, y de la vida. Por otra parte, los dos principales contaminadores no forman parte del acuerdo mundial: EE. UU., que se retiró del acuerdo, y China, que aún es “subdesarrollada” y no está comprometida a cumplir nada. Ambos elaboraron un MOU para cooperar, pero no se sabe en qué. Para colmo, en EE. UU. están por nombrar presidente de la comisión del medioambiente del Congreso a un negador de la existencia del calentamiento mismo. Puede ser que el aumento de temperatura, con sequías, huracanes e inundaciones, mate de hambre primero a todos los pobres, llegando a los 1.000 millones que algunos cínicos quisieran, y luego a los ricos, que vivirán como ratas en cuevas climatizadas hasta que se acabe el combustible para el aire acondicionado… (*) Físico y químico

TOMÁS BUCH (*)


Hasta el 7 de este mes está teniendo lugar la 18ª Conferencia sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas, llamada “Conference of Parties”, COP 18. Esta vez se realiza en Doha, Qatar. Está en marcha y ojalá sea más exitosa que todas las anteriores, pero no hay grandes esperanzas de que ocurra un cambio importante en las posiciones de los principales actores. Hasta ahora, todas las conferencias –desde Kyoto (1997), cuyos compromisos no se cumplieron y que caduca este año, aunque se pretende hacer un nuevo acuerdo en el 2015 para ponerlo en marcha en el 2020– han fracasado por el argumento de que un cambio de tecnología para evitar GEI es demasiado caro. Son las principales potencias industrializadas –que emiten la mayor parte de los gases de efecto invernadero (GEI)– las que no logran ponerse de acuerdo acerca de quién debe hacer los mayores sacrificios para detener la emisión. En el fondo, el problema del calentamiento global sólo tendría solución en 50 años si las emisiones se pararan de golpe y totalmente en todo el mundo y ya mismo, cosa que obviamente no va a ocurrir. La inercia de los cambios es tal, que los tiempos necesarios para recuperarse ya se miden en décadas si no en siglos. Se estima que cada año que se deja pasar sin actuar drásticamente aumenta el costo de los cambios en la generación de GEI en medio billón de dólares. Un mundo inhabitable será mucho más costoso y las consecuencias para todas las especies vivas –inclusive la nuestra– serán catastróficas. Originalmente se estimaba que el cambio de aquí a fines del siglo sería de 2°C. Esto parece poco, pero sus consecuencias ya se están notando. Para colmo, las estimaciones actuales, basadas en observaciones satelitales cada vez más precisas, dan como resultado que probablemente el aumento de temperatura media global será bastante mayor que esos 2°C considerados apenas tolerables. Con un aumento de 4°C, la mitad de las tierras arables del planeta será inutilizable. Y se observa que los cambios se aceleran y existe el peligro cierto de que se ingrese en un régimen en el cual el cambio entrará en un régimen realimentado positivamente, cada vez más veloz e imparable. Hacia el 2300 se estima un aumento de 8°C. La supervivencia de la vida sobre la Tierra está amenazada. Ya se están notando consecuencias: sequías en algunas regiones, inundaciones en otras, huracanes como el que acaba de azotar a Nueva York, incendios forestales y, sobre todo, el imparable derretimiento de los glaciares, la principal fuente de agua dulce del planeta. En pocos años más, el océano Ártico será navegable todo el verano y la fusión de las tierras heladas permanentes (permafrost) lanzará a la atmósfera cantidades crecientes de metano, un GEI mucho más potente que el temido CO2 aunque su vida libre es menor. La desaparición de los hielos traerá consigo un aumento en el nivel de los mares, que se estima podría ser del orden de un metro, tal vez dos. Además, ya ha comenzado la irresponsable carrera de las potencias costeras –y China, que no tiene nada ver allí– por la explotación de los recursos petrolíferos y minerales del fondo del Ártico. Las 17 conferencias COP anteriores fracasaron, al dejar sólo declaraciones de buenas intenciones que luego no se cumplieron. Gran parte de los debates gira alrededor del comercio de la compraventa de bonos de carbono, por los cuales los países más contaminantes les pueden comprar a los más pobres su derecho a contaminar. La contaminación se transforma así en una mercancía. El sistema neoliberal dominante hace de todo una mercancía, hasta de la contaminación, y de la vida. Por otra parte, los dos principales contaminadores no forman parte del acuerdo mundial: EE. UU., que se retiró del acuerdo, y China, que aún es “subdesarrollada” y no está comprometida a cumplir nada. Ambos elaboraron un MOU para cooperar, pero no se sabe en qué. Para colmo, en EE. UU. están por nombrar presidente de la comisión del medioambiente del Congreso a un negador de la existencia del calentamiento mismo. Puede ser que el aumento de temperatura, con sequías, huracanes e inundaciones, mate de hambre primero a todos los pobres, llegando a los 1.000 millones que algunos cínicos quisieran, y luego a los ricos, que vivirán como ratas en cuevas climatizadas hasta que se acabe el combustible para el aire acondicionado... (*) Físico y químico

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