Ahora son las armas
ROLANDO B. MONTENEGRO (*)
Escasean en el mundo los hospitales urbanos verdaderamente públicos que aplican tratamientos que salvan vidas. Se podría aseverar que ER (Emergency room), una glamorosa producción televisiva de EE. UU. entre 1992 y 2009, nutrió a la conciencia sobre la misión de esta rama de la medicina. Recreando lo emocional y patético del caso que se asistía, también el entorno frívolo y mundano, la serie tuvo una perdurable teleaudiencia. Los personajes en la ficción –George Clooney actuó como el Dr. Doug Ross en 109 episodios– influyeron, quizá sin pretenderlo, en la difusión y desarrollo de estas unidades en lo asistencial y académico. Se ven en ellas muchos de los males de nuestra sociedad: violencia con armas, urbana y doméstica, de género, abuso de drogas y alcohol, todo tipo de accidentes y lesiones imaginables, la lucha atroz y los heridos en cárceles, maltrato de ancianos, etc. Casi todo converge en ese lugar, a veces al mismo tiempo. Obviándose lo palmariamente testimonial, la situación expuesta podría ser hasta beneficiosa si ese ámbito se aprovechara con fines de estudio sociológico, pues el punto es no sólo tratar el resultado de estos conflictos, sino empezar por exigir responsabilidades en cuanto a evitar este desenlace final. La medicina de emergencia empleada como vehículo para el cambio social puede ser, a la sazón, una política de sumo interés comunitario en la prevención de la violencia. Pero no se la tiene demasiado en cuenta. No escuchándose voces preeminentes a favor o en contra, por ejemplo, vuelve a insistirse en Córdoba por el desarme voluntario de armas, un publicitado programa nacional que recorre las provincias argentinas. Poniéndolo en contexto, y para evitar un rodeo innecesario, sería como pretender un control de las maldades en el mundo eliminando al mediador ocasional que las posibilita. O, para recurrir a un proverbio, muerto el perro se terminó la rabia. A raíz de la tragedia en Newtown, Connecticut, la comunidad estadounidense está respondiendo espasmódicamente y con desesperación para entender por qué se produjo este evento y abogar por estrategias que podrían impedir hechos similares en el futuro. Sin eufemismos, una enfermedad mental es una explicación insuficiente para el asesinato en masa. La mayoría de las personas con trastornos mentales no comete una proporción sustancial de crímenes violentos. Nuestro país no estuvo exento y Carmen de Patagones sigue sumando incógnitas y alimentando rumores desde el 2004. Las autoridades educativas bonaerenses no lograron determinar si hubo en el caso “Júnior” alguna responsabilidad de directivos, educadores y psicólogos del establecimiento. También la Justicia perdió la memoria en cuanto a alguna punición del padre (suboficial portador de una pistola Browning 9 mm) y a los reclamos en demanda de resarcimiento. Se podrá decir que estas tragedias son todas diferentes y que no se han encontrado factores predictivos definidos. Entonces habrá que adoptar un enfoque más amplio, pues en algún lugar no imposible ni difícil estarán las respuestas que no se encuentran. Digamos la verdad. Mucha gente no está interesada en erradicar esta baja cultura y da paso sin reticencia a que los menores puedan ser seducidos por conductas antisociales. La violencia en el trato interpersonal, principalmente, en películas, juegos de video y escritos, supera por lejos la participación de los niños y adolescentes en emprendimientos constructivos de la personalidad. Por el contrario, el centro de atención son las comunes bandas de toda laya social promotoras de conflictos que engendran gran parte de la violencia urbana. Y donde el alcohol y las drogas son factores de riesgo para la violencia, en especial para los propietarios de armas. Es que, al parecer, muchos todavía replantean el papel que juegan las armas de fuego. Estados Unidos, difusor de los mejores centros y protocolos de atención de las emergencias, paradójicamente ha llegado al extremo de poseer en proporción poblacional casi un arma por habitante (313.847.465 h. en 2012). Allá el lucrativo mercado es libre como legal y no queda otra opción que intentar el control de los daños. En la Argentina, las ventas son anónimas, a desconocidos y/o indocumentados, en menos de un abrir y cerrar de ojos. En los frecuentes robos a domicilio no trasciende la sustracción de armas y, luego, la compraventa al margen de los registros y sin verificación de antecedentes. Una problemática social, sanitaria y de hospital público debería ser enfocada con capacitación, pensamiento crítico, hasta con astucia si se permite, para ahondar tal discusión fundamental para la vida en sociedad. Cristalizar un documento para frenar el aumento de las heridas por arma de fuego evitando planes fragmentados es más que describir en un mero acto administrativo todo tipo de lesiones en las pequeñas guerras de cada día. Todos tenemos un plan, pero aquí se requiere trabajar con constancia y organizadamente. En los tiempos rabiosos que vivimos no se va a acabar la violencia por arma de fuego pero se puede reducir, y ésa es una meta por la que vale la pena luchar. (*) Profesor de Emergentología FCM-UNC
ROLANDO B. MONTENEGRO (*)
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