La interna vaticana
Mal que les pese a los 115 cardenales católicos que se han reunido en el Vaticano para elegir al sucesor de Joseph Ratzinger como ocupante del trono de San Pedro, no les será dado aislarse del mundo contemporáneo. Desde que el ya Papa Emérito los sorprendió al anunciar que dejaría su cargo por motivos de salud, puesto que debido a su edad avanzada le “faltaban las fuerzas” para desempeñarlo con el vigor que cree necesario, la Iglesia Católica se ve frente a una crisis de identidad. Mientras que algunos católicos insisten en que, para recuperar su influencia perdida, tendría que “modernizarse”, por lo que quieren decir adoptar actitudes consideradas “progresistas” por las elites intelectuales del Occidente, otros advierten que sería suicida tratar de adaptarse a las cambiantes modas ideológicas o culturales como si la Iglesia fuera un partido político más porque, con casi dos milenios de historia a cuestas, sus líderes deberían procurar hablar en nombre de verdades eternas. De todas maneras, podría decirse que la Iglesia ya se ha modernizado porque, de forma aún más visible que en el pasado, están operando lobbies organizados para impulsar las candidaturas de distintos papables africanos, asiáticos y, desde luego, latinoamericanos: quienes respaldan a tales aspirantes señalan que los católicos europeos no constituyen una mayoría de los fieles y que por lo tanto sería un error permitir que el Viejo Continente conserve el monopolio. También están incidiendo las especulaciones geopolíticas. Los que dicen creer que ha llegado la hora de que haya un papa latinoamericano subrayan que, si bien la región sigue siendo mayormente católica, “sectas” de origen protestante han avanzado mucho últimamente, de suerte que el nombramiento de un papa local ayudaría a fortalecer a los defensores del culto tradicional. Por su parte, los asiáticos aluden a las posibilidades planteadas por los intentos de promover la evangelización de China, la superpotencia emergente en que ya hay aproximadamente 10 millones de bautizados, pero las autoridades comunistas están resueltas a impedir que su país sea “una nueva Polonia”. Los africanos subrayan el crecimiento muy rápido de la cantidad de católicos en su continente; cuentan con el apoyo de muchos que tomarían la elección de un papa negro por un golpe contra el racismo equiparable con la de Barack Obama para la presidencia de Estados Unidos. Con todo, en vista del bajón anímico que por razones económicas están sufriendo los europeos, poner fin ahora a su monopolio del pontificado no podría sino tener un impacto negativo no sólo entre los católicos sino también entre los protestantes, judíos, agnósticos y ateos. Además de pensar en las inevitables repercusiones políticas de optar por un purpurado de una nacionalidad determinada –no cabe duda de que la elección del polaco Karol Wojtyla asestó un golpe muy fuerte al tambaleante imperio soviético–, los cardenales han de pensar en otros factores que son propios de la edad mediática actual. Muchos se afirman convencidos de que Ratzinger era demasiado intelectual y demasiado conservador –o sea demasiado católico– para ser un papa exitoso y que lo que la Iglesia necesitaría para enfrentar los desafíos que le aguardan sería otro “gran comunicador” comparable con Wojtyla, si bien, según los enterados, era en verdad bastante más conservador que su sucesor alemán. Pero, claro está, un papa “carismático”, ducho en el arte de arengar a multitudes que estuviera decidido a aprovechar plenamente las oportunidades brindadas por su función para combatir el escepticismo y la expansión del islam en Europa, no tardaría en provocar polémicas. Por lo demás, también le correspondería la tarea nada grata de depurar a los acusados de delitos sexuales que, como acaba de recordarnos la renuncia imprevista de un arzobispo escocés, aún abundan en las filas de la Iglesia Católica. Es fácil olvidar que Ratzinger fue el primer pontífice en tomar este asunto escandaloso realmente en serio y asumir la responsabilidad de intentar reparar los daños causados aunque, como pronto aprendió, al llamar la atención a un tema tan escabroso sus esfuerzos contribuirían, a juicio de sus muchos críticos internos, a privar la institución que encabezaba de lo que siempre había sido su activo más valioso: su autoridad moral.
