“Fui testigo”

Redacción

Por Redacción

En estos días en que se desarrolla en Trelew, Chubut, el juicio por el secuestro de los dirigentes radicales Mario Abel Amaya e Hipólito Solari Yrigoyen, en el invierno de 1976, recuperé del “disco rígido” de mi cerebro algunos recuerdos de aquellos hechos. Porque fui testigo de la maniobra que armaron y llevaron adelante los militares que estaban radicados en Viedma, ocupando la administración del Estado, para “blanquear” el secuestro de estas dos personas ocurridas días antes en Chubut. Para entonces, se producía una fuerte presión internacional sobre la Junta Militar por el hecho. Yo trabajaba en periodismo en la capital rionegrina. Uno de esos días, un colega que tenía la confianza de los militares nos comunicó a varios periodistas que estuviéramos atentos, porque esa noche ocurriría algo importante. Y ocurrió, si bien yo no estaba atento porque tenía otros compromisos más gratos que atender. A eso de las 22, el vocero militar informó que en un operativo realizado en la zona del Idevi los militares intentaron detener a una camioneta, que fugó y arrojó dos bultos a la banquina. Esos “bultos” eran los dirigentes radicales. Una versión burda, ofensiva para la inteligencia de quien la escuchaba, pero dicha desde la impunidad y fuerza de un poder absoluto. El Hotel Austral, frente al río Negro, fue el escenario en donde los jerarcas militares festejaron el rescate. Esa noche corrió mucho whisky, del bueno, hasta la madrugada. El espectáculo, visto desde la distancia temporal, genera bronca, impotencia y miedo. Al día siguiente, con otros colegas –creo que el “Fideo” Ferrari y el “Coco” Colas– acompañamos al abogado Tomás Rébora (apoderado entonces de la UCR) hasta la delegación de la Policía Federal, en la calle Garrone. Nos atendió un comisario llamado Forchetti, más ancho que alto y muy aficionado a las bebidas, a quien le pedimos ver a los detenidos. Puso algún reparo, pero como entonces en Viedma todos nos conocíamos y sabíamos de nuestras fortalezas y debilidades, aceptó que los veamos en reserva, porque le “tenía temor al enojo de los verdes”. Hablamos unos diez minutos con Mario e Hipólito. El primero estaba muy mal, demacrado, débil. Hipólito mantenía una postura más firme, pero el temor era evidente. Preguntamos qué necesitaban. Elementos de aseo y un medicamento para una enfermedad cardíaca que tenía Amaya. Fuimos y compramos (pagó Rébora) y entregamos, pero ya no pudimos verlos nuevamente. A la tarde, previa averiguación muy reservada, nos dijeron la hora en que serían llevados a Buenos Aires, desde el aeropuerto Castello. Allá fuimos otra vez. Pudimos charlar brevemente antes de que ingresaran a la aeroestación. Nos pidieron que avisáramos a la familia, de lo que se ocupó Rébora. Nos quedamos hasta que el avión se perdió en el horizonte, sobre el Atlántico, camino al noreste. Nos quedaba la sensación de haber acompañado a estos hombres en una situación tan complicada, pero la angustia e impotencia de saber que iban hacia un destino de tortura y muerte y que nada podíamos hacer. Muchos años más tarde, al regreso de su exilio, don Hipólito Solari me contó cómo los torturaron y cómo lo mataron a Amaya en una delegación de la Policía Federal, en Buenos Aires. Tan tarde, el juicio no traerá castigo efectivo; pero aprovecho la oportunidad para que la sociedad contemporánea reciba un aporte informativo, analice, condene y comprometa esfuerzos para que nunca más los violentos se apoderen de la vida y bienes de los argentinos. Ricardo Villar, DNI 8.377.070 Neuquén

Ricardo Villar, DNI 8.377.070 Neuquén


En estos días en que se desarrolla en Trelew, Chubut, el juicio por el secuestro de los dirigentes radicales Mario Abel Amaya e Hipólito Solari Yrigoyen, en el invierno de 1976, recuperé del “disco rígido” de mi cerebro algunos recuerdos de aquellos hechos. Porque fui testigo de la maniobra que armaron y llevaron adelante los militares que estaban radicados en Viedma, ocupando la administración del Estado, para “blanquear” el secuestro de estas dos personas ocurridas días antes en Chubut. Para entonces, se producía una fuerte presión internacional sobre la Junta Militar por el hecho. Yo trabajaba en periodismo en la capital rionegrina. Uno de esos días, un colega que tenía la confianza de los militares nos comunicó a varios periodistas que estuviéramos atentos, porque esa noche ocurriría algo importante. Y ocurrió, si bien yo no estaba atento porque tenía otros compromisos más gratos que atender. A eso de las 22, el vocero militar informó que en un operativo realizado en la zona del Idevi los militares intentaron detener a una camioneta, que fugó y arrojó dos bultos a la banquina. Esos “bultos” eran los dirigentes radicales. Una versión burda, ofensiva para la inteligencia de quien la escuchaba, pero dicha desde la impunidad y fuerza de un poder absoluto. El Hotel Austral, frente al río Negro, fue el escenario en donde los jerarcas militares festejaron el rescate. Esa noche corrió mucho whisky, del bueno, hasta la madrugada. El espectáculo, visto desde la distancia temporal, genera bronca, impotencia y miedo. Al día siguiente, con otros colegas –creo que el “Fideo” Ferrari y el “Coco” Colas– acompañamos al abogado Tomás Rébora (apoderado entonces de la UCR) hasta la delegación de la Policía Federal, en la calle Garrone. Nos atendió un comisario llamado Forchetti, más ancho que alto y muy aficionado a las bebidas, a quien le pedimos ver a los detenidos. Puso algún reparo, pero como entonces en Viedma todos nos conocíamos y sabíamos de nuestras fortalezas y debilidades, aceptó que los veamos en reserva, porque le “tenía temor al enojo de los verdes”. Hablamos unos diez minutos con Mario e Hipólito. El primero estaba muy mal, demacrado, débil. Hipólito mantenía una postura más firme, pero el temor era evidente. Preguntamos qué necesitaban. Elementos de aseo y un medicamento para una enfermedad cardíaca que tenía Amaya. Fuimos y compramos (pagó Rébora) y entregamos, pero ya no pudimos verlos nuevamente. A la tarde, previa averiguación muy reservada, nos dijeron la hora en que serían llevados a Buenos Aires, desde el aeropuerto Castello. Allá fuimos otra vez. Pudimos charlar brevemente antes de que ingresaran a la aeroestación. Nos pidieron que avisáramos a la familia, de lo que se ocupó Rébora. Nos quedamos hasta que el avión se perdió en el horizonte, sobre el Atlántico, camino al noreste. Nos quedaba la sensación de haber acompañado a estos hombres en una situación tan complicada, pero la angustia e impotencia de saber que iban hacia un destino de tortura y muerte y que nada podíamos hacer. Muchos años más tarde, al regreso de su exilio, don Hipólito Solari me contó cómo los torturaron y cómo lo mataron a Amaya en una delegación de la Policía Federal, en Buenos Aires. Tan tarde, el juicio no traerá castigo efectivo; pero aprovecho la oportunidad para que la sociedad contemporánea reciba un aporte informativo, analice, condene y comprometa esfuerzos para que nunca más los violentos se apoderen de la vida y bienes de los argentinos. Ricardo Villar, DNI 8.377.070 Neuquén

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