Mal que les pese a los 115 cardenales católicos que se han reunido en el Vaticano para elegir al sucesor de Joseph Ratzinger como ocupante del trono de San Pedro, no les será dado aislarse del mundo contemporáneo. Desde que el ya Papa Emérito los sorprendió al anunciar que dejaría su cargo por motivos de salud, puesto que debido a su edad avanzada le “faltaban las fuerzas” para desempeñarlo con el vigor que cree necesario, la Iglesia Católica se ve frente a una crisis de identidad. Mientras que algunos católicos insisten en que, para recuperar su influencia perdida, tendría que “modernizarse”, por lo que quieren decir adoptar actitudes consideradas “progresistas” por las elites intelectuales del Occidente, otros advierten que sería suicida tratar de adaptarse a las cambiantes modas ideológicas o culturales como si la Iglesia fuera un partido político más porque, con casi dos milenios de historia a cuestas, sus líderes deberían procurar hablar en nombre de verdades eternas. De todas maneras, podría decirse que la Iglesia ya se ha modernizado porque, de forma aún más visible que en el pasado, están operando lobbies organizados para impulsar las candidaturas de distintos papables africanos, asiáticos y, desde luego, latinoamericanos: quienes respaldan a tales aspirantes señalan que los católicos europeos no constituyen una mayoría de los fieles y que por lo tanto sería un error permitir que el Viejo Continente conserve el monopolio. También están incidiendo las especulaciones geopolíticas. Los que dicen creer que ha llegado la hora de que haya un papa latinoamericano subrayan que, si bien la región sigue siendo mayormente católica, “sectas” de origen protestante han avanzado mucho últimamente, de suerte que el nombramiento de un papa local ayudaría a fortalecer a los defensores del culto tradicional. Por su parte, los asiáticos aluden a las posibilidades planteadas por los intentos de promover la evangelización de China, la superpotencia emergente en que ya hay aproximadamente 10 millones de bautizados, pero las autoridades comunistas están resueltas a impedir que su país sea “una nueva Polonia”. Los africanos subrayan el crecimiento muy rápido de la cantidad de católicos en su continente; cuentan con el apoyo de muchos que tomarían la elección de un papa negro por un golpe contra el racismo equiparable con la de Barack Obama para la presidencia de Estados Unidos. Con todo, en vista del bajón anímico que por razones económicas están sufriendo los europeos, poner fin ahora a su monopolio del pontificado no podría sino tener un impacto negativo no sólo entre los católicos sino también entre los protestantes, judíos, agnósticos y ateos. Además de pensar en las inevitables repercusiones políticas de optar por un purpurado de una nacionalidad determinada –no cabe duda de que la elección del polaco Karol Wojtyla asestó un golpe muy fuerte al tambaleante imperio soviético–, los cardenales han de pensar en otros factores que son propios de la edad mediática actual. Muchos se afirman convencidos de que Ratzinger era demasiado intelectual y demasiado conservador –o sea demasiado católico– para ser un papa exitoso y que lo que la Iglesia necesitaría para enfrentar los desafíos que le aguardan sería otro “gran comunicador” comparable con Wojtyla, si bien, según los enterados, era en verdad bastante más conservador que su sucesor alemán. Pero, claro está, un papa “carismático”, ducho en el arte de arengar a multitudes que estuviera decidido a aprovechar plenamente las oportunidades brindadas por su función para combatir el escepticismo y la expansión del islam en Europa, no tardaría en provocar polémicas. Por lo demás, también le correspondería la tarea nada grata de depurar a los acusados de delitos sexuales que, como acaba de recordarnos la renuncia imprevista de un arzobispo escocés, aún abundan en las filas de la Iglesia Católica. Es fácil olvidar que Ratzinger fue el primer pontífice en tomar este asunto escandaloso realmente en serio y asumir la responsabilidad de intentar reparar los daños causados aunque, como pronto aprendió, al llamar la atención a un tema tan escabroso sus esfuerzos contribuirían, a juicio de sus muchos críticos internos, a privar la institución que encabezaba de lo que siempre había sido su activo más valioso: su autoridad moral.
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